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Opinión

  • | 2015/05/19 16:38

    Derrotar los miedos

    Para conseguir la derrota de los miedos hay que construir debate civilizado y en ello el lenguaje es fundamental. Por tanto, a María Isabel Rueda, a Santrich, a Juan Carlos Pinzón, a Iván Márquez, entre otros, habrá que inscribirlos en el mismo centro de adaptación a nuevas realidades donde deberán estar la señora María Fernanda Cabal, el procurador, el expresidente y sus áulicos.

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La valentía y el heroísmo se resaltan para espantar el miedo de los guerreros. Se piensa que heroísmo y valentía son comunes en la guerra, pero no. El tiempo de quienes están en la guerra se utiliza preparando las capacidades, los ataques, la defensa de los disparos del enemigo, la persecución, el cansancio, la logística y también en administrar el tedio de una vida en condiciones anormales.

Sin embargo, y a pesar de tanta preparación, ningún ejército o guerrilla del mundo esta preparado para enfrentar los retos de la paz, y su sola posibilidad incrementa los miedos. Un miedo que puede paralizar, convertir una posibilidad en oportunidad perdida. Es el miedo a lo nuevo, a una condición de fin de la guerra que va contra la naturaleza de un cuerpo armado.

Hay quien dice que el miedo puede ser lo que impide andar más rápido a las FARC en la mesa de La Habana y es probable. No ha de ser fácil enfrentar el hecho de haber sometido al país, y a ellos mismos, a una sangría que se habría podido parar en el Caguán, cuando el estruendo de sus éxitos militares les impidió comprender la necesidad de paz del país. En las guerra se pierde o se gana y en el pulso posdespeje, las FARC perdieron y la correlación de fuerzas hoy es evidentemente distinta a la que había en los tiempos de Pastrana.

Por el lado de las Fuerzas Militares también hay miedo a la paz. El miedo mayor no parece ser al juzgamiento por hechos cometidos en la guerra, sino por el lugar histórico de quienes condujeron las armas. ¿Cómo así que tocará asumir responsabilidades políticas y jurídicas por horrores cometidos “salvando” la democracia?

Y claro, también hay miedos más pequeños, ordinarios, como la pérdida de gabelas económicas, privilegios de ese otro país en que han vivido las Fuerzas Militares, donde el discurso de la seguridad sirve a la corrupción de las altas jerarquías, los abusos y la falacia de salvadores indispensables ad eternum.
 
¿Y entre los civiles? También hay miedos. Muchos colombianos están abrumados con la sola idea de encontrarse a Romaña en los mismos espacios que sus familias, compartiendo los mismos lugares que los hijos de él. Debemos saber que de firmarse el acuerdo, esto puede ser una realidad. También, que el discurso de las FARC lo escucharemos no sólo cuando les hagan una entrevista, sino que ellos tendrán sus propios medios, espacios de radio y televisión, como ya lo hacen y, seguramente, sus representantes serán elegidos en escenarios de la política y de gobierno.

Debemos asumir que con el fin de la guerra vendrá el inicio de la convivencia sin armas con los miembros de las FARC, con sus discursos, con la heroica y desmedida imagen de ellos mismos, de su historia. Que estaremos enfrentados a aceptar que ellos son compatriotas, como nos llaman los  presidentes en sus alocuciones de radio y televisión.

Ahora bien, para conseguir la derrota de los miedos hay que construir debate civilizado y en ello el lenguaje es fundamental. Por tanto, a María Isabel Rueda, a Santrich, a Juan Carlos Pinzón, a Iván Márquez, entre otros, habrá que inscribirlos en el mismo centro de adaptación a nuevas realidades donde deberán estar la señora María Fernanda Cabal, el procurador, el expresidente y sus áulicos. De lo contrario, Colombia continuará siendo un país poblado de armas, muertos, miedos y fantasmas.

En la posibilidad de encontrarnos con Romaña desarmado puede estar la clave de un país que viva sin matarse. Por ello vale la pena derrotar los miedos.

Posdata: Oscar Collazos es claro ejemplo sobre cómo ejercer una vida honesta intelectualmente. Su humildad y su sencillez personal le permitieron además de ser un buen hombre, un gran escritor, un militante honesto y cierto de la paz y la democracia. Solidaridad con su familia y respeto a su memoria.
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