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Opinión

  • | 2003/10/27 00:00

    Deslucimiento de la política. Un elector perdido

    <i>"El revelado de una democracia depende de la madurez mediante la cual el elector puede votar expresando convicciones (1) deliberativas (2) públicas y (3) fundamentadas. Por contrario, esa misma democracia revela crisis cuando el elector prefiere la monotonía de políticos arrogantes, cantinflescos o desteñidos"</i>. Fernando Estrada, profesor e investigador de la Universidad Industrial de Santander, hace un análisis del comportamiento del electorado durante las campañas.

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El revelado de una democracia depende de la madurez mediante la cual el elector puede votar expresando convicciones (1) deliberativas (2) públicas y (3) fundamentadas. Por contrario, esa misma democracia revela crisis cuando el elector prefiere la monotonía de políticos arrogantes, cantinflescos o desteñidos.

Y de paso es posible ver también que por una regla directamente proporcional un incremento de retórica en la política enseña también su decaimiento. Cuando víctima de una abrumadora campaña, el elector debe decidir entre, digamos, cuatro programas de gobierno, su voto tendrá un cálculo de certidumbre semejante a la moneda echada al aire. Entre más política más antipolítica. Una moneda echada al aire tiene, sin embargo, una ruta de menor esfuerzo.

Algo de lo anterior supera las convicciones citadas. A estas alturas la poblada información que los medios comunicaron al elector no permitieron la deliberación. ¿Votar a conciencia uno a uno los puntos del referendo? No fue ni deseable ni posible. El elector no dispuso de actitud deliberativa. Eligió llevado por efectos inerciales de la propaganda. O de la fe ciega. Nuestra triste suerte es una democracia con muestras de fatiga de ideas y argumentos.

El temor del elector no son las candidaturas, sino las malas compañías. Quién financia, invierte y apoya a este fulano. Es por esto que el gobierno enseñó poco en esta campaña por el referendo. En lugar de preservar distancias, prometió. En una democracia madura no se permiten ejercicios como el que tuvimos este sábado y domingo. El elector está condicionado o confundido. Contrario a la política tenemos la antipolítica.

Una ironía que Antonio Gramsci nos recordaba en sus notas desde la cárcel. Los procesos electorales tienen como efecto lograr perder la memoria cuando son celebrados como una fiesta. La política del referendo o las elecciones no son propiamente una lección pública de la política. En vez de deliberación o confrontación de ideas la antipolítica ofrece paquetes de información mágica. Votar negativa o positiva la pregunta 4 del referendo. ¿Quién garantiza que eso corrige?

Frente a un panorama así carece de misterio lo que haga el organismo electoral para censurar o castigar eventuales distorsiones de la política. Todo concurre hacia un aprendizaje fácil de decir cosas sin ideas. Aprender un mecanismo de persuasión en tiempo real aunque sean empleados medios virtuales. En contra de lo público, la antipolítica desnuda las debilidades de la clase política tradicional amparada en los micromercados electorales.

El presidente Uribe ocupó todos los espacios de opinión y los medios. No es Chávez, decimos, como separando del mandatario colombiano una escoria. Pero actúa como Chávez. La analogía tiene límites, verdad, tanto como lo que se parece. Vendió el referendo con promesas populistas, lo presentó como un dilema moral. Creó las coaliciones necesarias dentro del esquema de su áurea personal. Aquí no es evidente que el elector escogió por convicciones. Su voto resultó de una condicionante mágica. Traslada el carácter público de la política a la esfera de una veneración privada.

En teoría, fue Popper quien primero habló del individualismo metodológico. Un alegato contra las tesis marxianas del poder colectivo de la sociedad como fuente de explicación. Estamos asistiendo en política a los intersticios de un individualismo egoísta. Un movimiento de antipolítica que niega a la sociedad su parte. Las campañas han funcionado como el arte de contar historias. Mientras más soberbia mejor. Aunque este tipo de individualismo, claro, está lejos de resultar metodológico.

Buscando razones podemos encontrar dos para identificar el desequilibrio de la política: el dinero y la imagen. Para ambos casos, el referendo y las campañas, la democracia funciona entregando el poder de gobierno a los vencedores sin estimar que tan legítimo resulta. Con el dinero se tuercen propósitos y buenas intenciones. El político repara cuántas imágenes puede desplegar. Pero lo que vamos aprendiendo es que con estos dos factores la antipolítica hace de las suyas.

El camino hacia un embrutecimiento de la mayoría es inminente, la rudeza del político, sus malos modales y la capacidad de vociferar, se premia. La antipolítica es reflejo condicionado de emociones incontroladas. ¿Por quién vota el elector? No por quien le lleve la contraria, sino por aquel que revele más patéticamente su ceguera. Todavía está fuera de nuestro alcance convertir la política desde la educación de su revés. La antipolítica en Colombia no es una obra de la guerrilla, ni de anarquistas radicales. No proviene de la frivolidad, sino de una mascarada.

* Director del Centro de Estudios Regionales CER Universidad Industrial de Santander
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