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Opinión

  • | 2005/05/09 00:00

    Democracia práctica

    El partido Laborista ganó las elecciones perdiéndolas. Los analistas interpretan la pérdida de votos como un castigo para Tony Blair

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Los historiadores de las ideas políticas discuten sobre si la democracia tiene su origen en la Grecia clásica, cuando se inventó el término de 'gobierno del pueblo'; o en el circo romano, cuando era el público quien decidía cuál debía ser el final de la tragedia; o en los 'cabildos abiertos' de la España medioeval, donde tenía derecho a hablar el que le diera la gana; o en la Francia de la Revolución; o en la América de Jefferson y Franklin. Pero no hay duda: la democracia como práctica -y si hay algún ámbito en el cual sólo importa la práctica, diga lo que diga la teoría, es el de la política- se inventó en Inglaterra. Y tal vez sólo allá siga existiendo. Pues no creo que nadie crea de verdad que, como reza el presidente de los Estados Unidos George Bush, el Irak de hoy sea un modelo de democracia. Ni tampoco el Afganistán de hoy. Ni tampoco la Rusia de hoy. Ni tampoco el Pakistán de hoy. En todos esos países hay regímenes aliados de los Estados Unidos, pero eso no los vuelve por arte de birlibirloque democráticos. Tampoco es que yo crea que el que impera en los Estados Unidos es especialmente democrático, en vista de su funcionamiento. Pero en cambio repito que no me cabe duda de que el régimen político del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, como es su nombre completo, es democrático, con todas las grandezas y las limitaciones que de ahí se derivan. Y así las elecciones británicas que acaban de celebrarse son una inmejorable lección de democracia práctica, o de práctica democrática. Por su modo, por su fondo y por sus resultados. El modo. Las maneras, los modales. Buena parte del fondo del sistema democrático de gobierno está en la forma. Así lo explicaba precisamente un político inglés, Winston Churchill, que era tan visceralmente enemigo de la democracia como racionalmente partidario de ella, cuando decía aquello de que un país es democrático cuando sabemos que si alguien timbra al amanecer es el lechero. (Churchill, por supuesto, no había conocido nunca en persona a un lechero; y probablemente el amanecer tampoco: quizás como trasnochador amanecido, pero nunca como trabajador madrugador). Y el modo que se vio en estas elecciones británicas, un modo hecho de contactos directos entre los candidatos y los electores, y de relaciones francas entre los candidatos y la prensa -y no hecho de anuncios publicitarios-, un modo hecho de respeto mutuo, y de mutuo juicio, es... Cómo decirlo: no el mejor de los modos sino -para citar de nuevo a Churchill- el menos malo de los modos posibles. Además del modo, el fondo: en estas elecciones británicas lo que discutían los tres partidos principales -el Laborista, el Conservador, el Liberal-Demócrata-, y lo que ponían ante los electores para ver qué escogían eran programas políticos, económicos y sociales. No meras promesas demagógicas ni meras vaguedades ideológicas. Los electores podían saber -hasta donde eso es posible en el reino cambiante de la política- qué estaban escogiendo. Y, finalmente, las elecciones británicas han sido ejemplarmente democráticas por sus resultados. Quiero decir: por la sutileza de sus resultados. Las ganó -por tercera vez consecutiva, y es un caso casi sin precedentes en los últimos cien años- el partido en el poder, en este caso el Laborista. Pero las ganó perdiéndolas: viendo muy recortados sus votos frente a las elecciones de hace cinco años, y perdiendo nada menos que 61 escaños en el Parlamento sobre la abrumadora mayoría que habían tenido hasta ahora. Una derrota que todos los analistas, sean laboristas o conservadores o liberales, o simplemente extranjeros, interpretan como un castigo personal para el primer ministro Tony Blair. A una mayoría de los británicos les sigue gustando lo que hace su gobierno, pero una creciente minoría está descontenta por un tema moral: el de la confianza. Considera que Blair llevó al país con engaños a la guerra de Irak, y ya no cree en su honestidad intelectual. Ganan los laboristas: su política, y en especial su política económica. Pierde Blair: su persona, y en particular la credibilidad que inspira su persona. La democracia, cuando funciona, es el menos malo de los males posibles. Aunque no nos guste demasiado.
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