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Opinión

  • | 2010/11/22 00:00

    Del fútbol y la vida

    El mundo está lleno de frases obvias y de lugares comunes. Por ejemplo, dicen que “la vida no es justa” y hay quienes sentencian que “el fútbol es como la vida.”

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Sobre las frases obvias no hay discusión y los ejemplos pululan: ex presidentes que en lugar de estar donde deberían -la Picota o el Barne- terminan sus días dedicándose a la poesía como viejos venerables o pavoneándose como conferencistas estrellas –aunque su uso del lenguaje induzca a la incredulidad- en universidades norteamericanas.

Tampoco hay muchas dudas de que el fútbol es como la vida. Al fin y al cabo generaciones enteras crecieron viendo como, por solo poner un ejemplo, un árbitro de uniforme e intereses oscuros arrastraba descaradamente a una insípida Bélgica por sobre una Unión Soviética abrumadoramente superior en el mundial del 86.

Esas mismas generaciones crecieron viendo como dos capos de la mafia se apostaban una Copa Libertadores, como Francia eliminaba a Irlanda de un mundial por una mano ostensible, y hasta han tenido que ver como se validan goles que no entran o se pitan penas máximas a diez metros del área.

Por eso ya nadie en el fútbol, como en la vida, se rasga ya las vestiduras. Ni siquiera los hinchas del Pereira, porque a su equipo le anulen goles clarísimos en instancias decisivas, por dos años consecutivos y muy casualmente contra el mismo rival. Sin embargo, y pese a la tolerancia cómoda, toda conciencia tiene un límite que por estos días tiene un nombre: Independiente de Avellaneda.

Todo un continente vio la forma cómo el paraguayo Amarilla, árbitro que no llamaremos de dudosa reputación pues a nadie quedan dudas en el entorno suramericano sobre su habitual forma de proceder, anuló un gol legítimo al Deportes Tolima en su partido contra los argentinos que hubiera cambiado la suerte de la serieque se jugaba por la Copa Suramericana.

¿Errores Aislados? ¿Ingenuidad en el equipo de Ibagué? ¿O más bien toda una campaña para que un equipo recupere a cualquier costo su grandeza perdida hace años? A juzgar por lo visto en el partido de ida de cuartos de final contra Liga de Quito, claramente lo último. Lo sucedido en Quito es impresentable. Liga ganaba cómodo, 3-0 y hacia que Independiente de Avellaneda pareciera más bien el Independiente Santa Fe de Penayo y Farley Hoyos.

Sin embargo, después del tercer gol ecuatoriano, los misterios se apoderaron de la cancha. Penalty claro a Barcos que el árbitro uruguayo Silvera fingió no ver, gol argentino en la jugada siguiente, con el anotador arrancando al menos dos metros fuera de lugar, y para terminar sin disimular, la tolerancia cómplice del árbitro con Hilario Navarro, arquero de Independiente, quien pese a haber atajado una opción clara de Liga y haber concluido la jugada parándose como un resorte, cayó misteriosamente al suelo por casi 10 minutos. Después se demoró 2 o 3 poniéndose los guantes. Al final una reposición de 5 minutos, insuficiente ante tanta burla y con el daño ya hecho. El resultado: un apretado 3-2 que deja a los argentinos con toda la ventaja para el equipo que jugará la vuelta en su estadio.

Tanto “error” ya ni siquiera es sospechoso y la verdad es que todos pierden. Pierde, aunque gane, un equipo alguna vez grande, que después de tener ídolos como Bochini, Pavone o Usuriaga depende ahora de sujetos oscuros como Amarilla o Silvera para no hacer el ridículo. Pierden los rivales que ven como su trabajo serio, a veces de años, se va por la borda ante un equipo inferior. Pierde el fútbol suramericano, pues así la Conmebol crea que gana por el hecho de prender más televisores en Buenos Aires que en Ibagué o en Quito, realmente pierde. Y pierde porque la Copa que organiza –a la que de por si pocos se toman en serio- verá una final deslucida, con la ausencia del que es, por lejos, el mejor equipo del continente: Liga Deportiva Universitaria de Quito.

Independiente seguramente avanzará a la final y muy posiblemente será campeón. Pero eso sí, no hay crimen sin castigo, y los títulos así ganados siempre serán espurios y aunque no lo diga la historia oficial, siempre quedará la duda.

Basta mirar a España que después de haber sido campeón mundial en condiciones similares ha venido mostrando su verdadero peso comiéndose de 4 con todos los equipos serios con los que ha jugado posteriormente. En todo caso, al Cesar lo que es del Cesar: los españoles tienen unos directivos inteligentes. Ahora irán a la fija: cansados de hacer el ridículo y de quedar en evidencia, el 9 de febrero juegan en Madrid contra la Colombia de “Bolillo” Gómez.

*Andrés Garavito es coautor del libro Bestiario del Balón.
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