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Opinión

  • | 2014/03/21 00:00

    Una justicia politizada y un presidente con poco criterio

    Lo de Petro fue una decisión política, orquestada por un grupo de poder que vio amenazado sus intereses y que no iba a permitir que un exguerrillero les impidiera tomar lo que, por décadas, les había pertenecido.

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Ahora que Petro se fue y las mafias que gobiernan la capital están de pláceme. Ahora que sus enemigos políticos y personales [no olvidemos la sonrisa franca de Vicky Dávila mientras presentaba la noticia de la destitución] se regocijan de su triunfo porque el mayor obstáculo que tenían para desangrar la ciudad ya no está. Ahora que las aves de rapiña [entre estos el exvice de Uribe] presentan sus nombres para ocupar el cargo que dejó el único alcalde de Colombia que tumbaron por no robarse un peso y evitar que los de siempre metieran sus manos en el presupuesto designado para el desarrollo de todos los bogotanos, es hora de las reflexiones y los análisis.

Es hora decir que lo de Petro, más allá de lo que argumente el Procurador y sus acólitos, más allá de la actitud acomodada del presidente Santos frente a la situación, fue una decisión política, orquestada por un grupo de poder que vio amenazado sus intereses económicos y que no iba a permitir que un exguerrillero, un mestizo amigo del expresidente Chávez, de Correa y Morales llegara para quitarles lo que, por derecho de sucesión, les había pertenecido por décadas.

Empecemos. Para nadie es un secreto que el procurador Ordóñez es un ser perverso, un ultraconservador, un católico recalcitrante que ve la vida en blanco y negro, un quemador de libros y uno de los pocos individuos en el mundo que niega el histórico holocausto nazi. No vamos a negar aquí que el poder que le ha conferido la Constitución Política de Colombia  es inmenso. Un poder que, sin ánimos de ofender, es temido incluso por el Ejecutivo y, sin duda, por el Congreso, el mismo recinto que cometió el error de elegirlo y cuatro años después repitió el error al reelegirlo para cuatro años más.

Su poder es tan inmenso que mantiene contento tanto a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia como a sus amigos del Consejo de Estado. Sus tentáculos son tan largos y poderosos que se extiende hasta la costa norte del país. Nombra a dedo y por recomendaciones, en cargos claves de la Procuraduría, a los amigos de sus amigos sin importar el lastre ético o moral que arrastran consigo. Pero aquí en Colombia no se protesta por eso.  No se protesta por elegir a funcionarios torcidamente funcionales. No se recogen firma para tumbar a gobernadores y alcaldes que mantienen lazos de unión con los gatos y gaticos del país, grupos reconocidamente mafiosos que les hacen tanto daño a los colombianos como las bandas criminales y los paramilitares; sin embargo se recogen firmas y arman referendos en tiempo récord para sacar de su cargo a uno de los pocos alcaldes del que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, no ha metido sus manos en las arcas del distrito.

Por eso molesta a todos aquellos que amamos esta tierra de nadie, ver a la presidenta del Consejo de Estado, esa otra cueva de Alí Babá donde Ordóñez dejó sembrada hace varios años su semilla mafiosa, salir ante las cámaras, sin pudor alguno, y dar los detalles de cómo fallaron los magistrados ‘mermelados’ ante la montaña de tutelas que buscaba que Petro no fuera removido de su cargo. Y produce grima porque esta señora es uña y mugre del Procurador y defiende a capa y espada los postulados del cavernícola, razón que le ha permitido tener a uno de sus hijos fungiendo como subalterno del hombre que abogó para que ella pudiera alcanzar tan alta designación.

Aunque los togados digan que fallaron en derecho, que sus decisiones fueron tomadas teniendo en cuenta que al alcalde no se estaba violentado nada y que las tutelas solo pueden ser interpuestas por los afectados, las dudas que deja este episodio, uno más de historia de la infamia de este país de mierda, son muchas y no pueden despejarse con declaraciones estúpidas y mal argumentadas. 

Santos, de quien el vicepresidente afirmó que gobierna el país como una reina de belleza, acaba de demostrar que como ajedrecista es malo. Su decisión de obviar las recomendaciones de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos para congraciarse con sus amigos, violando flagrantemente las convenciones de derecho internacional firmada por el Estado, le pasarán sin duda la cuenta de cobro. Toda acción llevaba consigo una reacción, y parece que el Presidente no calculó bien que una bala disparada al aire baja casi con la misma velocidad que la impulsó.

La pregunta que queda en la mesa es si con el sistema de justicia que hoy tiene el país se garantiza que los próximos desmovilizados de la guerrilla tengan a buen recaudo sus derechos como ciudadanos. A mí me quedan dudas. Y seguramente los miembros de las Farc en la mesa de negociación de La Habana lo están pensando. Si su pasado los persigue aún en la vida civil, si las triquiñuelas de un sistema judicial carcomido por la corrupción los van a poner contra la pared, seguramente no tendrá sentido para ellos entregar las armas.

La paz no se construye con palabras, presidente Santos, sino con hechos. Y las acciones hablan por sí mismas.

En Twitter: @joarza
Docente universitario.    
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