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Opinión

  • | 2017/05/17 15:43

    ¿Sobredosis de democracia?

    Los herederos del pensamiento conservador ahora nos quieren convencer de que participar es malo. Cada cuatro años pueden ir a votar y luego esperar a la siguiente elección.

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Los vientos antidemocráticos soplan fuerte. La Constitución de 1991 señaló que Colombia era una democracia participativa, mientras esa fórmula estuvo en el papel nadie se quejó, ahora que empieza a funcionar nuestras elites están aterradas.

Vale la pena recordar que la democracia nunca ha sido del gusto de los poderosos. La razón es bastante simple: a nadie le gusta compartir el poder, cuando lo hacen es porque les toca, porque no tuvieron más remedio. La monarquía británica primero compartió y luego cedió el poder. Luis XVI en Francia no quiso compartir ni cambiar nada, y terminó decapitado. Los regímenes que surgieron incorporaron las burguesías y establecieron el voto, pero solo para los hombres ricos y mayores. Las transformaciones sociales obligaron a que tuvieran que compartir el poder con los desposeídos, iletrados y pobres mediante el sistema de sufragio universal. Pero tampoco era tan universal, pues las mujeres, la mitad de la población no fue incluida; y en democracias como la estadounidense, aquellos de razas distintas fueron segregados. Las guerras mundiales en Europa llevaron a compartir el poder con las mujeres. Muy a regañadientes. Y los movimientos de derechos civiles condujeron al fin de la segregación.

Cada avance de la democracia fue resistido con argumentos similares: los pobres no sabrán cómo votar, vamos a caer en manos del populismo, si las mujeres votan será el fin de las instituciones, es necesario distinguir entre la democracia y el anarquismo, y un millón más de etcéteras para justificar que solamente algunos tenían la inteligencia, el talento, la capacidad de conducir los asuntos públicos: nobles, burgueses, hombres, blancos, sucesivamente. Mala suerte para ellos, la democracia acabó imponiéndose. Doble desgracia, la democracia demostró que era mejor sistema de gobierno que cualquier otro. Incluso Churchill, cierto, acabó reconociéndolo: “La democracia es el peor de los sistemas, con excepción de todos los demás” pero solo permitió la democracia para sus amados británicos, no para los súbditos de su convaleciente imperio, como los indios que tuvieron que esperar a un líder como Gandhi para ganar su derecho a autogobernarse.

Los herederos del pensamiento conservador ahora nos quieren convencer de que participar es malo. Cada cuatro años pueden ir a votar y luego esperar a la siguiente elección. Ese es el papel que los poderosos de hoy quieren que tengan los ciudadanos. Votar y esperar. Como decía Rousseau respecto de los ingleses: ser libres cada elección y luego resignarse como borregos. Y como de costumbre, no solo están preocupados, sino que usarán todas sus armas para evitar compartir ese poder.

Lamentablemente, el Consejo Nacional Electoral parece debatirse en la tentación de caer en ese juego antidemocrático y prepara una resolución reglamentaria de las revocatorias del mandato sin contar con ninguna competencia ni constitucional ni legal. Lamentable que un grupo tan distinguido de abogados vaya a incurrir en una evidente vía de hecho para truncar el derecho que la Constitución le dio a los colombianos para “participar en la conformación, ejercicio y control del poder político”. Esperemos que recuerden que su deber es cumplir la Constitución, no evitar que se cumpla.

A estos voceros del ancient regime habrá que recordarles algunas lecciones de la historia. Porque la verdadera opción no es entre participar o no hacerlo, como algunos quisieran. La idea de que la gente se va a quedar en la casa esperando a que la gobiernen mal, le roben sus impuestos o le impongan decisiones desde los escritorios bogotanos no es una alternativa factible. Esto no quiere decir que todo sea sometido al voto popular, los derechos de las minorías, por ejemplo, razón por la cual referendos como el que lideraba la senadora Viviane Morales no caben en una democracia constitucional. Pero el fondo del asunto es que la gente está insatisfecha: con sus gobernantes, con la corrupción, con la ineficiencia estatal y con los abusos de poder. Quedarse cruzados de brazos no será una opción. Las verdaderas alternativas son permitir que estos acontecimientos fluyan por cauces institucionales mediante los mecanismos de la democracia participativa o que la gente salga a las calles para tomárselas y hacerse escuchar. Tal como lo he señalado en otras ocasiones, la protesta social es el lobby de los pobres.

Pretender que la gente se quede en sus casas resignada a su suerte no parece una lectura adecuada del momento histórico. Criticar la sobredosis de democracia es no entender que esos mecanismos son la mejor opción para que el sistema ofrezca válvulas de escape al descontento popular. Negar esa realidad es comportarse como Luis XVI. Pero claro, si es que se sueñan como los nobles en Versalles.

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