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Opinión

  • | 2017/12/20 20:28

    Desiertos florecidos

    El desierto de la Tatacoa, Huila, se ha ido convirtiendo en un destino turístico por sus cielos nocturnos y paisajes erosivos que, además, contienen un patrimonio paleontológico excepcional. Las paradojas del crecimiento han llevado a que, simultáneamente, se haya declarado un área protegida regional por la Corporación del Alto Magdalena, quien la administra desde 2008, justo a tiempo para tratar de organizar los hostales que en su afán de ser ecológicamente responsables, plantan decenas de árboles que irrigan con agua freática: hacen florecer el desierto, que obviamente ya no lo parece tanto.

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Al mismo tiempo, los “ecoturistas” colombianos hacen lo suyo trepándose a tomarse fotos en todas las estructuras de arcilla de este impresionante monumento natural, sin hacer mínimo caso de las señales que amenazan con multas de medio millón de pesos a quien lo haga.  Afortunadamente los astrónomos solo tienen que pelear contra los astrólogos…

La Tatacoa, que recibe más de 1.000 milímetros de agua al año, es un desierto atípico que debe sus cualidades ecológicas a la concentración de lluvias en pocos meses, no a su escasez absoluta. Ese fenómeno permite en muchas partes del mundo “hacer florecer al desierto”, uno de los lemas del progreso y un resultado práctico de la aplicación de las tecnologías del riego.

Hay muchos desiertos que florecen de manera espontánea cada cierta cantidad de años: Atacama en el norte de Chile, Namibia, el Gobi. El agua activa los bancos de semillas de plantas capaces de resistir décadas de sequía y explotan en forma de praderas floridas como señal milagrosa de la capacidad vital del planeta, lo que tiene su equivalente cultural en la evolución de los trigales, los arrozales y otros sistemas productivos que requieren del riego sistemático como regulador del ecosistema agrícola.

Paralelamente, las instituciones para la regulación del riego son fundamentales en la construcción social. Los de Bali, en Indonesia, están regulados por un complejo sistema ritual en el cual los templos budistas de agua de las montañas celebran fiestas anuales para agradecer la cosecha y planificar la distribución de derechos del año siguiente.

En las montañas de Nepal o del Perú existen sistemas similares que son profundamente respetados por todos, de lo contrario colapsa la sociedad. En Colombia, hay varias clases de arreglos: unos pocos legales y operativos, otros capturados por minorías y controlados por fuerzas criminales de las que nadie habla, muchos más los ilegales e implantados a las patadas. Habiendo profusión de aguas, pareciera que el desperdicio y la ineficiencia van de la mano con la incapacidad de gobernarlas.

Los últimos años han marcado grandes diferencias en la pluviosidad media de muchas regiones del país, mostrando cómo la variabilidad climática se va exacerbando a medida que el calentamiento global avanza. La ecología del riego se pega con la del riesgo, creando una presión de gestión que debería ser suficiente para plantear otra manera de trabajar los temas ambientales dentro de las políticas agropecuarias que buscan construir sostenibilidad, pues es el agua agrícola la peor manejada, así los antimineros insistan en no querer verlo.

Hacer florecer los desiertos es posible pero no siempre deseable, también son ecosistemas con derechos. Las relaciones entre sequía y humedad marcan un derrotero crítico para el país y sería un tema muy concreto para discutir en las agendas electorales.

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