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Opinión

  • | 1983/01/03 00:00

    DETRAS DE LA AMNISTIA

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El retorno a casa es un problema social: va mas allá de las soluciones políticas y jurídicas. Hombres que regresan a sus familias y abandonan un territorio conocido por años.
Son obvias algunas razones que conducen a la aparición del fenómeno guerrillero: la condena al gobierno, la lucha contra el establecimiento, la aspiración a reclutar una opinión insurgente. La insurrección, parece bueno repetirlo, sería un brazo armado de la inconformidad; la rebeldía juvenil sería una de las canteras de donde se extrae al guerrillero. No importa si es joven y se encuentra en debate con su estructura paterna; o si lo hace por idealismo, o por liberarse de la enajenación que produce el trabajo sin significado: si empuña el arma de todos modos se somete a una nueva autoridad, como veremos.
Los grupos armados, en todas partes donde aparecen, se componen de dos clases de militantes: los idealistas y los pragmáticos. Los primeros se apoyan en sus principios, en la seguridad de la doctrina, en el valor de la imitación --Vietcong, Sierra Maestra, sandinistas-para darle sentido a su combate. Ellos pertenecen a una tribu muy específica, la de los utopistas; en el mejor sentido de la palabra, aquellos que se desvelan por un mundo nuevo comenzando por trascender las condiciones actuales. Una nueva Arcadia es la deseada. Un sueño posible: la redención universal. Los pragmáticos llegan por otro lado: se movilizan porque hay ciertas ventajas comparativas en la clandestinidad; porque quieren olvidar, hacerse perdonar vía el martirio, arriesgar una mejora en el futuro cercano sin demasiadas pretensiones sobre el cambio total. El desempleo, urbano o rural, es menos tolerable que el riesgo. La diferencia entre cenar un potaje y no cenar explica su osadía.
Ya en la selva, en revolucionario se tropieza con una contrapartida inesperada: la subordinación a una nueva jerarquía. ¿Creía posible una libertad distinta, desasida de compromisos agobiadores o de la férula familiar? No la encuentra: también allí existen los de arriba y los de abajo.
También allí los unos piensan una cosa y los otros hacen una diferente; también allí hay pobres comunicaciones, falsos rumores, disensiones internas, subgrupos hostiles, expectativas frustradas, metas que no se cumplen. La rigidez disciplinaria no alcanza a ocultar estos problemas entre jefes y subordinados y, de al realidad exterior de la cual hubiesen querido escapar. Escapar del padre enérgico, del jefe impopular, de la educación autoritaria, de la alienada vida opresiva en nuestras calles o veredas: no lo logran del todo.
¿Es sentir el peligro y poseer la fuerza un precio que tiene que pagarse por una vida independiente y tal vez una utopía? ¿Son esos principios, defendidos con un fusil, la respuesta política a una gran desesperaión personal? Vivir el peligro comporta una sensación rara: estar al borde del precipicio atrae más que repele, como si el vacío fuese un reto inevitable. Pero este argumento es todavía poca cosa si se lo compara con la fuerza que se posee para mover el gatillo, a discreción. El peligro y su vivencia, más la posesión de la fuerza, forman, en un fin, un binomio extraño, una dialéctica en la que se resuelven los indecisos y se consolidan los tímidos. Peligro-fuerza: frutos de una insatisfacción.
Pero la construcción de un poder ilegítimo al otro lado del poder legítimo no solamente conlleva unos riesgos: paradojalmente la nueva ilegitimidad es preciso conservarla para que no se deteriore, y ello crea una sutil red de lazos burocráticos que tal vez no se habían previsto. ¿Burocracia en la selva? Como la disciplina es rígida y no facilita la permeabilidad lleva al conseso y por lo tanto a disminuir la velocidad de las cosas: el nuevo poder ilegítimo se parece al otro por su capacidad para responder con rapidez.
La parábola del retorno tiene entonces su propias preocupaciones. ¿Es mejor tener un poco de fuerza, de peligro, de ilegitimidad, a cambio de no tener empleo, vivir en las ciudades polucionadas o sobrellevar las responsabilidades del medio familiar como el mercado, los impuestos, los horarios o la soledad? El miedo al regreso a la vida civil constituye un cambio radical muy contaminado por la desconfianza: además de una socialización difícil, la falta de con fianza en un establecimiento que no jugó a derechas con las guerrillas del Llano. Es una realidad histórica que se revive para acentuar la cautela.
Debe existir una lucha en el interior de cada grupo armado. Mi hipótesis: acción y reacción, deseos y temores, perspectivas y recelos. ¿Desconfiar no es, entonces, un mecanismo de defensa para poder quedarse en aquellos aleros en vez de salira la intemperie?
Catedrático en varias instituciones académicas, Jaime Lopera se ha desempeñado como jefe del Departamento Administrativo del Servicio Civil; presidente de la junta de la ESAP miembro de las juntas del Fondo Nacional del Ahorro y de la Caja Nacional de Previsión. Durante su ejercicio profesional ha sido consultor en importantes empresas. Escribe regularmente en la revista Gerencia al Día sobre temas administrativos y en la revista literaria Pluma.
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