Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/06/23 09:52

¡Güepaje, adiós a la guerra!

Y si cambiamos la canción por: “Solo le pido a Dios que la paz no me sea indiferente” .

Diego Cancino

¡Sí! Al principio, cuando me enteré de la noticia, me emocioné. Esa emoción fue creciendo y se volvió euforia, le escribía por chat a todos mis contactos compartiendo el momento histórico, grabé un video y luego respiré, pensé en todas las vidas que se van a salvar (al menos 2.000 soldados y guerrilleros vivos cada año), en aquellas personas de la Colombia Profunda que ya no vivirán con ese miedo constante que oscurecía su diario caminar. Imaginé a la campesina chocoana que entre lágrimas decía -mi vida cambió en estos meses de cese unilateral al fuego, ya no escucho balaceras una vez por semana- imaginé que mi hermanita va a vivir su juventud y su adultez en un país que se la va a jugar por la paz y la democracia real. Pensado estas cosas, imaginando y soñando me conmoví, lloré y sentí que era posible tener un país que transitara del ruido de los fusiles a la sinfonía de voces plurales, que construyen política desde la palabra y no desde las balas.

Todo esto fue lo que me pasó cuando leí el comunicado de la Mesa de Conversaciones de la Habana “La Habana, Cuba, 22 de junio de 2016. Las delegaciones del Gobierno Nacional y de las FARC–EP informamos a la opinión pública que hemos llegado con éxito al Acuerdo para el Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo; la dejación de las armas; las garantías de seguridad y la lucha contra las organizaciones criminales (…)”

¡Sí! Se vino la paz, estamos ante el momento histórico donde ya nunca más vamos a confundir  la guerra con la política. En la Colombia del post-acuerdo se abrirá la posibilidad de tejer entre todas y todos la paz y la política, va a ser fundamental la forma en que abordemos los espacios de deliberación y acción pública, sus espacios de interacción, la capacidad de escuchar e incluir nuevas voces, y las maneras creativas para irrumpir sin violencia en los escenarios que tradicionalmente han tenido las familias y los intereses establecidos en el país.

El anuncio que nos llega desde La Habana es quizás de las noticias más importantes que hayamos escuchado en los últimos 50 años. Es un hito histórico, un quiebre o punto de inflexión: pasaremos una página dolorosa que duró más de medio siglo y se abrirá una puerta donde existirán posibilidades para que la democracia sea real, para que la exclusión se elimine, para que la participación política sea libre, creativa y vario pinta, para que esa brecha entre la Colombia rural y la Colombia urbana se cierre, para que el mundo de las fronteras no esté tan lejano, tan violento y tan inequitativo. Se abre la puerta para que el distinto no sea un blanco legítimo, se abre la puerta para construir una ciudadanía que escucha, delibera y no elimina al contradictor, se abre la puerta para transformarse y conmoverse con el otro, con su dolor, con su emoción, con sus ideas. En otras palabras, se abre la puerta para hacer de Colombia una gran obra de arte construida a varias manos y a varias voces.

¡Sí! Estamos de fiesta y nos lo merecemos. Merecemos estar alegres, juguetones y sonrientes, estamos en una bacanal ya no inundada de vino sino no de confianza. Una bacanal que aspira a una unidad dentro de la diversidad, que le apuesta a hacer de esta fiesta una encuentro incluyente de diferentes razas, géneros, edades, expresiones culturales y contra culturales,  regiones y perspectivas políticas. Estamos de fiesta porque el valor de la palabra, hoy más que nunca, tiene sentido y fuerza. Estamos de fiesta porque ya no tendremos enemigos y sí opositores para confrontar desde los argumentos y las emociones. Estamos de fiesta porque vamos a cambiar el rumbo de nuestra historia: en la calle, en las urnas, en el hogar, en la cultura, en todos esos espacios donde la palabra existe.

¡Se vino la paz y la fiesta por el Sí! