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Opinión

  • | 2012/09/30 00:00

    Diarios de Venezuela: El riesgo es que quieras viajar

    Falta una semana para las elecciones y los candidatos viajan por todo el país, prometiendo que van a cambiar lo que no funciona, valdría la pena que hicieran el último viajecito, no en sus aviones privados o del Estado, sino en los comerciales, a ver qué frase se les ocurre para impulsar el turismo nacional.

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“Colombia, el único riesgo es que te quieras quedar”, era el slogan nuestro hace unos años. Ignoro cuál es el de Venezuela o si existe, porque le pregunté a dos venezolanos y me dijeron que tampoco sabían. Pero atreviéndome a que me insulten los chamos me permito sugerirles uno: “Venezuela, el riesgo es que quieras viajar”, porque de primera mano puedo decirles lo difícil que es recorrer este país, y eso que sólo he tenido la fortuna de viajar en avión, porque los cuentos de venezolanos, pero también de amigos y familiares colombianos, que emprendieron periplos por las acabadas carreteras nacionales son de terror. Incluyen atracos de malandros y extorsión de la Guardia Nacional.

Este es el tercer viaje que hago internamente en Venezuela y en todos ha salido algo mal. En el primero, la aerolínea por la que viajé, Aserca (que en broma los mismos venezolanos comentan que en realidad te aleja) cambió su puerta de abordaje tres veces. Como el sistema de información en las pantallas del muelle nacional del aeropuerto de Maiquetía no funciona, hay que estar preguntando a toda hora a funcionarios que no necesariamente entienden el concepto de “servicio al cliente”. Una vez en el avión, y después de más de 2 horas de retraso, esperaba sentarme tranquilamente y descansar. El problema es que la silla que me habían asignado no existía en el avión, como tampoco existía la silla de todos los pasajeros que tenían asignada la letra C. Las aeromozas, con desparpajo y una sonrisa pepsodent respondían simplemente “hazte ahí chama”. Pero mientras todo el mundo se acomodaba pasaron varios minutos valiosos, que para mi sorpresa nadie parecía extrañar. Ese día entendí que los venezolanos son mucho más “bacaneados” que los colombianos o que sencillamente se han resignado y ya nadie protesta por un pésimo servicio.

Mi segundo viaje empezó, no desde el avión, sino desde el taxi. Me cuesta trabajo creer que hay que salir de Caracas con cuatro horas deanticipación para un vuelo que apenas dura media hora. “Es por las colas”, me dice el taxista. Las colas en Venezuela son las filas o los trancones, que pueden tardar hasta horas. La gente ya está acostumbrada y el domingo pasado, que est uve una hora completa atrapada en una cola monumental, esperando a que los bomberos apagaran un carro que se quemó en la vía Caracas- La Guaira, volví a ver ese espíritu bacán-resignado en acción. La gente sacó refrescos y sillas plásticas de sus carros, le subió el volumen a la música e hizo amigos con los extraños que viajaban en los carros de al lado. Inclusive hicieron picnic y jugaron dominó.

Pero volviendo a este segundo viaje, también tuvo más de tres horas de retraso, cambiaron la sala improvisadamente varias veces, y finalmente, adentro del avión, hubo que esperar otra más por “actos protocolarios”. ¿Qué significa eso? El pasajero a mi lado especuló que una delegación del gobierno estaba despidiendo a unos amigos rusos de Chávez, los que le habían traído el “perro de Stalin” que le mandó Putin de regalo. Una molestia más que se olvida con un vasito de ron, cortesía del servicio a bordo.

Ayer hice mi tercer viaje. Tenía la esperanza de que ésta vez contaría con mejor suerte pero cuando llegué al counter de la aerolínea me dijeron que no me podían embarcar porque había llegado 5 minutos tarde a la hora “oficial” de cierre del vuelo, pero éste tenía, por lo menos, dos horas de retraso. Por fortuna, un venezolano solidario me acompañó en mi queja, llamaron a un supervisor, y finalmente me hizo el favor de montarme. Qué fino, como dicen acá. Luego llegó la espera en la sala atiborrada de gente porque el vuelo que se suponía debía salir a las 2 pm lo fusionaron con el de la 6 pm. Cuando por fin llegó el avión, como a las 8 pm, todos los pasajeros hicimos la cola a ver si nos montaban. Como no llevaba equipaje fui una de las pocas afortunadas en subir al avión. Los demás iban a tener que esperar al menos 3 horas más. El pasajero del asiento de al lado me explicó que el problema con esa aerolínea es que no tiene suficientes aviones. Los obligaron a sacar del aire varios que podrían presentar fallas técnicas. Me dijo que por culpa del control cambiario no tienen suficientes dólares para importar los repuestos, y luego añadió: “Es un milagro que no se presenten más accidentes aéreos en Venezuela”.
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