Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/02/19 00:00

¿Déficit de atención o problemas de disciplina?

La reciente tutela sobre el uso de la ritalina en niños con problemas de atención, debería promover un debate democrático de política pública sobre este tema que afecta a tantas familias

¿Déficit de atención o problemas de disciplina?

El jueves 9 de febrero El Tiempo publicó una noticia en la cual se relataba cómo un niño de 9 años había sido expulsado del colegio, según su madre, por no tomar ritalina. Luego de dos fallos de tutela en los cuales se protegió el derecho a la educación, el niño fue reincorporado al colegio. Por su parte, el colegio argumentó que al menor se le había negado el cupo debido a problemas de disciplina y no como consecuencia de la hiperactividad o debido a que la mamá se había opuesto al suministro de la droga.

La ritalina es una droga que se usa, entre otras cosas, para tratar los trastornos de hiperactividad y déficit de atención, TDAH, entre adolescentes y adultos. El TDAH es un problema que se traduce en falta de atención, exceso de actividad, impulsividad o alguna combinación de los anteriores.

Dada la generalidad de su definición, la mayoría de los seres humanos exhibimos este tipo de comportamiento en la vida: somos impulsivos, nos distraemos fácilmente o no nos podemos quedar quietos en un sitio. Ahora bien, las personas tenemos una disposición idónea para el aprendizaje y, dada la multiplicidad de disposiciones que se pueden dar entre los seres humanos, es lógico pensar que necesitamos muchas formas diferentes de enseñar.

Sin embargo, la educación formal tradicional ha llevado a que el maestro privilegie a quienes logran comprender de la manera en que él comprende y no nos ha permitido preguntarnos honestamente qué es lo que hace que el resto del salón sea impulsivo, se distraiga o no se aburra infinitamente. Así, se ha llegado incluso a enaltecer la actitud y el proceder de los “profesores cuchilla”, reverenciados y emulados apenas por sus favorecidos, pero distantes del concepto de educador.

Como consecuencia, estas tutelas deberían promover un debate amplio y democrático de política pública que ilumine la tensión entre el derecho al libre desarrollo de la personalidad y a la educación y que permita discutir las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que determina, entonces, que un niño sufra de este trastorno? ¿Se estará usando el diagnóstico para controlar y disciplinar niños normales pero difíciles de manejar en un salón? ¿Sobre quién debe recaer la responsabilidad de ayudar a un niño o niña a quien se le diagnostica este problema de comportamiento?

Las preguntas pueden ser analizadas desde tres perspectivas: en términos de las dimensiones emocionales y personales de los niños y padres que deben convivir con este diagnóstico; en relación con los debates científicos y académicos que rodean el tema, su definición, la precisión del diagnóstico y el tratamiento apropiado; y los temas relacionados con las tensiones jurídicas, el papel del Estado y los debates de salud pública relacionados con el control del suministro de la droga debido, entre otras razones, a los efectos secundarios que puede generar la ritalina en los niños.

Todos estos temas están íntimamente relacionados. Es decir, si aceptamos que es un trastorno, definible, posible de diagnosticar, para el cual existe un tratamiento y una droga, las consecuencias emocionales sobre la familia y el niño son manejables debido a que las consecuencias mismas del trastorno se pueden controlar a partir del suministro de la droga.

Si por el contrario, consideramos que existe un debate en torno a la existencia misma del trastorno, debido entre otras razones, a que todos tenemos comportamientos hiperactivos, nuestra posición frente a la exactitud del diagnóstico y la utilidad del tratamiento será otra.
Al combinar estas perspectivas con el libre desarrollo de la personalidad y si el sistema educativo es predominantemente público o privado, el tema adquiere una dimensión totalmente distinta.

En este orden de ideas, si la posición es que el trastorno es una condición médica susceptible de ser tratada y diagnosticada, el libre desarrollo de la personalidad jugará un papel secundario en la discusión. De otro lado, si la posición es más escéptica frente a la existencia misma de la condición, el tema del libre desarrollo de la personalidad adquiere una mayor relevancia.

Adicionalmente, en la medida que la educación se encuentre más en manos de entes privados y no públicos, las consecuencias de tener un hijo con ADHD recaerán más sobre la esfera de la familia y serán menos una responsabilidad social. Esta privatización del problema trae consecuencias terribles para las familias que no tienen los recursos o las herramientas para tratar un trastorno como este, y posibilita la marginalización y estigmatización de los niños.

En conclusión, es fundamental que se desarrolle una política pública intersectorial que intente medir la existencia de un sobre diagnóstico es decir, si está siendo utilizado como una respuesta fácil a la indisciplina o problemas de aprendizaje de algunos niños. Al fin y al cabo, la ritalina sí es efectiva en lograr controlar y producir calma en algunos niños.

Por otra parte, sería ideal que los colegios adelantaran una seria reflexión pedagógica al respecto y analizaran si en verdad están creando los ambientes democráticos y de confianza necesarios para que en cada uno de sus estudiantes surjan ideas nuevas y maravillosas, o si, por el contrario, les estamos cortando las alas. Porque si es esto último, corremos el riesgo de medicalizar excesivamente o estigmatizar a los niños y sus familias.



¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.