Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1995/11/06 00:00

DEL CASO SIMPSON AL CASO SAMPER

Tanto en Estados Unidos como en Colombia, la sociedad se ha dividido tajantemente, como pocas veces en la historia

DEL CASO SIMPSON AL CASO SAMPER



SON SORPRENDENTES LAS COINCIDENcias que pueden rastrearse en los juicios de O. J. Simpson en Estados Unidos, y del presidente Ernesto Samper en Colombia.
Para comenzar, ambos procesos han desbordado el tema de los actos por los que se investiga a sus protagonistas. En Estados Unidos se inició el juicio discutiendo si Simpson había degollado a su esposa, y se terminó analizando si Simpson era, o no, víctima de un complot racista.
En Colombia se investigaba al comienzo si Samper sabía que había entrado plata del narcotráfico a su campaña, y hemos terminado discutiendo si Samper, más bien, es víctima de un complot de la DEA.
Y lo que la opinión cree en uno u otro caso no depende ya de las pruebas ni de las evidencias áportadas a los procesos, sino de posturas que surgen según sea el grupo al que se pertenezca.
En Estados Unidos el 77 por ciento de los negros cree en la historia del complot racista. En Colombia, los liberales tienen más tendencia a creer que la plata pudo haber entrado, pero que Samper no hizo nada que no se hubiera hecho en otras campañas en el pasado.
Pero en Estados Unidos, al igual que en Colombia, hay subgrupos de opinión. Si se es negro, pero mujer, hay más posibilidades de inclinarse por la culpabilidad de Simpson por solidaridad con Nicole, pues al fin y al cabo su esposo le pegaba consuetudinariamente. Y en Colombia si se es liberal, pero gavirista, se acepta la duda razonable de la responsabilidad del Presidente, ya que es sabido de tiempo atrás que Samper se caracteriza por un espíritu transaccional que pudo haber influido en el ablandamiento de su postura.
En Estados Unidos, los abogados enfilaron todos sus esfuerzos para demostrar la inocencia de Simpson, argumentando que el policía que lo acusaba odiaba a los negros. En Colombia, el abogado del Presidente ha asumido como principal herramienta en su defensa el argumento de que el ex tesorero Santiago Medina es un ladrón. Pero, curiosamente, el policía gringo podía ser racista, y todavía cabía la posibilidad de que Simpson hubiera matado a Nicole. Aquí lo mismo.
Medina puede ser un ladrón, pero aún así los dineros del narcotráfico pudieron haber entrado a la campaña.
En ambos casos la opinión cree o no en la contundencia de las pruebas aportadas, no por su valor probatorio, sino dependiendo de las posturas previamente definidas.
Quienes creían firmemente en la inocencia de Simpson aceptaron el argumento de que el guante con el que se cometió el asesinato no le pertenecía porque le quedaba pequeño, aunque el argumento contrario, el de que para cometer un asesinato es necesario un guante de la talla de uno, fuera totalmente ridículo.
Quienes creen en la inocencia de Samper están convencidos de que Medina es un mentiroso, aunque media campaña de Samper se encuentre en este momento en la cárcel precisamente por las evidencias aportadas por el ex tesorero.
Los partidarios de Simpson aceptan que la sangre aparecida en su camioneta resultó siendo de él, pero argumentan que fue manipulada por el policía racista.
Los partidarios de Samper se sorprendieron inicialmente con el testimonio del publicista Mauricio Montejo a quien Alberto Giraldo le pagó una cuenta de la campaña con plata en efectivo de unas cajas, pero se han aferrado al argumento de que las directivas de la campaña jamás ordenaron dicho pago.
Los simpsonianos dicen que las fotografías aportadas al juicio en las que aparece una Nicole fuertemente golpeada en el rostro por su marido son una cortina de humo para ocultar su inocencia. Los samperistas aseguran lo mismo acerca del traslado a Estados Unidos del contador del cartel, señor Pallomari, quien confirma con pruebas documentales lo dicho por Medina.
Y en Estados Unidos, como en Colombia, ambos procesos han logrado dividir a la sociedad como pocas veces en la historia. Medio pueblo norteamericano se ha visto obligado a aceptar un veredicto en el que no cree. Falta ver si para la mitad de los colombianos este también es el final de la historia.

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