Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2005/01/30 00:00

Democracia y terrorismo

El enemigo no necesita tener armas de destrucción masiva ni ser cómplice de Al Qaeda. Basta estorbarle a Washington

Democracia y terrorismo

Mientras existan tiranías que fomenten el odio, la violencia no respetará fronteras y creará para todos una amenaza letal". Las palabras son de Bush hace ocho días, pero reviven una vieja -y hermosa- visión de Inmanuel Kant: el mundo vivirá en "paz perpetua" cuando todos los pueblos sean libres.

Y en efecto hay evidencia de que las democracias no hacen guerras entre sí. Es la lección de Europa en la posguerra y la tesis que sustentan analistas como Doyle o como Munchen, basados en la historia y en dos razones muy claras: que la democracia implica tolerancia, y que a los electores no les gusta que a sus hijos los envíen a la guerra.

Es más: mal que les pese a los cínicos, la fe en la democracia es y desde siempre ha sido un ingrediente esencial de la política exterior de Estados Unidos. Primero porque se trata de un país de exiliados que fundaron la primera democracia moderna. Segundo porque hay una corriente de opinión liberal y pacificista que tuvo su mejor hora bajo el presidente Woodrow Wilson el inspirador de la ONU. Esta actitud tuvo una expresión perversa durante la Guerra Fría, cuando los gringos instigaban dictaduras de derecha para evitar dictaduras comunistas. Pero Clinton recuperó la bandera del 'multilateralismo activo' y las intervenciones humanitarias en pro de la democracia (Bosnia, Kosovo, Haití).

La nueva doctrina Bush -la de oponerse a todas las "tiranías"- parecería pues un giro, digamos, hacia el centro. Y una entrada en razón porque, así como las democracias no hacen guerras, "la democracia no incuba terroristas". O dicho de manera más directa: las dictaduras árabes instigan el odio hacia USA porque USA encarna la libertad y el pluralismo; acabadas las dictaduras se acabará el sectarismo que alimenta el terrorismo.

La convicción y la conveniencia, el idealismo y el pragmatismo, la generosidad y el egoísmo habrían tenido pues -por fin- una feliz y plena coincidencia: defendamos la libertad, y la libertad nos defenderá del terrorismo.

Pero el argumento lamentablemente no es tan cierto. El terrorismo sí prospera bajo las democracias; ETA lo hizo en tiempos del 'destape' posfranquista, el IRA actúa en la Irlanda democrática, en democracias más o menos reales han prosperado los Tigres de Sri Lanka o el Abu Sayyaf de Filipinas, para no hablar de las Farc en Colombia ni de la propia Hermandad Islámica -madre de todos los terroristas árabes-, que nació en la época más liberal de Egipto. Y al revés: las dictaduras son más exitosas en extirpar de raíz el terrorismo, como mostraron Stalin, Franco o los países de nuestro Cono Sur.

Pero el error de Bush es todavía más hondo. El odio islámico hacia los gringos no se debe a la propaganda de unos cuantos dictadores, sino a cuestiones tan serias como el reparto imperial del Medio Oriente, la explotación del petróleo, el apoyo a Israel y a sus políticas, las diferencias religiosas y -cómo no- las dictaduras represivas que Washington patrocina en Arabia Saudita, Egipto, Jordania, los Emiratos, Pakistán, Uzbekistán, Azerbaján, Indonesia, Túnez y Marruecos, sin recordar al Sha de Irán ni al mismo Husseim en su momento.

Stefen Zunes anotó la paradoja: Bush lleva años denunciando las dictaduras de Irak, Afganistán, Irán, Libia, Siria y Palestina; y sin embargo, ninguno de los 19 terroristas de Septiembre 11 venían de allá, sino de Arabia Saudita, Egipto y los Emiratos, tres consentidos de Washington que reciben millones en ayuda militar.

Así que, después de todo, la nueva doctrina Bush no resulta ser tan nueva. Al anunciar la "lucha contra la opresión" como eje de su política exterior, el Presidente está justificando su impopular ocupación de Irak: sin las armas ocultas ni los nexos con Ben Laden, tan solo le quedaba el argumento de derrocar a un tirano. También está silenciando la oposición, pues al Partido Demócrata no le será fácil criticar operaciones que pretenden extender la democracia.

Y, lo que viene a ser peor, esta segunda doctrina Bush amplía el espectro de objetivos militares o cuasimilitares más allá de la anterior teoría del 'ataque preventivo'. El enemigo no necesita tener armas de destrucción masiva o estar 'en el proceso' de adquirirlas. Tampoco necesita ser un cómplice de Al Qaeda. Ahora basta con estorbarle a Washington y con que Washington diga que hay una dictadura. Que se tengan Irán y Corea del Sur, pero también Rusia y casi todos sus vecinos, el sureste de Asia con una o dos excepciones, el África casi entera y porqué no, Venezuela o algún otro vecino.

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