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Opinión

  • | 2014/02/10 00:00

    La primavera bogotana

    La reacción por la destitución de Petro se parece a las Primaveras Árabes, huracanes de repudio que derrotan regímenes políticos sostenidos por el autoritarismo y la represión.

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Se estima por parte de tirios y troyanos que el pasado 13 de diciembre desfilaron por las calles del centro de Bogotá, hasta concentrarse en la emblemática plaza de Bolívar, hoy denominada “Plaza de los Indignados”, más de 120.000 personas, todas ellas enfurecidas por la decisión adoptada por el procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez, de destituir e inhabilitar por 15 años,  mediante fallo de primera instancia, al alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro Urrego, elegido en forma democrática en las elecciones de octubre del 2011, con un número superior a 732.000 votos. 

Esta movilización fue el clímax de una larga semana de resistencia social e indignación popular, provocada por una determinación del Ministerio Público, percibida por el conjunto de la sociedad bogotana en particular, y, colombiana en general, como un ejercicio despótico del poder disciplinario. 

Las razones esgrimidas por la Procuraduría para sustentar su fallo poseen un fuerte sesgo ideológico y político. Mencionemos un par de ejemplos para ilustrar esta aseveración: Según el procurador, la adopción del nuevo esquema de aseo, incorporado en el plan de desarrollo Bogotá Humana, denominado Basura Cero, vulneró los principios de la libertad de empresa. 

Olvida el ente de investigación disciplinaria que el elogio o la confianza en el mercado, al punto de concebirlo como factor omnipotente de regulación económica, es un juicio político, tan respetable como el que muchos bogotanos compartimos con el alcalde Petro, en torno a la defensa de lo público; asunto dirimido en las urnas como se estila en las democracias modernas. Por lo tanto, disciplinar una prescripción programática, voto programático, resulta no sólo exótico, sino también arbitrario.

El segundo ejemplo es aun más revelador. Los operadores privados necesitan del aumento de la basura porque sus ganancias están atadas a las cantidades pesadas, transportadas y dispuestas en el relleno sanitario de doña Juana. Importándoles muy poco el envenenamiento de ríos, quebradas y montañas, producido por un modelo anacrónico de aseo, en el que se privilegia la basura y se desprecia el reciclaje. Poco o nada les podía interesar a los mercaderes del residuo promover un programa revolucionario como el de Basura Cero. Por el contrario, si pueden conjuran y complotan contra él, tantas veces como sus intereses particulares se lo exijan.

A estas alturas no es ingenuo pensar que el caos de las basuras en diciembre del 2012, fue premeditado por ellos. Es en este escenario concreto, en donde surge el nuevo paradigma de aseo ordenado por la Corte Constitucional, mediante la sentencia T-724 del 2003 y varios autos, entre ellos, el 275 del 2011, en los cuales se conmina al distrito capital, a incluir a la población recicladora dentro del nuevo esquema, dignificando su trabajo y reconociendo de paso su labor como auténticos precursores de una concepción ecológica urbana, tan demandada socialmente en estos tiempos de escasez de agua, aire y tierra. Disciplinar una gobernanza de esta naturaleza, no solo es absurdo, es de igual modo y por extensión sancionar el anhelo universal de un mundo sostenible. 

La forma y los contenidos de la indignación nacional contra el procurador Ordóñez, dan lugar a la conclusión, sin que ella resulte para nada desproporcionada ni grandilocuente, que la ciudadanía bogotana gestó una nueva forma colectiva de participación, muy parecida a los paradigmas de las Primaveras Árabes, entendidas estas como huracanes de repudio, capaces de derrotar regímenes políticos sostenidos por el autoritarismo y la represión.

La primera gran característica de la Primavera Bogotana es su espontaneidad. Tras conocerse el fallo del procurador, la gente salió a la calle o hizo uso de las redes sociales para rechazar la destitución, inspirándose en el criterio de la libertad individual.

La segunda característica de esta sublevación ciudadana fue el uso intensivo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. El Twitter, Facebook y demás redes sociales fueron determinantes en la viralidad comunicativa y de coordinación de la ola de indignación que se fue apoderando vertiginosamente de toda Colombia. Sobre este aspecto es necesario subrayar, el rol que juega la comunicación en la nueva concepción de la participación ciudadana en el mundo contemporáneo. Hay quienes sostienen que, la comunicación es el corazón de la participación. Decir es construir lo público, hablar e intercambiar la magia de la palabra en el ciberespacio,  es contribuir a formar una voluntad general en el ámbito de la realidad virtual, tan poderosa que puede incidir en la transformación de las relaciones de poder y en la definición del rumbo de lo público.

