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Opinión

  • | 2011/10/23 00:00

    Del otro lado

    Presentación del libro ‘Del otro lado’, de Alfredo Molano, por Ramiro Bejarano Guzmán.

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De nuevo el incansable y prolijo escritor Alfredo Molano, nos ofrece un trabajo más, fruto de su ya largo peregrinar por todos los rincones de esta Colombia gigantesca y enigmática. Ahora, su mirada y su pluma se detuvieron en el sur del país, en la zona fronteriza con Ecuador, convulsionado territorio donde están ocurriendo cosas trascendentales, y en donde podría estar decidiéndose si no el futuro mismo de la nación, sí el de la vida de muchos desposeídos de todo.
 
Los colombianos en general y en particular quienes habitamos esta fría colina bogotana, solemos ufanarnos de estar enterados suficientemente de los grandes sucesos, pero cuando llegamos a las páginas recreadas con el talento y las vivencias de Molano, tenemos que admitir con vergüenza y humildad, al menos es mi caso, que es mucho lo que hemos decidido ignorar de todo lo que está sucediendo en este país, a lo mejor porque sentimos la comodidad con la que muchas voces interesadas han pretendido convencernos de que ahora vivimos en orden y con un futuro promisorio, cuando la realidad es otra: en una de nuestras fronteras conviven todas las formas de guerra y de tragedias a las que hemos asistido impasibles durante más de medio siglo de confrontaciones, desigualdades y arbitrariedades.
 
El sugestivo título del nuevo libro de Molano, 'Del otro lado', versa sobre seis historias de compatriotas que forzados por la violencia, la persecución, el desplazamiento, el despojo, el negocio de la coca, la guerrilla, los paramilitares y las fuerzas del orden, han tenido que ir a subsistir en los pueblos colombianos y ecuatorianos de la zona limítrofe de los dos países. Como quisiera que esos duros relatos de esta publicación fueran solamente obra de la rica imaginación de Molano, pero no, conociendo a este sociólogo andariego y arrojado, hay que admitir que lo que está escrito en estas páginas es sobre todo un testimonio angustioso del infinito drama que aun hoy sacude a muchos. Sí, al doblar la última hoja de este libro, la pregunta obligada fue ¿ será que todo esto todavía está ocurriendo, o es cosa del pasado? Y la dura respuesta, fue que se trata del más vivo retrato de una lacerante actualidad con la que estamos condenados a vivir.
 
Seis historias, cada una con su fuerza argumentativa, sus personajes cuidadosamente tejidos, con sus dramas verosímiles, han sido desarrolladas en este libro, para describir un mismo dolor y prolongado momento histórico, abordadas desde diferentes puntos de vista. Molano logra lo que parece imposible. En efecto, no obstante que se trata de seis relatos distintos, de los que son protagonistas tres hombres (Demetrio - El Abeja y El Maromero) y tres mujeres ( Mariana - Nury y Rosita, La Peligro) el libro consigue unificar las vivencias a partir de los pesares y las dificultades que cada uno de estos personajes han de soportar en esa miserable vida a la que resultan relegados los seres indefensos que buscando la quimera de la paz, han de llegar al infierno de una frontera donde conviven el mal y el abuso. El resultado no pudo haber sido mejor: quedaron para futura memoria consignadas seis situaciones ejemplificantes de vidas miserables y azarosas, compendiadas en unas páginas que parecen facturadas por una misma y única víctima o por una sola voz, porque el acierto de Molano ha sido el de no graduar ni dosificar las penas entre esos hombres y mujeres que han huido de la nada para volverse agentes o destinatarios del odio. Al final queda la penosa sensación de que para todos ellos lo único que ha sido igual han sido las penurias, las angustias, las injusticias y el enfrentar el futuro con la mirada puesta apenas en la desgracia.
 
