Miércoles, 26 de noviembre de 2014

| 2013/03/19 00:00

Desarrollo socioafectivo y cultura de paz

Para reconstruir nuestro país necesitamos que todos los actores sociales participen en procesos de aprendizaje socioemocional y a convivir con el principio de cuidar la vida de todos.

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Los psicólogos llevamos años encontrando evidencia del papel determinante que juegan las emociones en los procesos de pensamiento y de construcción de relaciones sociales, hoy tenemos suficientes datos que demuestran estas relaciones (Gottman, 1993; Damasio, 1994; Webster-Stratton & Reid, 2003; Eyberg y cols., 2008; Havighurst y cols., 2010) y sustentan cómo el desarrollo de competencias cognitivas, en el que los países invierten cuantiosos recursos con el propósito de asegurar el funcionamiento de las economías, no son suficientes para contar con sociedades sustentables y en paz. 

Los trabajos del premio nobel de economía  James Heckman y su equipo de investigación han confirmado -desde otras preocupaciones asociadas a la formación para el empleo- que además de hacer inversiones en aspectos como la nutrición y el desarrollo de competencias cognitivas en la niñez, es necesario invertir en el desarrollo socio afectivo. Las competencias cognitivas se expresan en temas básicos como: leer, escribir, hacer cálculos matemáticos y operar con ideas e información; esto permite vivir en lo que denomina Castell la sociedad de la información. Sin embargo, este sesgo cognitivo que exige el mundo en el que vivimos ha mostrado que no es suficiente para la convivencia y menos para desarrollar prácticas culturales pacíficas. 

Las violencias se multiplican en sociedades en guerra y sus diversas expresiones agravan las dimensiones del conflicto, la incrementan y reproducen en diversos ámbitos de la vida  destruyendo el tejido social;  la encontramos en la familia, la escuela, la comunidad y el trabajo. Las violencias se convierten así, en práctica cotidiana que es generalizada; con frecuencia se despliegan contra las comunidades más vulnerables las mujeres, los niños, los ancianos y los jóvenes que están en condición de exclusión.

Es claro que en condiciones de exclusión y desprotección las comunidades y los individuos no siempre cuentan con recursos psicosociales que les permitan comunicarse con las habilidades emocionales y cognitivas para expresar en forma adecuada el desacuerdo, el disgusto, el sufrimiento, la compasión, la ira o la frustración, con sus seres cercanos, sus vecinos e incluso con quienes no se quiere convivir; lo que las investigaciones han mostrado es que estas condiciones no se heredan, es decir, no contamos con una determinación genética para la violencia, sino que estas se construyen y es la cultura la que las reproduce, sostiene y desarrolla. 

Ahora bien, quienes son privilegiados con recursos y con poder reproducen en sus familias las estrategias de mantenimiento del mismo, incluso si implican un desprecio por la vida de los otros o las consideran como instrumentos para incrementar su poder o sus recursos, seguramente esto se copiará en otras esferas de sus vidas y sus hijos repetirán la falta de consideración y cuidado por los otros, así como las dificultades  para aprender a percibir, valorar y expresar emociones de los que los rodean. Hoy tenemos múltiples casos registrados de problemas de manejo de las emociones en los estratos altos de la sociedad que se expresan en agresión y violencia contra sus seres queridos; imaginemos, lo que hacen los actores con poder si son capaces de usar la violencia contra los que dicen amar, qué podemos esperar que hagan con sus pares, subalternos o contra ciudadanos desconocidos?; por otro lado, no nos engañemos detrás de un aparentemente buen padre de familia, se pueden esconder asesinos, ya tenemos ejemplos de estos modelos, el tema, por tanto, es cómo construir relaciones de cuidado que puedan extenderse a toda la sociedad.

Los procesos de reparación de esa guerra deben incluir estrategias y acciones de intervención y acompañamiento psicosocial  tanto a las víctimas como a los victimarios. Para reconstruir nuestro  país necesitamos que todos los actores sociales participemos en procesos de aprendizaje socioemocional y aprendamos a recibir y dar afecto, a escuchar y considerar al otro, a incorporar el cuidado por nosotros y por los otros, a perdonar y a pedir perdón, a convivir con el principio básico de cuidar la vida de todos.

Los estudios explican que estas competencias psicosocioemocionales se aprenden y desaprenden, debemos desaprender la cultura de la violencia que hemos incorporado a nuestra vida, aprender, reaprender y seguramente rescatar las prácticas de nuestras culturas pacíficas. 

Por ejemplo, aprender a ser padre implica identificar estilos de crianza, modificar lo que se evidencia es generador de agresión o incapacidad para afrontar la vida cuidando de los otros; investigaciones como las de Sanders (2012), Denham, Basset, Mincic, Kalb, Way, Wyatt y Segal,  (2011); Wyatt-Kaminski, Valle, Filene & Boyle (2008) han mostrado que desarrollar programas para padres, en los que estos aprendan a ser comprensivos, expresar sus emociones y al mismo tiempo directivos (no autoritarios), resultan determinantes en la prevención del maltrato y la violencia en la familia.  De igual forma, los programas de convivencia escolar que involucran intervenir en las relaciones maestros alumnos y entre pares, resultan críticos y necesarios para disminuir la violencia escolar. Trabajar en todos los niveles de la sociedad (desde los medios de comunicación, el mundo del trabajo, el de la política y en las comunidades) sobre cómo comunicarnos mejor, saber escuchar, expresar ideas y sentimientos sin dañar a los otros, respetar las ideas de los otros y saber controvertirlas, sin usar la amenaza o la agresión, serán recursos indispensables para una cultura de paz.

Transformar las espirales asociadas a la violencia y la inequidad (en sus dos caras la del abuso de poder y vulneración de los más débiles) que se reproducen por generaciones implica buscar cambiar las condiciones socioeconómicas, sociopolíticas, sociojurídicas y también las psicosociales; estas últimas, requieren invertir todos los esfuerzos en instaurar prácticas culturales de aprendizaje psico-socioemocional que permitan reconstruir los tejidos rotos y restablecer una cultura sustentable para la paz. 

*Grupo Lazos sociales y Culturas de Paz. Profesor asociado Pontificia Universidad Javeriana. Editor Universitas Psychologica. Correo electrónico: lopezw@javeriana.edu.co. Twitter @wilsonLpez9

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