Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/12/04 00:00

Días de romanticismo y violencia

El país está acostumbrado a escuchar una izquierda puntillosa en sus planteamientos, y por qué no, de alguna manera justa en sus reclamos, pero por sobre todo inteligente.

Días de romanticismo y violencia

oficial del Ejército Nacional, Diplomado en historia militar, con estudios en sociología





…y con el ELN hemos topado, definitivamente irracional; absolutamente demente, rayando con la imbecilidad crónica. Cada acción del Ejército de Liberación Nacional es un decidido paso hacia el abismo y se nos acaban los calificativos para un grupo que perdió sus papeles hace rato.



El país está acostumbrado a escuchar una izquierda puntillosa en sus planteamientos, y por qué no, de alguna manera justa en sus reclamos, pero por sobre todo inteligente. El revolucionario de nuestra América Latina, forjado en la escuela del ‘boom’ literario de los 70, era ante todo un pragmático de una ineludible realidad social, tremendamente dura con los desposeídos y de cierta forma excluyente del poder, sin embargo es inevitable evocar aquella época como brillante en la literatura y polémica en la confrontación de dos formas de entender la prosperidad y la felicidad completamente opuestas (capitalismo y comunismo). Lo que nunca se imaginaron aquellos teóricos del marxismo, maestros en el arte de la agitación estudiantil e incansables en la protesta, fue una revolución tan absurda como la que pretenden imponernos Gabino y sus secuaces.



No me imagino al cura Camilo Torres empujando a culata limpia a través del monte virgen a mujeres y ancianos. O a un Che Guevara arrastrando a un hombre gangrenado hasta matarlo. Es más, hasta trabajo me cuesta imaginar a un Fidel Castro en sus años mozos, abandonando un hombre con los testículos infectados en medio de la selva. Todas estas bajezas son las que no sé de qué código revolucionario ha sacado el ELN.



Quisiera que algunos románticos de las gestas revolucionarias, como Alfredo Molano, María Mercedes Carranza o Arturo Alape, nos explicaran en cuál de todas las ‘formas de lucha’ encaja una acción como la del Kilómetro 18 en Cali; o con qué teoría floja nos van a salir los alérgicos a la autoridad legítima para que olvidemos y perdonemos las tamañas atrocidades que el ELN ha cometido con esos ciudadanos inermes, que hasta el cierre de la presente publicación no han entregado en su totalidad.



Claro está, y no es de extrañar que nuevamente dos convictos desde una prisión sean quienes ordenen el fin de esta pesadilla que viven los caleños, pues ya lo han hecho en otras ocasiones, aprovechándose de las sinceras intenciones de paz de un gobierno que lo ha dado todo por ella, cumpliendo fielmente el mandato del pueblo que sólo pide vivir.



Uno de los aspectos más asombrosos del episodio que motivó este artículo es saber que a esas veinte y tantas personas secuestradas las custodian no más de 60 guerrilleros, de los cuales 40 son menores de edad, mandados por cuatro lunáticos enajenados, dispuestos a morirse antes que asumir su cobarde derrota y, dicho sea de paso, poniendo como escudos humanos a los secuestrados vestidos de verde y con camiseta negra. De cierta manera debemos aceptar una emboscada, el ataque a un puesto de policía o la dolorosísima pérdida de nuestros jóvenes soldados en combate porque desafortunadamente estamos en guerra, pero cómo ‘pepinos’ se explican un secuestro tan cruel como el de el Kilómetro 18, no creo que exista un esquema mental apto para justificar tanta sevicia. Las condiciones de supervivencia a que han sido sometidos estos rehenes son tan infames que hasta morbosos resulta crearlas.



Este episodio tiene que sacudir a la sociedad civil, incluyendo las ONG, de tal manera que no haya un solo colombiano o extranjero que no rechace tanta barbarie y que, ante todo, dejemos el cinismo de los grupos guerrilleros. Estos grupos extremistas no pueden seguir firmando papeles en Europa para venir a violar sistemáticamente todos los derechos humanos. Colombianos, todos a una sola voz nos levantamos con dignidad y gallardía por la libertad y orden que reza nuestro escudo.

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