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Opinión

  • | 2017/06/30 15:02

    El fin de las Farc

    Sin el poder intimatorio de las armas, la guerrilla es un tigre de papel.

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El poder de las FARC siempre ha sido proporcional a su capacidad militar. Aplicaban al pie de letra la consigna de Mao Tse Tung de que el “poder político crece con el cañón del arma”. Utilizaron las negociaciones anteriores -con Belisario Betancur en 1984, César Gaviria en 1991-1992 y Andrés Pastrana en 1999-2002-, como una herramienta para robustecer su aparato de guerra. En todas, la estrategia les funcionó. Las FARC multiplicaron sus frentes y sus cadenas de logística. Era el mayor riesgo de los diálogos de La Habana: que una guerrilla debilitada por la seguridad democrática, aprovechara ese espacio de diálogo para fortalecerse para la guerra. Si era el plan B, no les funcionó. Cedieron todas sus ventajas en el campo militar en la mesa de conversaciones: su retaguardia, su movilidad, su clandestinidad, su armamento y algunos asuntos que querían obviar.

Los colombianos no sólo sufrimos de corta memoria, sino que ésta tiende a ser selectiva. Si bien las FARC en 2010 ya no representaban una amenaza existencial al Estado colombiano, gracias a las políticas del presidente Álvaro Uribe, el final de la guerrilla era lejana por una razón elemental: su retaguardia estratégica en los países vecinos.

El 22 de julio de 2010 Colombia presentó ante el Consejo Permanente de la OEA pruebas de campamentos de las FARC en Venezuela y la presencia de mínimo 1500 guerrilleros. Incluían fotos satelitales, mapas con coordenadas exactas, videos e imágenes de comandantes como alias Iván Márquez. El entonces embajador Luis Alfonso Hoyos reveló la existencia de centros de entrenamientos de manejo de explosivos.Y denunció que alias Timochenko se movía libremente en el lado venezolano de la frontera. La acusación colombiana no tuvo eco alguno entre los países miembros de la organización regional. Nada. Se hicieron los locos. Le creyeron más al presidente Hugo Chávez, quien negó todo y rompió relaciones con Colombia. Esa permisividad de Venezuela con las FARC les daba gasolina para varios años.

El Ché Guevara decía que la movilidad es el punto crítico para la guerrilla. Es la que le permite darle golpes certeros y sorpresivos al adversario. Al aceptar concentrarse en sitios fijos, custodiados por la Fuerza Pública, las FARC quedaron quietos en primera. Como estatuas.

En cada campamento, los guerrilleros y milicianos recibieron su nueva cédula, fueron fotografiados y su información personal fue registrada. Con ello, perdieron uno de sus mayores activos: sus alias. Aquí se cumplió un principio del gran estratega chino Sun Tzu: “obstaculice el poder del enemigo, oblíguelo a revelarse”.
La más crítica concesión se materializó el pasado martes 27 de junio con la entrega de 7.132 armas a las Naciones Unidas. Según el comandante del Ejército, Alberto Mejía, esa cifra coincide con los cálculos de las agencias de inteligencia del Estado. Aún están pendientes las 900 y pico caletas que el mismo “Timochenko” anunció y cuyas coordenadas tiene hoy la ONU. En esas caletas hay municiones, explosivos, armas y dinero. No parece lógico que la guerrilla revelara la existencia de tantas caletas, si su objetivo fuera rearmarse para otra guerra. No es económicamente eficiente; no es fácil ni barato adquirir ese armamento. Ahora no soy ingenuo; las FARC con cínicas y tramposas. No entregaron todo, como ha ocurrido con otros grupos como FMLN en El Salvador y el IRA en Irlanda del Norte. Pero sería un error no aplaudir la destrucción de miles de armas y su munición.

Durante años las FARC se financiaron con el narcotráfico, el secuestro y otras actividades ilegales. Todos esos ingresos estaban fuera del alcance de la ley. Ahora, están obligados a hacerlas públicas el primero de agosto, con el riesgo de que si no corresponden a la expectativa de la Fiscalía, podrían ser enjuiciados por lavado de activos y potencialmente extraditados. No les será fácil utilizar esos recursos para comprar armas nuevamente.

Decía MaoTse Tung que “todos los reaccionarios son tigres de papel. En apariencia, los reaccionarios son aterradores, pero en realidad, no son tan poderosos. A largo plazo, los reaccionarios no son poderosos sino el pueblo”. Esa descripción del revolucionario chino describe, irónicamente, a las FARC-EP. Sin el poder intimatorio de las armas, sólo les queda la política y en eso nunca han demostrado destreza.

Para la muestra un botón: su apoyo irrestricto y público a Nicolás Maduro, el dirigente extranjero más odiado en Colombia.


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