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Opinión

  • | 2017/05/18 08:53

    Votos de miedo

    Dicen que cada quien es dueño de sus miedos. El problema surge cuando otros empiezan a adueñarse de esos temores y los manipulan para alcanzar el poder, para mantenerlos con vida en vez de disiparlos.

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Tengo una pregunta sencilla que me mortifica desde hace días: ¿a qué hora este país se volvió tan moralista y godo? Surge no solo por el reciente debate del referendo sobre la adopción, sino por cierta tendencia que va flotando como una nata sobre diversos temas, independientemente de si el asunto es conflicto y paz, matrimonio igualitario, convivencia escolar, conciertos de rock, derechos de las minorías o el concepto de familia.

Día a día hay una mayor sensación de división, pero ya no restringida a uribistas- santistas, a peleas entre partidos y movimientos. Hábilmente han trasladado la polarización electoral al ámbito de lo íntimo y personal. El péndulo se ha movido hacia la derecha, sobre el eje confesional, que ofrece como única respuesta a todos los problemas nacionales una fórmula peligrosa para una sociedad en transición como la nuestra: la suma de populismo y fe.

Por ejemplo, el más reciente video de la senadora Vivian Morales, en el que se dirige a la “Colombia creyente” (pero, eso sí, limitada a cristianos, católicos y evangélicos) tiene tufo a Constitución de 1886, que hablaba “en nombre de Dios” como “fuente de toda autoridad”, y entendía a la religión católica (ahora en versión ampliada a todos los formatos cristianos) como “esencial elemento del orden social”.

En su cruzada, la senadora se sube al caballito de culpar a Santos de todos los males de Colombia y acusa a la gran prensa nacional de hacerle la segunda. Así, Morales arma un video muy mediático en el que asevera que todo el país ha quedado “mudo y adolorido”, da a entender que son 32 y medio millones de ciudadanos los que han sufrido una afrenta con la derrota del referendo, equiparando hábilmente el censo electoral con número de creyentes, además de asumir que estos comparten sus convicciones religiosas, su modelo de sociedad y de familia.

Entonces afirma que viene en camino “el alumbramiento de nuestra próxima y pronta victoria”, que asumo empieza por la anunciación de su precandidatura presidencial, calculada a partir de las 2.300.000 firmas recolectadas para el referendo y no sobre los casi 54 mil votos con que salió elegida al Senado en 2014. ¿Hoy algún precandidato liberal mueve más votos?

Existen otros posibles escenarios, todos de la misma tendencia y talante, que refuerzan la pregunta por la godarria nacional, dispuesta a hacer milagros para llegar al poder en 2018. En uno de esos tablados aparece Alejandro Ordóñez, otro que usa la fe y la jalea moralista para mover a los votantes. Ha tratado de colincharse del Centro Democrático y la senadora Guerra hizo bien al bajarlo del bus y mandarlo a armar su propia estructura clientelista-electoral en vez de aprovecharse de la del CD. Nada de indulgencias con avemarías ajenas.

Sobre la capacidad del CD para manipular a los votantes ya se ha dicho y visto de todo. Su discurso más guerrerista, de extrema declarada y cargado de invocaciones lo están moviendo a través de alianzas más estrechas con ciertos grupos cristianos, con líderes del Partido Conservador y sumando fuerzas regionales para alcanzar la presidencia.

Vamos moviéndonos cada vez más hacia los actos de fe y alejándonos del debate político; hacia el voto confesional en vez del voto programático. Quienes piensan que todavía están lejos de las elecciones presidenciales y que aún tienen tiempo para pulir sus propuestas, los está dejando el tren. A este paso, el debate democrático y argumentado, los manifiestos de gobierno y eslóganes de campaña tendrán que competir con la palabra de Dios y sus mandamientos; se encontrarán con unos ciudadanos que poco creen en la política y desencantados buscan otras salidas.

La falta de un discurso estructurado y verdaderamente democrático que se contraponga al reactivo, dogmático y polarizador que reina hoy; la ausencia de una agenda de gobierno realista y acotada para el país, la están supliendo los más recalcitrantes con iniciativas que responden a creencias religiosas individuales, a intereses particulares y no a la defensa de los derechos y bienestar de todos los ciudadanos. Otros están llenando el silencio; otros están aprovechando el vacío para cargarlo de miedo, ese gran catalizador de acciones temerarias o evasivas.

Ante la pregunta sobre en qué momento este país se volvió tan godo y moralista, en el sentido más estrecho de las dos palabras, las personas con las que he hablado coinciden en afirmar que siempre lo ha sido pero que solo hasta ahora se está manifestando en toda su dimensión. Y a mitad de camino o hacia el final de la discusión sueltan esta misma frase: “A mí lo que me da miedo es…”, puntos suspensivos cada quien llena a su manera.

Dicen que cada quien es dueño de sus miedos. El problema surge cuando otros empiezan a adueñarse de esos temores y los manipulan para alcanzar el poder, para mantenerlos con vida en vez de disiparlos.

@Polymarti

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