Lo fascinante de la Primavera Bogotana es su acendrado talante democrático. La democracia en sí misma fue la causa primigenia que desató la ira popular; quien lo creyera, en un mundo inundado de necesidades inmediatas, fue un valor abstracto, intangible si se quiere, como el de la libertad, el que produjo la indignación nacional. La bandera de la democracia es el alma de los indignados colombianos; el derecho a elegir, representado en la figura del voto popular, fue la razón que convoco a los miles de ciudadanos que gritaban con fuerza inusitada: “PETRO SE QUEDA. PORQUE MI VOTO SE RESPETA”. 

Un fallo emitido por un funcionario, escogido entre otras, por una corporación que como el Senado de la República, ha estado sometida a todo tipo de escándalos de corrupción en los últimos años, socavando en forma peligrosa su legitimidad, no puede ser superior a un mandato ciudadano, constituido libre y democráticamente en las urnas. 

Es preciso decir que la mayor fortaleza de la indignación bogotana es su carácter ciudadano. En las calles capitalinas marchamos en forma conjunta, quienes votamos por el alcalde Petro como quienes lo hicieron por otros candidatos o seguramente se abstuvieron. 

El común denominador de esas multitudes era la rabia generada por una decisión despótica, que arrebataba de un solo tajo el derecho a la democracia en Bogotá. La síntesis de la Primavera Bogotana se puede recoger en la disyuntiva: democracia o despotismo.

La democracia contemporánea es diversa o no es democracia. Por eso la indignación del 9/12, contenía en sus entrañas la fuerza emancipadora de las nuevas ciudadanías, esas mismas que quiere prohibir la agenda ideológica del procurador. Allí en las calles estaban las juventudes desplegando pasión, herejía e imaginación; las mujeres reivindicando su cuerpo como un territorio de libertad; la población LGBTI demandando el reconocimiento de sus derechos; los animalistas celebrando La Plaza de Todos, para que a ella no retornen añejos espectáculos de tortura y muerte; los ambientalistas izando la divisa del agua como principio del ordenamiento territorial; los canabicos defendiendo su derecho a la dosis personal; los grupos étnicos, indígenas, afrodescendientes, raizales, palenqueros y gitanos, compartiendo sus palabras, tradiciones, saberes ancestrales, algarabías, con las que habitan y construyen la metrópoli de la alteridad; los barras futboleras trenzadas en un abrazo indestructible de reconciliación, rindiéndole con ello un merecido homenaje a la vida, más allá de sus pasiones deportivas especificas; las religiones no podían faltar, ellas se hicieron presentes en clave ecuménica. Resultó emocionante ver en la Plaza de Bolívar a musulmanes, judíos, católicos y protestantes cogidos de la mano, invocando el pluralismo religioso, para pedir por la paz de Colombia.

Ese mismo pluralismo ideológico que practicamos como un ethos democrático, puesto al servicio de las libertades y garantías de expresión de quienes piensan distinto a nosotros. El que le brindamos a los jóvenes de la tercera fuerza, de inspiración nacional-socialista, cuando supimos de su presencia en la plaza de bolívar y, su deseo de rezar un rosario por el procurador Ordóñez, en el preámbulo de una movilización que concentró a más de 100.000 personas en el centro de la capital.

El mejor homenaje que los bogotanos pudimos rendir a Nelson Mandela en su funeral, fue convertir las jornadas de la indignación en una inolvidable experiencia de no-violencia colectiva. Ahí estuvo la esencia que marcó la diferencia de estas apoteósicas manifestaciones. Multitudes movilizadas transformando la democracia, llenándola de nuevos contenidos, con nuevos actores sociales; pero ante todo con nuevos lenguajes. La no-violencia es la premisa de la Primavera Bogotana. Solo un movimiento ciudadano que hace suya la causa mandeliana, puede ser el motor de la paz y la democracia en Colombia.     

*Miembro de la Coordinadora de Defensa de la Bogotá Humana.
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