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Opinión

  • | 2008/09/13 00:00

    Desplazados en el Parque de la 93

    Había que ver esa lógica hiriente con la que fueron tratados esos desplazados que sólo existen cuando molestan a los ricos, para perder las esperanzas sobre Colombia

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Sucedió la semana pasada. Iba llegando a mi oficina, en el parque de la 93, y de golpe me encuentro con que todo está invadido de pobres. Uno miraba a la calle, y había pobres; iba al parque, y estaba lleno de pobres; trataba de salir a un restaurante, y se encontraba con una montonera de pobres. De pobres, además, todos iguales: como sucios y como enfermos.

Y encima hacían ruido: no les bastaba estar allí, en todas partes, llenos de hijos que tosían, sino que además protestaban.

Hablé con un policía para averiguar lo que pasaba y me comentó que todos eran desplazados y que el líder de la marcha, un tal Ricardo Jiménez, decía que el gobierno les había incumplido no sé qué cosas, y que ahora estaban pidiendo 58 millones por persona.

No sé qué piensen ustedes, pero a mí me pareció caro. Cincuenta y ocho millones por pobre es un exceso, si encima uno tiene en cuenta que hoy por hoy se consiguen en cualquier parte y que estos no se veían particularmente resistentes.

Traté de interceder y negociar directamente con alguno, porque finalmente un buen pobre no sobra y uno puede usarlo de distintos modos: para que vote por uno, por ejemplo, o para que trabaje sin prestaciones.

Pero era imposible: estaban allí y no pensaban irse. Decían que les habían prometido acceso a educación y afiliaciones a la salud, y pedían la presencia de Samuel Moreno y de la Cruz Roja.

Lo de que no tenían acceso a educación se les notaba bastante, hay que decirlo. Porque si estuvieran medianamente informados no habrían pedido la presencia de Samuel Moreno, de cuya asombrosa ineptitud se habrían dado cuenta de inmediato, sino la de Álvaro Uribe para que montara uno de esos consejos comunales populistas y eternos en los que va regalando salud y educación no como si fuera una obligación del Estado, sino como si fuera una concesión personal llena de grandeza; y tampoco habrían pedido que se hiciera presente la Cruz Roja, porque temerían que en cualquier momento los delegados se quitaran los petos, les hicieran una llave y los inmovilizaran para que Juan Manuel Santos los presentara como positivos de guerra. Porque los pobres también sirven para eso.

Muchos almacenes de ropa y bares de la zona comenzaron a cerrar. Los desplazados seguían llegando, y afortunadamente alguien llamó al defensor del Pueblo para que se hiciera presente en el lugar y defendiera al pueblo de todos esos pobres; luego llegó la Policía, y arrestaron como a siete de los más ruidosos. Y unos funcionarios del Icbf les arrancaron los hijos a las mamás, en medio de unos gritos desgarrados y terribles que nos desconcentraban a los que trabajamos en la zona.

Haber visto todo eso fue desagradable, nadie puede negarlo, pero desde que leo a Ramiro Valencia he aprendido a extraer lo bueno de las cosas malas, a fijarme sólo en lo positivo, y debo decir que después de este incidente ahora sé que el Estado tiene agentes eficientes, que están a la altura de las circunstancias: la Policía, el Icbf, el defensor del Pueblo. Supongo que deben tener prioridades. Y por eso, en lugar de ocuparse de asuntos menores como darles educación o salud a todos estos desplazados, el tiempo se les va en reprimirlos cuando las exigen.

Pensé que siempre me iba a dar vergüenza vivir en un país tan fascista como este, en el cual pasan cosas como las de la semana pasada: había que estar allí, ver esa lógica tan hiriente con la que fueron tratados todos esos desplazados, darse cuenta también de que sólo existen en la medida en que estorben a los ricos, para perder las esperanzas de que Colombia sea un país viable alguna vez.

Pensé que siempre me iba a dar vergüenza todo eso, digo, pero ahora he decidido acomodarme a las circunstancias. En adelante procuraré hablar como habla la derecha tradicional de este país: esa derecha de siempre, mejor representada que nunca por el presidente Uribe, para la cual los pobres siempre son sospechosos y de la cual escurre un clasismo espeso que abre heridas profundas.

De modo que ya no protestaré ante la infamia que presencié contra los desplazados del parque de la 93, sino al revés: hablaré como si ya estuviera integrado a este país uribista y feroz, que cree que la seguridad es más importante que la justicia social, y que encuentra en el incidente de la semana pasada la metáfora que mejor lo explica.
Sé que no es lo más sano para el alma, pero algo bueno debe tener. Y estoy aprendiendo a ver lo bueno de las cosas malas.
 
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