Si de destacar dos grandes actores del libro de Molano se tratara, me atrevería a señalar a la sangre y a su hermana siamesa, la muerte. La sangre irradia y gobierna la furia y hasta el miedo de quien preso de las circunstancias o acosado por los odios familiares de un cuñado, decide asesinarlo. La fuerza de esa sangre que desata torbellinos de crímenes, porque paradójicamente lo que se vive en el Putumayo, en El Teteyé, San Lorenzo, La Carmelita, Lago Agrio y tantos otros sitios de esa inescrutable zona del país, por inmigrantes de todas las regiones de Colombia y por la población indígena siempre desvalida, es que la felicidad va de la mano de la venganza y de la sangre. La pavorosa sentencia que suelta Molano, según la cual “Morirse es dejar la puerta abierta sin guardián”, describe cabalmente lo que es la permanente tragedia de las paradojas aterradoras, como la de un subsuelo cargado de petróleo del que las grandes multinacionales quieren hacerse amos y señores, que ha proporcionado mucha riqueza para estos “agentes del desarrollo”, pero más pobreza y violencia a los habitantes anónimos.
 
Pero miremos así sea de reojo las seis historias escritas impecablemente en el complejo estilo de la primera persona del singular, todas amenas, cargadas de esas palabras que aunque estén registradas en el solemne diccionario de la real Academia de la Lengua, nadie utiliza, pero que están guardadas celosamente solo en la mochila sesentera siempre singular de Molano. Por ejemplo, La “cusma negra” al decir del diccionario esa “camisa que usan los indios que viven en la selva”; o el “chulco” del que el Maromero se declaró haber sido importador al hermano país del Ecuador, porque según uno de los personajes de las historias “eso es hacer patria en el extranjero”, son solo pequeñas muestras de que los trabajos de Molano van rescatando palabras olvidadas y al mismo tiempo el sentido de otras que solo se revelan después de muchos años de andar oyéndolas o viviéndolas. Por supuesto, esta mirada rápida no tiene por propósito ahorrar la lectura del libro, ni anticipar la totalidad de las historias, simplemente aproximarse a los protagonistas de las mismas.
 
Empiezo por la primera historia, la de Demetrio, el granadino, hijo de una insólita pareja que trajo al mundo un batallón de “hijos de ese camino de San Martín, de los que siguieron andando”. Sus verdades comienzan por sostener que “cuando uno es niño no pregunta y después se le olvida”, para rematar sus primeras ansiedades sexuales ejecutadas en una caja de cartón debajo del catre, porque “al ritmo del golpecito contra el cartón fui haciéndome hombre”. La vida a Demetrio le enseñó que “el oro es un metal maldito que uno persigue sin descanso y sin razón”, como también que “ a la gente la matan para que olvide y olvidados queden sus muertos”, y además lo puso por testigo de que “El ejército no perdona y los paramilitares no olvidan”.
 
La segunda historia, la de Mariana, la nieta del taita de los sionas, también llamada cui cui, en el lenguaje indígena, por el nombre de una pepa de monte que es comida de los sainos, quien terminó recorriendo el mundo de internados que no le pertenecía y vio morir a su abuelo, cuando este quiso y vió que había llegado la hora sin retorno “porque lo habían mansalveado”. Molano descubre en la vida de Mariana que el casabe es el alimento de los sionas “que se come untado con agobü, que es un alimento que se prepara con el agua de la yuca melada y se come con ají, pescado o carne, y se pasa con chucula de plátano, chicha de maíz choclo, chicha de chontaduro o chicha de ñame”. Cui cui describe su miserable y dependiente existencia, que al final la hace exclamar que “para nosotros el que manda ahora es el patrón. Los hombres viejos y las mujeres viejas no servimos ya ni para contar historias”.
 
La tercera historia, la del Abeja, el hombre que siempre ha andado “enfierrado” que se sentía más seguro con la pistola que el revólver, que si bien no se metía con la guerrilla, le rendía forzado culto en todas las formas. Administrador de discotecas, en un pueblo que no estaba totalmente descubierto ni formado. El Abeja selló su destino violento cuando tuvo que asesinar a su propio cuñado y purgar cárcel en Picaleña y Rivera, para después de un periplo intenso por muchos lugares, arribar a San Lorenzo “un pueblo de colombianos manejado por ecuatorianos” donde “ los negocios son nuestros, la plata que corre es nuestra. El peso circula a la par con el dólar y se cambia dos mil colombianos por un dólar”. La pluma de Molano pone en boca de este criminal por fuerza de la ocasión, que “si el cultivo de palma es un negocio en Colombia, en Ecuador es un negociazo”, porque lo hay en Sucumbíos, en Carchi, Pichincha, Los Ríos, Manabí, pues “el norte de Ecuador es colombiano” prosperidad que tampoco tocó las puertas de su fortuna, siempre cruzada con el sino de tener que matar.
 
