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Opinión

  • | 2012/11/24 00:00

    Desacatemos el fallo

    Así que el dilema es: o luchamos en serio por mantener lo nuestro, asumiendo todas las consecuencias, o nos resignamos a perderlo y a seguir felicitándonos como país modelo en el respeto a las instancias internacionales.

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La única forma efectiva de mantener intacto nuestro mar territorial en el Caribe es desacatando el fallo de la Corte Internacional de Justicia. Los pataleos legales no surtirán efecto alguno, aparte de darnos el amargo consuelo de haberlo intentado infructuosamente. Así que el dilema es: o luchamos en serio por mantener lo nuestro, asumiendo todas las consecuencias, o nos resignamos a perderlo y a seguir felicitándonos como país modelo en el respeto a las instancias internacionales.
Tenemos que convencernos de que el fallo es inapelable, inmodificable, no tiene segunda instancia y es de aplicación inmediata. Que si solicitamos aclaraciones, la Corte nos van a dar todas, pero seguirán entregándole a Nicaragua los 90.000 kilómetros cuadrados que nos quitaron. Y que si solicitamos una revisión, nos la negarán señalando que no hay ningún hecho nuevo que lo amerite y que todos nuestros argumentos ya fueron considerados y desestimados por la Corte.
 
Adicionalmente, esta Corte perdería toda credibilidad y respeto si un día dijera una cosa y al otro día la contraria, pues en adelante todos sus fallos serían apelables y modificables, lo cual la desnaturalizaría. Olvidémonos que la Corte se suicidaría para darnos gusto.

En consecuencia, el único recurso que nos queda es no acatar el fallo. No hay otro camino ante la contundente evidencia de su carácter antijurídico, absurdo e inaplicable, en un grado tal que no tiene antecedentes desde que esa Corte existe. No es descaminado por eso pensar que ante el evidente dislate jurídico que ese fallo representa, hayan sido factores extrajurídicos los que influyeron en su determinación. Humanos somos… Asuntos de orden ideológico como contribuir a hacer más equitativa la distribución de las riquezas naturales entre los países, o defender al débil frente al fuerte, o trasnochadas simpatías izquierdistas con el sandinismo, o el empujoncito de alguna petrolera interesada en la explotación en la zona… Vaya uno a saber. Porque no tiene otro camino de explicación semejante esperpento jurídico salido de las manos de jueces tan encumbrados.

Lo anterior hace aún menos viable el camino de la reclamación, y valida y legitima la opción de no acatar el fallo. Si Colombia lo hiciera, no sería la primera vez que ello ocurre. Al menos 13 países lo han hecho en 17 ocasiones. Por los más diversos motivos y los más distintos países. Algunos no han acatado fallos de esa Corte y son potencias políticas, como Francia, Estados Unidos e Israel; hay países de importancia y desarrollo medios que tampoco, como Islandia, Sudáfrica, Nigeria, Irán y Argentina; incluso países pequeños como Rumania, Albania, Marruecos, Tailandia y Malasia han desacatado esos fallos. Y los asuntos han ido desde disputas por islas (Argentina), hasta pruebas de armas nucleares (Francia), pasando por zonas de pesca (Islandia y otra vez Francia), cercas de seguridad (Israel), inmunidad de funcionarios de la ONU (Rumania y Malasia), disputas por territorio (Nigeria) y hasta penas de muerte (Estados Unidos). Si Colombia lo hiciera, sería un caso más y de ninguna manera estaríamos rompiendo en dos la historia jurídica internacional.

Por dichos desacatos a ninguno de esos países le ha caído el mundo encima, ni ha sido declarado paria internacional, ni lo han invadido, ni lo abandonó la inversión extranjera, ni ha sido excluido de la comunidad de naciones. Por el contrario, ellos han defendido con tesón y éxito su soberanía y sus intereses nacionales cuando fueron vulnerados por fallos de la Corte Internacional.

El ‘coco’ de esta decisión es que Nicaragua nos denuncie en Naciones Unidas y que el caso se eleve hasta el Consejo de Seguridad. Difícil que llegue hasta allá, pero en caso tal, bastaría con que, por ejemplo, Estados Unidos se abstuviera de votar una iniciativa en contra de Colombia, para que toda la reclamación nica quedara sin efectos prácticos. El litigio seguiría, pero nosotros mantendríamos íntegro nuestro mar territorial.

Pero sin un amplio movimiento nacional en favor del desacato es difícil que el presente gobierno se decida a hacerlo. Consideraciones de pequeña diplomacia regional lo inhiben. En efecto, el desacato significaría un acto hostil contra Nicaragua, cuyo gobierno hace parte de la alianza bolivariana de Chávez, Correa, Evo y Fidel. Enemistarse con Ortega conlleva el riesgo de enemistarse con sus aliados, cuya amistad el presente gobierno valora en alto precio. Es más, es central en sus estrategias política y diplomática en la región. Un enfrentamiento con los bolivarianos desarticularía su política exterior. Mejor perder el mar territorial. Eso sí, aparentando que va a luchar denodadamente por conservarlo por vías diplomáticas y jurídicas que no conducen a ninguna parte, como el Gobierno lo sabe.

Twitter @AlRangelS
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