Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2002/02/19 00:00

Desnarcotizar y descaguanizar

No hay que combatir la guerrilla, sino sus efectos: el secuestro, la extorsión, los ataques contra la infraestuctura

EL Estado colombiano, en la precaria medida en que semejante entelequia existe, dedica su esfuerzo únicamente a dos tareas: la lucha contra la droga, impuesta desde hace 25 años por el gobierno de los Estados Unidos; y la lucha contra la subversión, impuesta desde hace 50 años por el gobierno de los Estados Unidos. Me parece que, en vista de los catastróficos resultados que para nosotros han tenido esas dos luchas, ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que los intereses de la Nación colombiana no coinciden con los del gobierno de los Estados Unidos. Es más: de que son contradictorios. En la misma medida en que esas dos luchas aumentan, crece la droga y crece la subversión; y se agrava la destrucción de Colombia. Cualquiera que tenga ojos para ver puede ver eso.

Y puede pensar, en consecuencia, que esas dos guerras dictadas desde afuera son una equivocación, además de un crimen. Tal vez al Imperio le convengan ambas, y nuestra destrucción. Pero a nosotros no. De modo que el Estado colombiano (si es que existe) debería abstenerse de hacer las únicas dos cosas que hace: combatir el narcotráfico, y combatir la guerrilla.

No hay que combatir la droga, pues eso simplemente agrava el problema de la droga. No digo, como sería lo lógico, que haya en cambio que combatir sus causas, porque ellas están fuera de nuestro alcance: están en el consumo masivo de drogas por parte de las sociedades ricas en los Estados Unidos y en Europa Occidental; y en el hecho de que tales drogas están prohibidas. Pero sí debemos combatir solamente los efectos nocivos que tiene la droga sobre nuestro país. Efectos sanitarios, ecológicos, delincuenciales y morales. Los sanitarios vienen del consumo, y se combaten con educación y ayuda a los adictos. Los ecológicos vienen de la producción, pero se agravan con la persecución de los cultivos: hace dos años había en Colombia 125.000 hectáreas sembradas de coca y amapola, y se han destruido 100.000 con fumigación química, pero hoy hay 165.000: la destrucción total es, pues, de 265.000 —pues la destrucción de la siembra y de la fumigación no se contrarrestan, sino que se suman—.

Cuando hablo de daños delincuenciales no me refiero al delito de sembrar coca, ni al de exportarla. Sino a los delitos conexos, como los asesinatos. Y por daños morales entiendo la corrupción generada por la existencia de una masa ingente de dinero clandestino, que no lo sería si el cultivo y el tráfico no fueran perseguidos.

Tampoco hay que combatir a la guerrilla. Hay que combatir sus efectos: el secuestro, la extorsión, los ataques contra la infraestructura. El simple hecho de liberar para esos fines a la inmensa parte de la Policía y buena parte del Ejército, y a la Fiscalía y a los jueces que hoy se dedican a perseguir la droga tendría ya resultados gigantescos. Piensen ustedes en un Gaula engrosado con la Policía Antinarcóticos, o en esos mismos antinarcóticos ocupados en vigilar carreteras y oleoductos.

Y hay que combatir, también, las causas de la guerrilla. Lo cual se hace devolviéndole al Estado su razón de ser, que consiste en beneficiar a la población del país, en vez de dedicarse a perseguirla. Si los esfuerzos que durante medio siglo se han consagrado a combatir vanamente la subversión (con el único resultado de hacerla crecer) se volcaran a la justicia social y el desarrollo económico, en la sociedad no existiría el caldo de cultivo necesario para la acción de la guerrilla. Porque la ideología no basta, como sabían perfectamente Mao tse Tung, Ho chi Minh o el Che Guevara. Pero nosotros no queremos saberlo.

Preferimos seguir obedeciendo los dictados de Washington, aunque las consecuencias de hacerlo sean las que estamos viendo: la destrucción de Colombia. Hay también, por supuesto, razones e intereses puramente locales que nos han traído aquí, y que no voy a mencionar en esta columna de hoy: harto lo he hecho. Pero las dos causas fundamentales del caos en que vivimos están afuera: son la cruzada anticomunista y la cruzada antidrogas. Una tercera, que es un manejo económico diseñado para concentrar la riqueza y aumentar la miseria general, viene también en gran parte del exterior: de las recetas impuestas por el Fondo Monetario y el Banco Mundial, uno y otro controlados por Washington.

No es una mayor entrega a los Estados Unidos lo que necesitamos, como piden los ciegos o los que no quieren ver. Sino lo contrario: mayor —o alguna— independencia. Ellos no nos la darán si no empezamos nosotros por tratar de tomárnosla. Y si lo hacemos intentarán, por supuesto, castigarnos. Pero me parece improbable que su castigo nos pueda hacer daños peores que el que nos ha hecho su ‘ayuda’.

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