Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/08/08 00:00

Diario de un asmático

Un lector de SEMANA.COM responde a 'Calvario de un fumador', la columna de la edición anterior sobre las medidas y campañas en contra del cigarrillo.

Diario de un asmático

"Si vana fumar, es en la escalera, o si no me dejan la plata para la consulta del médico encima de la mesa", decía mi papá a las visitas cuando se disponían a prender un cigarrillo. Creo que mi repulsión hacia el vicio viene desde entonces.

Todos los fumadores que conozco empezaron a fumar cuando estaban en el colegio, a pesar de que la ley prohibía venderles cigarrillos a los menores de edad. Yo nunca acepté una invitación de mis amigos a probarlo. En esa época, fumar no era indispensable, era una forma de revelarse, de probar lo prohibido. A mí simplemente no me gustaba.

El vicio avanza

Poco a poco la aventura de fumar se va convirtiendo en un hábito malsano, ya no es una escapada al mes sino la costumbre de cargar una cajetilla y un encendedor. Al mismo tiempo, uno empieza a entrar en contacto con los fumadores y cada vez lo soporta menos. Alguna vez asistí a fiestas patrocinadas por tabacaleras, en las que no hay que pagar para entrar ni para tomarse un trago, algo bastante seductor. Pero no me aguanté la insistencia de unas espectaculares modelos que ofrecían indiscriminadamente cigarrillos a todo el mundo e inundaban el ambiente con humo y un desagradable olor. Pero eso no era lo peor. Al llegar a mi casa, me esperaba una noche desagradable por la falta de aire y ese olor que se pega en todos lados. Los inhaladores eran un paliativo que no ayudaba mucho a conciliar el sueño.

Aunque prometí nunca volver a una fiesta de esas, no pude evitar encontrarme algunas veces con aquellas lindas modelos que me preguntan si fumo. ¿Qué quieren que les diga?, que no me soporto ese humo que es capaz de desalojar cualquier olor que uno pueda llegar a sentir, o que son un truco publicitario bastante elemental en el que no caigo. O mejor aún, que no le veo ningún objeto a fumar y que si sin fumar me enfermo, ¿como sería si fumo? Al final, solo sale una respuesta: no gracias. Desafortunadamente para mí, alrededor hay bastante gente que cede ante el ofrecimiento.

En todos estos lugares las ventanas son un pobre remedio ante la espesa capa de humo. Una noche fui a un lugar en el que las ventanas eran de doble vidrio para aislar el ruido y en lugar de ventilación tenían unos pequeños ventiladores para extraer el aire. Pero estaban apagados. Ahí estaba yo en una cámara de combustión con toda la variedad de fumadores alrededor: a los que les parece sexy, a los que les parece rico, los que lo acompañan con la bebida, a los acomplejados que ven en el fumar una forma de nivelar su ego con el de los demás o los que simplemente lo tienen como una costumbre desde hace rato y no tienen la fuerza de voluntad para dejarlo y les parece mejor seguir acabándose junto con otros que no tenemos nada que ver con lo anterior. Varias cosas conseguí esa noche: jurar nunca volver a ese sitio que solo me dejó ese maldito olor asociado con las fiestas y una crisis asmática.

Llegó el nuevo código de policía, por fin una medida coherente que protege mis maltrechos pulmones y los de muchos otros. Al principio todo el mundo la hizo respetar, pero eso fue tema de días. Al parecer las palabras prohibido y lugar público no son del todo claras. En la universidad trataron de ser más amables, tal vez porque su objetivo es educar, y no pusieron la palabra "prohibido" en los avisos sino una amable cara que invita a fumar afuera, aunque tampoco esté permitido, pero era un avance de todas formas.

A la larga, lo único que las medidas lograron fue crear zonas en las que no se podía transitar si no se poseía un cigarrillo para abrirse paso entre todos los fumadores aglomerados. Y los no fumadores no podíamos disfrutar al aire libre porque ese espacio ya estaba tomado por los fumadores. Ellos siguieron buscándole excepciones a la regla o simplemente no les importaba, alegaban que estaban afuera, porque en muchos casos los edificios se conectan al exterior sin una división clara. Después de todo el esfuerzo de las autoridades volvimos al punto en donde estábamos.

Pero con respecto al resto de países tenemos más desventaja ahora, el límite entre las libertades individuales y colectivas sigue siendo poco claro, todos los avisos de "prohibido fumar " terminaron relegados a oscuros rincones de universidades y establecimientos públicos en lugares poco visibles. Además, los fumadores perdieron el poco respeto que le tenían a los no fumadores y volvieron a tomar el poco aire que les queda en los pulmones para seguir su marcha. Las campañas de las empresas de tabaco tomaron nueva fuerza e hicieron ver al no fumador como un pobre hombre que no sabe divertirse. Ahora la publicidad es más agresiva e indiscriminada: te regalan una cajetilla de cigarrillos junto con un periódico juvenil sin importar tu edad o tu interés por la publicación; vuelven las modelos y sus camiones lanzando cigarrillos a los transeúntes, y una vez más digo no gracias.

Al tiempo que avanzaba esta nueva ola del tabaco, el asma se agravaba, más tos y más fatiga, exámenes que revelaban que tengo la capacidad pulmonar de una persona de 60 años, nuevas drogas y nuevas limitaciones. Mientras tanto, mis amigos volvían a disfrutar de la libertad de fumar cuando y donde quieran, a sabiendas de que estaban destruyéndose lentamente los pulmones.

Después de todo existe una tolerancia entre todos, fumadores y no fumadores. Es un método de supervivencia ante el poco apoyo que los no fumadores tenemos en las autoridades, que no se preocupan demasiado por hacer cumplir las normas ni por informar a todos por igual; porque después de todo, los impuestos al tabaco y al alcohol son recursos dirigidos a la escasa salud pública.

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