La cuarta historia, la de la Nury, la nieta de una familia que provenía de ese sitio imposible que su mamá llamaba “yo-no-sé-dónde”, del que huyeron todos, para trasladarse a otro donde “los liberales ganaron de mano a los conservadores para después, como siempre, entregarles el poder y subir a Núñez”. El infortunio de La Nury, es el de muchos compatriotas que han transitado por el Putumayo o El Teteyé y han debido padecer los excesos de la fuerza pública, cuando no los operativos conjuntos de los dos ejércitos colombiano y ecuatoriano, la más acabada versión del atropello, la tortura y los vejámenes, la misma que hizo posible los falsos combates de centenares de jóvenes campesinos inocentes, acribillados en frio y para justificar guerras inventadas. Ese fue el escenario de quien tuvo que conocer y padecer al “hombre que parecía envenado con la vida. Todo era una porquería, todos éramos inservibles, todos eran sus enemigos. Nada lo hacía sonreir...” La Nury, la mujer a la que al matarle a su hijo Franky, como a miles de mujeres, le mataron el amor.
 
La quinta historia, la del Maromero, también doliente de las inequidades laborales en Sandoná, la tierra panelera, de trapiches grandes, donde “el jornal es barato y por eso mucha gente, en vez de gastar sudor en las pailas, echaba para Putumayo a cultivar coca”, esa mata maldita que “hizo florecer los pueblos, pueblos abandonados que estaban por morirse”. El Maromero, llamado así porque “en el último impulso de algo se cuelga”, al que le recetaron que le cabía todo el Código Pernal, en particular el artículo 296 sobre enriquecimiento ilícito, el huidizo personaje que quiso ponerse a salvo del narcotráfico y terminó envuelto también en ese círculo huracanado de la violencia.
La sexta y última historia, la de “Rosita, La peligro”, la osada mujer que después de andar oteando la tempestuosa vida de la insurgencia, no pudo menos que concluir que al final del azar de la violencia rebelde nada queda “porque después de la reinserción vienen la colaboración, el señalamiento, el sapeo hasta de inocentes, porque la inteligencia echa mano de lo que puede y quiere”. La mujer esquiva en amores, también prisionera de la sangre, la que hizo derramar a quien mató de cinco tiros en la cara. La Rosita Peligro, la única feliz del impresionante trabajo de Molano, que contó con la suerte de poder huir a Manaos, y tener una empresa de turismo en el Amazonas más dos hijos. A lo mejor, dueña de esa artificiosa felicidad con la que se consuelan en la melancolía invencible aquellos que nunca pudieron regresar y decidieron vivir como ausentes suspirando lo que dejaron atrás.
 
Las anteriores son apenas unas pinceladas para recrear las seis historias de dolor y penurias que por fortuna se le han ocurrido consignar a Molano en este nuevo libro 'Del otro lado'. Muchos colombianos por primera y última vez, podrán asomarse a ese mundo inexplorado de venganzas, trampas, muertes, que no nos tocan a los citadinos que vivimos de espaldas a esa dura realidad que miles de compatriotas tienen que superar, y a veces la vida no les alcanza.
 
Mientras estamos aquí en esta noche fría, muchas vidas similares a las de Demetrio – El Abeja y EL Maromero, Mariana – Nury y Rosita, La Peligro, seguramente están pasando por idénticos o peores tormentos, ignorados por quienes como nosotros, representamos a los colombianos ‘Del otro lado’, quienes vivimos en las plácidas torres de cemento de esta capital, siempre ausente y distante del dolor. Molano ha conseguido con este trabajo, mostrar tanto los problemas sociales de ese olvidado terruño fronterizo en el que todo es posible, menos vivir en paz. No hay duda que de nuevo le ha cumplido a la pasión de su vida: la sociología, pero aunque él mismo no se lo hubiese propuesto, también le ha cumplido a la historia de esta Colombia estremecida.
 
Gracias, Alfredo, por entregarnos este manual indispensable, que estaba haciendo falta, que ojala permita a esos colombianos ‘Del otro lado’, a aquellos que no se han aproximado a esos otros compatriotas que todo lo padecen, entender que la patria del porvenir, la de la paz y la prosperidad, solo será posible si todos respiramos el mismo aire.

Bogotá, octubre 20 de 2011
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