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Opinión

  • | 1994/08/08 00:00

    DEL PERDON A LA VENGANZA

    Poner la otra mejilla frente al crimen no es un acto cristiano de civilizaciòn sino una horrenda complicidad con la barbarie.

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NO RECUERDO UN CRIMEN QUE HAya causado mayor consternación en Colombia que el de Andrés Escobar. Otros han tenido mayores consecuencias inmediatas, además del dolor mismo de la muerte, como el de Luis Carlos Galán. Pero el ídolo de la juventud, buen futbolista y buena gente, amable y sencillo, acribillado miserablemente en un parqueadero cualquiera, es una imagen que produce mucho dolor y demasiado asco.

El mundo está horrorizado. Es imposible contestar a la pregunta recurrente de los extranjeros que buscan la explicación social a semejante episodio. Nadie, por supuesto, entiende la muerte de Andrés Escobar como un hecho aislado en el que, por cosas del destino, el futbolista tuvo la mala suerte de encontrarse con un asesino desquiciado a la salida de un estadero en Medellín. Lo que el mundo ve es una sociedad enferma que ya pasò por todos los estados imaginables de la barbarie, y cada día inventa una nueva modalidad en su larga carrera de aberraciones.

Colombia demostró pericia sin igual en los enfrentamientos a mosquete, bala, machete, cuchillo y piedra por razones políticas entre los partidos políticos por más de un siglo; produjo las atrocidades de la violencia partidista y bandolera, y se graduó con honores en todas las formas del salvajismo guerrillero. Los colombianos somos duchos en masacres paramilitares y hemos visto purgas internas de grupos insurgentes que han pasado de los 100 fusilamientos. Nadie le gana a Colombia en atentados personales, magnicidios, secuestros, boleteos y vacunas, y en terrorismo somos, muy de lejos, los campeones mundiales.

Eso, en lo que tiene que ver con la violencia que se justifica a sí misma con un motivo aparente: poder o dinero. O ambos. Después pasamos a una etapa más sofisticada, que es la de matar por matar, por demostrar hombría o por el simple placer de ver morir. La conocemos hace ya rato: esa fue la que hizo que el arriero fuera reemplazado por el sicario como símbolo regional. Y de ahí llegamos a la situación que nos conmueve ahora, que consiste en generar el crimen inaudito: violar a las pasajeras de una buseta, volarle los sesos a un niño indefenso con un disparo en la sien o matar como a un perro al deportista sano que se ha convertido en la imagen amable del país.

Siempre me ha causado mucha sorpresa que cada vez que hay un crimen horrendo, las voces de los colombianos (de sus máximos dirigentes para abajo) son palabras de perdón. Me asombra que un familiar de un muerto inocente por un ataque terrorista ofrezca ese sacrificio como su cuota obligatoria en la búsqueda de la paz. Me extraña que los llamamientos después de los actos de barbarie sean clamores por el apaciguamiento de los corazones. No entiendo.

Una sociedad que perdona a sus criminales está condenada a ser gobernada por ellos. El perdón es un derecho que se les atribuye a los dioses para demostrar el infinito poder que tienen; pero en la Tierra, los únicos casos de perdón con los criminales que aceptan las civilizaciones medianamente serias son los delitos políticos, porque en ellos se presume alguna motivación noble a pesar de la violencia. Por eso existen las amnistías y los indultos. Aunque no suene bonito, la justicia frente al crimen tiene que ser un acto social de venganza, cuyo único objetivo es producir a la fuerza un comportamiento civilizado en aquellos que por cualquier motivo (naturaleza humana, mala educación... hay mil teorías) no lo son.

Las discusiones de eruditos sobre el carácter violento de los colombianos por la altura a la que viven o por los ancestros pijaos son un chiste. Lo que ha pasado aquí es que la larguísima tradición de impunidad, por física inoperancia de la justicia, ha producido un ciudadano que si algo tiene claro es que el delito no paga. Del evasor de impuestos en adelante, todos saben que siempre habrá una nueva amnistía. Está demostrado que el Estado colombiano pone la otra mejilla, y poner la otra mejilla frente al crimen no es un acto cristiano de civilización sino una horrenda complicidad con la barbarie. Por ese camino se acumulan y se acumulan los delincuentes en la impunidad, y se agrupan por géneros: los sicarios, los narcotraficantes, los paramilitares..., y son tantos que se sienten con el derecho de presentarse como gremios y pedir tratamiento político. Y lo logran.

Por ese camino vamos a llegar a una especie de federalismo de intereses armados, cada cual con su escudo, su ejército y su bandera, y el Estado soberano, metido entre la sangre hasta las rodillas, rogándole al cielo en actitud compasiva: "Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen ".
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