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Opinión

  • | 2014/05/10 00:00

    Del tercer mundo al primer mundo

    Singapur rompió el mito de que un país pequeño no puede llegar a ser parte del Primer mundo.

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Desde la terraza del último piso del Marina Bay Sands, pude respirar el aire de una Ciudad-Estado casi perfecta; contemplar la armonía que se da entre la naturaleza y la innovación, entre las diferentes razas y religiones. Eso me llevó a pensar sobre ¿qué factores han sido determinantes para que una pequeña isla de sólo 710 kilómetros cuadrados, menos de la mitad del área de Bogotá, con la mitad de la población de la capital, carente de recursos naturales, pobre y sin educación, en sólo 40 años, haya podido constituirse como una de las economías más competitivas del mundo, con pleno empleo, alto nivel de ingreso per cápita, con uno de los índices de desarrollo humano más elevados y calificada por Transparencia Internacional como una de las naciones menos corruptas del planeta?

Hace cuatro décadas nadie habría apostado un peso por Singapur, el país más pequeño del sudeste asiático. Hoy, logró convertirse en uno de los "Cuatro Tigres Asiáticos", junto con Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán; desarrollarse como una de las grandes potencias financieras del mundo, poseer el segundo puerto más grande del planeta y convertirse en el segundo mayor importador de petróleo refinado.

Singapur rompió el mito de que un país pequeño no puede llegar a ser parte del Primer mundo. Es un claro ejemplo de cómo, en un tiempo relativamente corto, se puede lograr el desarrollo económico, cuando las estrategias para impulsarlo se orientan con una visión de largo plazo y atendiendo las demandas de las nuevas realidades globales.

La capacidad de planificación a futuro, tener un proyecto claro de nación, principios y valores arraigados, reglas de juego claras y estrictas llevaron al país insular asiático a que a partir de su independencia, en 1963, concentrara su energía en convertirse en una plataforma de exportación para las grandes transnacionales. Cambió su actividad manufacturera de poco valor agregado a una industrial y tecnológica, adoptó una economía de libre mercado, bajó los impuestos e hizo una alta inversión en educación e infraestructura que multiplicó sus ganancias.

Los singapurenses han sido conscientes de que la riqueza de su nación está dentro de la cabeza de sus habitantes, por eso, la educación de calidad ha sido el centro de su desarrollo. El 98 % de los jóvenes asiste al colegio. Desde el año 2000 la mitad de los singapurenses hablaban entre dos y tres idiomas y el 70 % habla el inglés a la perfección. El propósito es poner a producir ese conocimiento adquirido en búsqueda de soluciones a sus problemas.

Y justamente gracias a los valores y principios inculcados en la sociedad de esta nación, han permitido que absolutamente todo se realice bajo los lineamientos de la honestidad, la alta eficiencia, el pragmatismo y la meritocracia. Sólo quienes realmente tienen el conocimiento y la experticia pueden ocupar determinado puesto, y no por vínculos de amistad o intereses personales.

Yo sí le pagaría el viaje a nuestro próximo presidente electo para que se dé una vuelta por Singapur, se desinfecte de tanta sandez, se impregne de nuevas ideas, adopte nuevos valores y principios y venga con otra mentalidad a gobernar nuestra querida Colombia.

Una lección fundamental que nos deja la experiencia de Singapur a quienes vivimos en países del Tercer mundo es que el desarrollo no depende ni de los recursos naturales, ni de la raza, ni de la religión o del sistema político, depende de una estructura gubernamental eficiente y estricta con un proyecto claro de nación, visión de futuro, coherencia, rigurosidad, altos estándares, programas educativos fuertes, todo esto edificado sobre una base sólida de integridad humana.
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