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Opinión

  • | 2011/08/25 00:00

    ¡Detengan ese loco!

    A Uribe todo lo irrita: las investigaciones que promueve Santos, las decisiones de la Fiscalía, la foto del Eln, los discursos de Iván Cepeda, los éxitos del ministro Vargas Lleras, en fin.

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Cuenta Aura Lucía Mera (El Espectador, agosto 9/2011) que asistió en Cotopaxi a una corrida de vaquillas, y que uno de esos animales se escapó del coso y comenzó a embestir a todo lo que encontraba a su paso: canecas, carros, carpas, gente. Es decir, el animal asumió su papel de vaca-loca. Y, que, ante el espectáculo, Mera no sabe por qué, en ese momento, se le “presentó la imagen del expresidente Uribe”. Quienes, con vaquillas o sin ellas, tengan la misma imagen, podrán, usando una figura literaria, exclamar fácilmente: ¡Detengan ese loco! Otros podrán decir que el exmandatario está más cuerdo que nunca, pero que actúa por reflejos condicionados como el perro de Iván Petrovich Pavlov, porque no puede ver una foto, ni una imagen, ni un escrito, ni escuchar declaración de persona alguna, que piense distinto a él porque reacciona, con las secreciones de sus vísceras, que destilan odio y venganza. Todo lo irrita: las investigaciones que promueve Santos, las decisiones de la Fiscalía, la foto del Eln, los discursos de Iván Cepeda, los éxitos del ministro Vargas Lleras, en fin.

Si esta es la ficción, la realidad que nos quiere hacer creer Uribe, es más fantástica, aún. En mi libro La pequeña política de Uribe y sus simulaciones (5ª. ed. Temis, 2010) le preguntaba, al entonces primer mandatario, ¿cuándo conversamos? Siguiendo el rigor de la mayéutica quería que dialogáramos, sin que eludiera el tema de debate, como es su costumbre. El método socrático-platónico, es de mucha utilidad ahora, cuando el ex presidente debe someterse, no a uno, sino a varios procesos. Siguiendo esa metodología es imposible que Uribe pueda escabullirse, por lo menos de lo que dijo el 18 de agosto en la Comisión de Acusaciones. En efecto, negó que hubiese ordenado interceptaciones ilegales, pero con una lógica para principiantes, sí dijo por qué las habría ordenado, en cada caso concreto. A Piedad Córdoba, “por ser enemiga de la patria”; a Yesid Ramírez, “porque quería derrocar el gobierno”; a Iván Cepeda, “por entrevistarse con paramilitares en cárceles de Estados Unidos”; a Hollman Morris, “por ser publicista del terrorismo”; y al Colectivo de Abogados, “por ser defensor de terroristas”.

Partamos de hechos ciertos: que Uribe, por principio o por vanidad, jamás contesta a quienes no sean sus pares: ni a los periodistas ni a los académicos. Si ese es el caso, tenemos que ir por etapas. Que sus pares, los expresidentes, organicen un diálogo con él, y aunque Uribe resople como un caballo de carreras, le hagan ver su falta de sindéresis. Si no acepta, o si de ese diálogo sacan la conclusión de que definitivamente no puede recobrar el equilibrio, es preciso pasar a una segunda etapa: someterlo a un tratamiento psiquiátrico. Esto lo habilitará para ir a la tercera etapa: responderle a la Comisión de Acusaciones, con argumentación jurídico-probatoria lo que sus jueces le pregunten, si éstos son capaces de asumir su papel de pares políticos, como está concebido ese juicio en la Constitución. Si se dejan llevar por las sendas torticeras e incoherentes de Uribe, es hora de recurrir a una cuarta etapa: un Tribunal Internacional.
Lo que nadie puede permitir –ni los expresidentes, ni los gremios, ni las iglesias, ni los dirigentes de este país, ni sus presuntos jueces– es que a ciencia y paciencia, el expresidente Uribe siga sembrando el odio, y desconociendo el sentido común de la argumentación, tratándonos a todos como si fuéramos imbéciles.

* Rafael A. Ballén Molina es doctor en Derecho Público por la Universidad de Zaragoza (España) y director de la línea de Investigación Teoría Política y Constitucional y del Grupo de Investigación Hombre-Sociedad-Estado de la Universidad Libre de Colombia.

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