Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2013/06/07 00:00

Diario de a bordo de la magistrada Díaz

Si la justicia es para los de ruana, los cruceros son para los de toga.

Diario de a bordo de la magistrada Díaz

Domingo

Hoy atracó el crucero en Cartagena. Lo atracó un señor a quien no conozco, y eso que trabajo en la rama judicial. En un comienzo pensé que era el magistrado José Alfredo Escobar; pero como no tenía botines, ni hizo encarcelar a carpintero alguno, lo descarté. No veo la hora de

embarcar. La verdad es que el país está insoportable. ¿Quién no va a querer irse si, para empezar, acá no hay quien imparta justicia? En el mar, la vida es más sabrosa. Tengo mariposas en el estómago por la emoción. 

Lunes

Al fin abordamos. Lo de las mariposas en el estómago resultó ser una intoxicación por un coctel de langostinos y tuve que sentarme como Santos en la casa de Valledupar. Acudí a ese recurso deposición, pero ya es caso archivado. Mi cabina es en primera clase porque en eso soy muy ‘angelinista’ y creo que la presidenta de la Corte Suprema no puede andar como una zarrapastrosa. Tan pronto como llegué me enfundé el bikini –sí, bikini, de dos piezas, porque nunca he sido mujer de una sola pieza– y me encontré con el resto de magistradas. Pedimos nuestros primeros daiquirís. Conocimos a unos ecuatorianos divinos. Uno era juez en Sucumbíos. Me quedé profunda en la silla asoleadora, delicioso, pero no me eché bloqueador y terminé más ardida que Uribe con Santos. Ojalá no me queden manchas, porque nada más feo que una magistrada con manchas. Mañana estudiaré los expedientes.

Martes

El mar estaba tan picado como Andrés Pastrana, y me resbalé y me caí, y me pegué en toda la popa. Eso me puso de mal genio. Quedé toda imputada. Para completar me enteré de que en Colombia hay gente rebotada por mi viaje. Qué rabia. Con este vaivén, la única persona que tiene derecho a rebotarse soy yo. ¿No saben, acaso, que uno es mejor funcionario cuando adquiere mundo? Para no amargarme, me bajé en la isla de Arrubla y me fui de shopping. Demasiado mal genio para mirar los expedientes.

Miércoles

Alejandro salió en mi defensa desde Tunja. Divino. Dijo que mi viaje era puro ruido y que yo era excelente funcionaria. Estuvo tan amoroso como cuando defendió nuestras pensiones millonarias. Es triste que en Colombia no puedan ver a una magistrada en un crucero, con permiso remunerado, sin que se llenen de rabia. De todos modos “mi procurador hermoso”, como le digo yo, me mejoró el genio y me gocé el día a fondo. La próxima me lo traigo. Le digo que ‘crucero’ viene de ‘cruzada’ para convencerlo. De resto, almorzamos en la mesa del capitán, un señor adorado. De noche, lo de siempre: casino y discoteca. No alcancé a mirar los expedientes. PD: la isla no se llamaba Arrubla sino Aruba.

Jueves

Estoy feliz en el crucero. Pasan copas en bandejas y, como si se tratara de la misma Justicia colombiana, cada quien puede tomarlas por su propia mano. El barco avanza a 20 nudos, los mismos que tiene, en promedio, un proceso en Paloquemao. Una cosa memorable: ¡me animé a imitar a unas turistas suecas y me bronceé sin nada arriba! Como decían los demás magistrados: no parecía Temis, la diosa de la Justicia, sino Tetis, la mitológica esposa del océano. Pero qué diablos. Solo se vive una vez. Por la tarde hicimos concurso de piñas coladas, y ganó el jurista Jaime Humberto Araque. De premio lo nombraré magistrado. Mañana miro los expedientes.

Viernes

Si la justicia es para los de ruana, el crucero es para los de toga. Hemos pasado felices y los magistrados que vinimos al paseo nos hemos unido mucho. Cuando me pensione montaré mi propia flota de cruceros inspirada en la rama judicial, con barcos que surquen las aguas a la velocidad de la Justicia colombiana: es decir, que no anden, que solo hagan agua. Las cabinas de tercera categoría vivirán hacinadas. Rodrigo y Tomás Jaramillo viajarán en primera clase sin que nadie los toque. Al primer barco lo bautizaré con el nombre de ese otro colega al que adoro, ‘Alberto Rojas’, pese a que, más que un barco, Albertico sea todo un avión. Y expediré la tarjeta ‘Ruth Marina Díaz’ para viajeros frecuentes. (De mañana no pasa la lectura de expedientes).

Sábado

Hoy hice la lista de sitios a los que he viajado desde que me posesioné y me pasó algo chistoso. Arranqué: Viena, Iguazú, Praga, Budapest. Y cuando llegué a Ginebra, me antojé de una. Delicioso. Nada como una gin and tonic bajo el sol. Claro que se me iba yendo la mano y se me fregó la lectura de los expedientes. Por la tarde, aeróbicos en la piscina, cena con el capitán y rumba de despedida (en la discoteca).

Domingo

Llegamos  a Bogotá. Qué depresión. Definitivamente prefiero las salas de masajes a las salas de casación y los bufetes del desayuno a los bufetes de abogados. El escándalo por el viaje está tenaz. Los hijos de Uribe harán negocio con el cobre que pelé en estos días. No hablaré con la prensa porque eso es como perfumar al diputado Rodrigo Mesa. Que más bien agradezcan: en una sola semana acumulé suficientes millas como para compensar las que el país perdió en el fallo de La Haya. 

Lunes

La altura de Bogotá me está matando, y eso que es la única altura que me queda. Llegué manchada y molida. No veo la hora de largarme al Congreso en España y dormir en alguna conferencia. Llevaré los expedientes para leerlos en el viaje. 

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