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Opinión

  • | 2011/01/24 00:00

    ¿Desastres sobrenaturales o naturales?

    Es hora de oír con más humildad a los que sí saben de medio ambiente. Nociones básicas de ecología, las deberíamos tener hasta los abogados.

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En la costa nororiental de Estados Unidos, una terrible peste ha causado en tres años la muerte de un millón de individuos. La peste es un hongo; los individuos, esos funestos animales o ratas con alas, cuya única función en el mundo, para muchos, fue haber inspirado a Batman. La oscuridad que rodea la vida de los murciélagos impide quizás saber que, entre muchas otras plantas, polinizan el agave de donde se producen el mezcal y el tequila, y que comen tantos insectos que ayudan a controlar las plagas. Según algunas estimaciones, el millón de murciélagos muertos devoraría anualmente setecientas toneladas de insectos.
 
Los impactos de la peste del hongo son imprevisibles, como los de muchas otras situaciones latentes en donde se juegan la vida millones de millones se seres vivos. Pero hay algo que sí es cierto: cuando surgen crisis ambientales, el desconocimiento generalizado sobre sus causas naturales -como la amenaza sobre ciertas especies, sus funciones y relaciones-, lleva a que se busquen explicaciones y culpables lejos de nuestro alcance y responsabilidad. Igual que hace mil años, cada vez que ocurre un desastre, los jefes y sabios de los pueblos suben a las cumbres y se rasgan las vestiduras por el castigo divino que cayó como un rayo, como en su momento las plagas de Egipto, y actualmente, como fenómenos de igual dimensión casi sobrenatural como La Niña.
 
Y las causasde los desastres ambientales son siempre concretas y naturales: pocos saben que los murciélagos reducen las plagas, como también pocos supieron durante décadas que los musgos del páramo, además de adornar pesebres y regalarles su fresco olor a tierra, son esponjas prodigiosas de agua, casi madres de los ríos. Igual ocurre con miles de plantas que, malditas con la expresión de maleza, han sido arrasadas para que los terrenos salvajes se civilicen a monocultivos de pasto o de cualquier otra especie o material, dejando sin hábitat a miles de insecticidas naturales, captadores de CO2, cantadoras aves, mohanes o madremontes.
 
El verde que en Colombia se trepa desde las costas a la sierra y baja a la selva y la sabana como en ningún otro país del continente, ha sido tan generosamente estable y duradero, que hasta ahora nos hemos dado una buena vida sin conocerlo ni preocuparnos de a mucho por él. Ni siquiera existen esfuerzos importantes para calcular económicamente lo que nos costaría ejecutar a nosotros mismos los servicios que la naturaleza nos presta gratis, como dar alimentos, regular el clima, filtrar el agua o generar oxígeno.
 
Para hacernos una idea vaga con un ejemplo concreto: la pérdida de capacidad de absorción de los suelos, causada en gran parte por la deforestación de los bosques y el relleno de los humedales, es una responsable importante de las inundaciones que han generado en el mundo cientos de pérdidas en vidas humanas. Los impactos, en Colombia, le costarán por ahora al gobierno más o menos 10 billones de pesos.
 
Que la culpa está lejos, en la Niña, que la culpa está cerca, en funcionarios corruptos: cuidado, no hay que poner la luz tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre. El problema está en que en el espectro entre uno y otro, tan pocos comprendan que el "sostenible" del desarrollo no solo es un adjetivo políticamente correcto, sino que de él depende la ocurrencia de los desastres presentes y futuros. Y, por eso, es hora de hacer, para políticas y proyectos, cálculos serios e integrales de costo beneficio, incluyendo dentro de los costos la pérdida de servicios ambientales que se podrían sacrificar a largo plazo. En este momento, la política minera es la primera que debe pasar por este análisis.
 
De otro lado, también es hora de oír con más humildad (¿o menos prepotencia?) a los que sí saben de eso. Nociones básicas de ecología, las deberíamos tener hasta los abogados. Pero también, a quienes han puesto tradicionalmente el énfasis más cerca al sostenible que al desarrollo: los indígenas de Colombia ya presentaron una propuesta de un capítulo sobre sus pueblos para el Plan Nacional de Desarrollo, que entrará este mes en consulta previa y que hasta ahora no ha recibido la atención que se merece. Para ellos, en este proceso se juega la vida, de nosotros los humanos, de los murciélagos, del plátano que polinizan y de las leyendas que inspiran.
 
* Investigadora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (www.dejusticia.org)
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