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Opinión

  • | 2001/04/09 00:00

    Días de exilio.

    “No me acomodaré nunca al exilio, aunque tengo que decir hoy que esa pequeña muerte, hecha siempre de ajenidades, no comienza con las amenazas de los enemigos sino con el silencio de los amigos”.

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Los sabores amargos del exilio cambian y a veces llegan a ser hasta agridulces. Pero hay un peso agobiante que se arrastra siempre de calle en calle, de noche a noche.

Los primeros días no pude deshacerme de la sensación de ser el mismo niño que alguna vez mis papás dejaron al cuidado de una señora amiga —sin duda muy amiga— que a la hora de almorzar comía salchichas con una voracidad que me hacía apretar las piernas y no tener manos con qué comer. Llegué a Barcelona a vivir en un apartamento oscuro de techos aplastantes en días de invierno gris y lento. Salía apenas lo necesario para comprar el pan, y volvía a mi cueva a escribir; pero sobre todo a llamar por teléfono. Vivía 48 horas diarias: 24 en el país y 24 aquí.

En las flores de los primeros cerezos volvió la vida a la Barceloneta, mi barrio, y un buen día de madrugada rompieron a sonar por todas partes tambores y trompetas. La gente salió disfrazada de lo que era —pescado, tigre, payaso, vampiro— y por la noche, en la Plaza de San Miguel, hubo vacaloca y pólvora. Pero yo no estaba para fiestas y salí al mar, frío todavía, —contradicción a la que no me acostumbraré— a dejarme llevar por él, como cuando niño los ríos me llevaban a sus playas. Los círculos que el exiliado traza y recorre a diario son estrechos, se tiene ese miedo que los marineros antiguos le tenían al abismo, un miedo que encierra e impone una insoportable redundancia a los pasos. Yo mismo construía los muros de mi exilio. Tengo la certeza de que es la misma sensación que viven los colonos en las soledades de la montaña, y que poco a poco van derrotando a punta de rula, ganando terreno para cosechar, pero sobre todo para mirar lejos y saber quién llega. Como los colonos, fui también "fundándome", haciendo las paces con las paredes del apartamento, con las esquinas del barrio, con las calles de Barcelona, hasta que caí en la cuenta de que nunca me habían declarado la guerra, y de golpe, se corrió la cortina y apareció el mundo.

Entonces una tarde sentí deseos de comer banano —así no fuera producido en Urabá—; otra de comprar una yuca africana y unas granadillas de Urrao que había visto en una tienda de productos exóticos. No he sido nunca patriotero, o por lo menos no lo he sido al estilo del Señor Caro —que por traducir a Virgilio nunca conoció el río Magdalena— pero, confieso que, desde lejos, hasta los bambucos me comenzaron a gustar. Echaba de menos a mi gente, las travesías por las cordilleras y los Llanos, y me hacían falta hasta mis enemigos. Al país, —como tierra, como querencia— hay que aprender a distinguirlo —y verticalmente_ del sistema político que lo tiene como lo tiene.

A fuerza de saludar —a veces sin respuesta— al peluquero de la esquina y a la panadera, terminaron hablándome. Nos costó trabajo entendernos. Para mucha gente, los colombianos hablamos un castellano antiguo que no aciertan a saber dónde aprendimos. Pero el pueblo español —el bravo pueblo español— es alegre, toma vino limpio, hace siesta, y no ha olvidado las lentejas con sabor a pólvora que tuvo que comerse durante la feroz guerra civil.

Cuando mataron a Garzón, compré una mesa y me confesé que no podía regresar pronto. Pero sólo fue una mesa porque sé que aquí no voy a echar raíces; pase lo que pase, no repetiré la historia de los Republicanos españoles, o de los luchadores chilenos y argentinos que salieron para volver en dos semanas, y regresaron —los que regresaron_ 30 años después.

Lavando mis calzoncillos y persiguiendo las inaprehensibles motas de polvo que se dan en las ciudades viejas, he redactado poemas de amor que nunca escribiré, encendidos discursos contra los crímenes del paramilitarismo y la complicidad de la fuerza pública —que algún día publicaré—, y pesadísimas polémicas con los sociólogos franceses —y epígonos— sobre el significado de la Sociedad Civil. No diría que he repensado el país, pero he aprendido a saber la importancia —la muy poca importancia— que tiene en estas frías latitudes. La Virgen de los Sicarios —esa maravillosa película de ese maravilloso libro– por ejemplo, es vista por el público como algo tan irreal —pero mucho menos divertido— que Los Angeles de Charlie. La dificultad para que en los periódicos publiquen un comentario sobre Colombia en lugar de la bazofia de siempre, untada de sangre y coca, se hace inverosímil. Sobre todo, dándoles tanto espacio a los estúpidos amores de la Jurado con su torero, que ya ni lo es.

Escribir desde aquí sobre nuestras realidades es difícil. Implica no sólo atreverse a reconocerlas —ejercicio diario y siempre doloroso— sino hacerlo sin respirarlas. Leo y releo mis textos y suelo encontrarlos secos y llenos de esas trampas tendidas por la magia de las palabras, en las que se cae con tanta facilidad. Escribir sobre las realidades de Europa es aún más difícil porque casi todas carecen de resonancia en nuestro infierno. ¿Qué importancia puede tener para mí el Plan Hidrológico de España frente a los 50 campesinos asesinados a machete en Chengue por los paramilitares? Leo los debates a que ese plan da lugar y me parece que están hablando de los fósiles de los microorganismos encontrados en un meteorito caído de Marte hace 100 años. Hay noticias que nos afectan —las vacas locas, el renacimiento del racismo y hasta la suerte del BarÇa— pero sólo me dicen algo aquellas que hablan sobre la solución a nuestra guerra. Estoy convencido de que únicamente un acuerdo político profundo permitirá echar las bases de la democracia; la guerra no tendría resultado distinto a la dictadura de los vencedores. Un arreglo a las buenas, aún en medio de las malas, es cosa de vida o muerte para mí porque —además de la justicia que se le haría a la gente que siempre ha sido excluida— es mi única posibilidad de regresar a Colombia sin tener que vivir rodeado de blindajes tan hostiles como inútiles, de poder volver a caminar caminos de herradura sin tener que mirar hacia atrás, y, sobre todo, de ver crecer a mi nieto.

No me acomodaré nunca al exilio, aunque tengo que decir hoy que esa pequeña muerte, hecha siempre de ajenidades, no comienza con las amenazas de los enemigos sino con el silencio de los amigos.

Participe en el chat con Alfredo Molano, el próximo miércoles 14 de marzo a las 6:00 p.m.
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