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Opinión

  • | 2004/12/12 00:00

    Democracia en televisión

    Carlos Mendoza Latorre crítica que la participación de los colombianos se limite a votar en los realities y en los noticieros

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La participación está de moda. Pero no es una convicción de nuestro tiempo sino una postura que se volvió rentable. El ideal de las democracias nos legó un sueño que se comió el mercado. No por tener elecciones regulares somos democráticos. Las minorías apenas pueden expresarse en un mundo reaccionario impermeable a los cambios, y las mayorías no tienen más participación que las de exigir el sagrado derecho a divertirse, protegerse y el hábito de consumir lo que les ofrezcan. A las grandes masas poblacionales no les interesa representarlas sino ponerlas a comprar baratijas y animarlas con ídolos de barro extraídos de su mismo seno; imperdurables en el tiempo pero complacientes con la angustia del día y el descanso después del noticiero.

Por eso lo más significativo de nuestra época son los realities. Antihéroes, gente común y corriente como el amigo o el vecino que no se esforzaron muchos años (apenas unas cuantas semanas) para llegar a ser protagonistas del programa que los contrató y cuya fama se solidariza con el anonimato de todos quienes la anhelan y carecen. Algo mejor. Son como el ciudadano promedio. Mediocre como todos. Soñador como todos. Y con ganas de ser alguien en la vida. Como todos. ¿Homero Simpson?

Si existe algún reclamo no será algo diferente de los realities o programas de calidad sino que el próximo año cuenten con más personas comunes y dure más tiempo. El ciclo se reproduce solo y el canal no tiene que preocuparse porque todo lo paga el televidente; consumiendo publicidad o pagando su diversión por celular.

Y es un negocio perfecto porque plantea identidades. Ese modelo a imitar es un 'equiz' (x) más llevado a la pantalla. Por aparecer en ella nos hace creer que allí estamos todos. Es como si todos fuéramos él; si todos participáramos. Pero esa participación vouyerista es provocada y es falsa. Pocos la motivaron y pocos son los que se lucran de ella. A los unos les resta ser actores de un cuarto de hora y a las mayorías aplaudir, comprar y soñar con espejismos de medio día.

Ya no hay límites cuando se trata de vender. El televidente es un teleconsumidor. Así las televentas no tengan tanto éxito en el país, no importa. Aquí no necesitamos programas de ventas. Todo lo que se vea en televisión ya está vendido. De manera bochornosa se pauta en el mismo contenido de series, programas y, peor aún, de noticieros.

Ya es común ver que después de los comerciales vienen más comerciales. Cuando hay festivos aparece la cortinilla que invita a continuar viendo una película, para así capturar la atención del televidente, pero aparece una última propaganda, seguramente la mejor pautada del segmento. Y nadie dice nada. El espacio de los noticieros tiene complementos comerciales que se ofrecen como si fueran noticias. No todo puede ser válido. La Comisión Nacional de Televisión no se inmuta de cómo se confunde y engaña al televidente. La defensoría del televidente que tienen los canales privados (por ley) es por supuesto un espacio en la franja (-AAA). A eso de la media noche cuando velan los gatos. Es simple cumplimiento. Cumplir y mentir.

El afán es tal, que ya es normal ver que se empleen elementos presentes en las películas para también vender. Si aparece un sol en dibujos animados de pronto se convierte en una marca de chocolate o en un jabón o en un desodorante.

Y los noticieros. Nada peor que ver a los presentadores comentar como en la sala de la casa la noticia del día, el muerto del día o la cosa chistosa que pasó otra vez en la Costa; el gol que se marcó o que casi se anota, haciéndonos creer de este modo que la tragedia y la fortuna son tan coloquiales como fáciles de contar. Tan cercanas de quienes los vemos, tan distantes de todos y del país como esa democracia de noticias. Esa tara participativa tan de moda en la que el televidente es llamado a elegir qué noticia quiere que le amplíen, que le cuenten más a fondo para que se sienta 'mejor informado'. Es demasiado evidente. Hay nuevos electores con demasiado poder. Pocos. Y no hay equilibrio.

Y ofrecen un test tipo examen. Hay que llamar a votar. (a) Servicios públicos. (b) Seguros. (c) Gimnasios. Por supuesto gana la '¿pregunta?' relacionada con el estado físico y se aprovecha para sacar en televisión un deportólogo que aconseje hacerse revisar de un médico antes de entrar a un gimnasio para evitar torceduras y desgarres musculares, y sale también el gimnasio donde se grabó la nota. Y lo peor es que se puede explicar y justificar. "Los gimnasios han crecido en las ciudades. Una noticia relacionada con este sector es pertinente para los ciudadanos". Pero de qué forma. Los medios sí son importantes, sobra decirlo. No es una noticia lo que se cuenta. Ni siquiera ha ocurrido. Decir que son temas de interés general es apenas una pretensión y una excusa. Es una información inducida que consiente a televidentes consumidores, lucra a comerciantes que ya rozaron cualquier límite y emplea a periodistas de turno.

Como un conocido presentador al que le ha tocado transmitir desde reinados de belleza hasta actos terroristas. Pareciera que entre esos dos hechos no hay diferencia y no importa que el mismo reconocido periodista presente lo uno o lo otro. Recientemente invitó a un público a aplaudir a todos los damnificados de un temblor en un evento que la empresa le dice "es nacional". Qué espectáculo. A reinas, muertos y damnificados aplaudimos. Y seguimos aplaudiendo a quienes nos dicen que eso está bien hecho. Ellos son a quienes se emula. Su visibilidad nos hace creer que esos son los medios que hay que imitar y esas, las palabras adecuadas. Mejor apagar.

La televisión privada que apoya tantos actos de fe, es vehículo de la sociedad civil, voz de la gente de bien, y cree en el sentir nacional y la participación, ¿estaría dispuesta a patrocinar el día sin televisión si eso llega a preguntarse a los televidentes que participan de su democracia televisiva? Seguro que no.

Por lo menos al verla en televisión, en los noticieros, en los realities de esa manera, nos demuestra que si la democracia está en la pantalla y en ella aparecen los trastornos de la realidad y todo lo que se puede vender incluidos el prestigio y la intimidad, es porque lo demás ya no existe en las calles.

Dejó de ser una realidad en las ciudades para ser un artículo de consumo en la tele. A los que pretenden cuestionar, criticar y conocer les corresponden el dolor y la sana opción de apagar el televisor. El resto de colombianos que pagan por teléfono quién los divierte en la pantalla escogen la noticia del día y todavía creen lo que les dicen los noticieros que es mejor no preguntarse más cosas. Han decidido bien y sus palabras son las correctas. Siempre ha sido mejor elección la felicidad por ignorancia.
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