Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/02/22 00:00

Desacuerdo humanitario

El gobierno y la guerrilla están actuando por principios. Pero no por los humanitarios sino por los de la guerra, que son lo contrario

Desacuerdo humanitario

Sí se puede, si se quiere. Hace apenas tres años, el gobierno y las Farc intercambiaron 14 guerrilleros por 47 policías y soldados. Samper cambió 60 soldados y 10 marinos por una ceremonia humillante para el Estado y las Fuerzas Armadas. Con tal de liberar al hermano de Gaviria, el general Serrano se prestó como rehén de la Jega. Turbay cambió a los cautivos de la embajada por un avión a Cuba y unos dólares.

Eso, sin contar los actos unilaterales del Estado: tres amnistías, cinco indultos y 153 rebajas de pena en 40 años. Los actos unilaterales de la guerrilla: liberación por las Farc de 310 uniformados y por el ELN de secuestrados en La María, el kilómetro 18, el Chocó o Sierra Nevada. Sin contar, más aún, los actos y pactos humanitarios que en tantos pueblos de Colombia salvan calladamente una vida, evitan una masacre o permiten el retorno de unos desplazados.

Cada uno de esos episodios fue materia de forcejeos difíciles y pasiones encontradas, pero en cada caso se encontró una salida. Más aún: por regla general sus consecuencias políticas o militares fueron menos dramáticas de lo que temían los unos o los otros esperaban. Y es más: hay quienes dicen con cinismo que al guerrillero preso lo suelta un juez o se vuela cualquier día, de suerte que al canjearlo no se está perdiendo nada.

No es pues cuestión de leyes o de métodos. Es cuestión de voluntades. Y este gobierno no puede tener la voluntad de pactar el intercambio porque va en contravía de su mandato esencial: derrotar a las Farc. Es simple: el canje no ayuda a ganar la guerra, ni le conviene a uno porque puede convenirle al enemigo. En esta fase de desventaja política y militar, el mero hecho de sentar al gobierno a negociar sería un logro simbólico de las Farc, que por eso insisten en el intercambio y anuncian una ''cruzada internacional''.

No habrá intercambio humanitario bajo Uribe. No lo habrá porque tanto las Farc como el gobierno lo están pensando en función de la victoria y no de ser más humanos. E incluso hay que decir que la 'victoria' que cada uno busca en este caso es mucho más simbólica que real: es hacerse reconocer (o negarse a ceder), antes que recuperar unos mandos o ganarse unos puntos de opinión.

El gobierno y la guerrilla están actuando entonces por principios. Pero no por principios humanitarios sino por los principios de la guerra, que son exactamente lo contrario. La razón de ser del DIH y de los actos o pactos humanitarios es regular y desbrutalizar la guerra mientras haya guerra, no es ayudar a resolverla por la vía negociada o militar.

En plata blanca eso significa que el DIH debe cumplirse sin pensar ni medir las consecuencias tácticas o estratégicas que puedan resultar. Implica que el exigirlo o respetarlo no afecta el estatus de beligerancia ni el jus ad bellum o justicia sustantiva de la guerra. También implica que uno debe respetarlo independientemente de si el adversario lo respeta o no. E implica, en fin, que no importe la calaña moral del enemigo o la que uno le impute al enemigo.

Por eso en un debate humanitario saldrían sobrando casi todos los argumentos que hoy se oyen. Lo de igualar bandidos con personas inocentes. Lo de que hacerlo es invitar a que sigan los secuestros. Lo de no darle ventaja al enemigo. Lo de que faltan facultades legales. Lo de colgarle el intercambio al proyecto de alternatividad penal. Lo de poner condiciones y contracondiciones. Lo de la lista de 'canjeables', como si unos rehenes fueran más humanos que otros. Lo de culpar al gobierno por los riesgos anejos al intento de rescate militar. Lo de usar el acto inmundo del secuestro para chantajear a familias, gobierno y opinión. Lo de secuestrar y seguir secuestrando, para llegar al punto de partida.

No habrá intercambio, y en el caso remoto de que haya intercambio no sería un intercambio humanitario. Estamos ante un pulso político y altamente emocional, que se disfraza de debate jurídico o de gran estrategia militar. La gente -la dirigencia y el ciudadano común- primero toma partido y después busca los argumentos jurídicos o estratégicos que le den seguridad en su propia posición.

Claro que esto es parte de ser humano. Pero también es parte de no ser humanitario.

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