Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2009/07/18 00:00

Diario de mi campaña a la Presidencia

Cualquiera sabe que un militante de la izquierda colombiana no sobrevive si le impiden comprar un mustang suelto cada vez que pisa la calle

Diario de mi campaña a la Presidencia

Desde que soy aspirante a la Presidencia de la República por el Partido Conservador mi vida se ha visto iluminada por las reuniones de estrategia que organizamos en la sede del partido, bellamente decorada con antigüedades de tiempos remotos como un jarrón de la dinastía Ming, una radiola de los años 30 y el mismo José Galat en persona, que nos entretiene con anécdotas de sus épocas mozas, como cuando desembarcó en el continente americano con don Fernando de Magallanes.

He visto con emoción los progresos de cada uno de mis compañeros, a quienes considero mis colegas y no mis competidores. En una reunión reciente, para no ir más lejos, el doctor Holguín consiguió estar despierto por más de media hora. Y hace un par de días el 'Pincher' Arias nos mostró que ya puede amarrarse los zapatos sin que nadie le ayude.

A pesar de sentirme a gusto con todos ellos, abandoné el partido tan pronto supe que Noemí podía aterrizar en nuestras toldas: me imaginaba lo insoportables que se podían volver nuestras tertulias con ella tomándose la palabra para darnos lecciones de lealtad y sencillez.

Aprovechando la nueva ley de la reforma política que permite que uno se cambie de partido sin que lo sancionen, me fui a buscar suerte en otros grupos.

Comencé por La U, pero me hicieron sentir mal desde el principio porque no tengo grupo paramilitar propio. Se burlaban de mí, me miraban por encima del hombro, entonaban humillantes rimas en coro para echarme en cara que nunca he sido dueño de un bloque armado, siquiera modesto pero obediente.

Huí, entonces, al Polo, a sabiendas de que la máxima aspiración de un líder de izquierda colombiano es comprarse un R-9.

Lo bueno de ser del Polo es que si uno consigue volverse amigo de su Presidente, el doctor Jaime Dussán, puede hacer parte de interesantes negocios inmobiliarios que él ayuda a empujar, o al menos ubicar a algún primo varado en la Secretaría de Educación.

Mi militancia no fue sencilla. Me costaba trabajo identificar las corrientes internas del partido. Sé que no me queda bien confesarlo, pero cuando hablaban de Anapo, por ejemplo, pensaba que se referían a Anapoima: me parecía que Samuel Moreno, su líder, era el clásico yuppie con pulseritas y hablado de hijo de papi que juega golf en Mesa de Yeguas.

Precisamente, lo más angustioso de militar en El Polo era defenderlo a él, a Samuel. Las críticas por su mala gestión en la Alcaldía bogotana arreciaban, pero yo desenfundaba mis argumentos con disciplinada vehemencia partidista. Argumentos en los que aún creo y que sostengo ante quien sea: y es que uno podrá decir lo que sea de él, de Samuel Moreno Rojas, pero pocas veces se ha visto que una persona tan limitada consiga llegar tan lejos. Es un ejemplo de superación. También hay que abonarle el profundo amor que profesa por su familia: nadie puede negar que como alcalde ha sido un excelente hermano.

Aguanté un mes. Me salí porque todo el salario se me estaba yendo en remedios: compraba Lomotil por la ingesta abundante de vino caliente, y aspirinas, porque me dolía la cabeza cada vez que mis copartidarios peleaban ruidosamente entre sí por cualquier cosa, menos por pagar la cuenta. Después de haberlo vivido desde dentro, puedo decir con tristeza que el Polo está a punto de colapsar. Es un partido demasiado caricaturesco. Uno de los pocos tipos serios que tienen, que es el senador Robledo, físicamente es idéntico a Eduardo Mestre. Y a la pésima reputación que le está dejando la alcaldía de Moreno, se suma un golpe aun más grave: la reciente medida que prohíbe la venta de cigarrillos al menudeo. Cualquiera sabe que un militante de la izquierda colombiana no sobrevive si le impiden comprar un Mustang suelto cada vez que pisa la calle. Sin cigarrillos sueltos, el proyecto del Polo es inviable.

Rendido de ese periplo infértil, retorné a mi semilla política. Me fui convenciendo de que el regreso de Noemí no era tan preocupante. Al final ella siempre se acomoda donde mejor sople el viento, y quizá termine lanzándose por otro partido. Además, cualquiera sabe que como dice una cosa, dice la otra. Una vez suelta frases como que Uribe es el candidato más cercano a los paras, y otra propone con vehemencia su reelección. De modo que no hay que tomársela tan en serio.

Regresé feliz al Partido Conservador a juzgar la vida íntima de los demás, a prohibir en público las cosas que mis amigos y yo deseamos secreta y tormentosamente en privado; a hacer fila para que me den contratos, y a estar dispuesto a ayudarle al presidente Uribe en lo que se necesite a cambio de que me brinde el honor de servirle al país desde una embajada en la que se coma muy bien y se duerma hasta tarde. Me sirve la del Reino Unido, que Noemí deja libre. Para algo debe servir que se regrese.

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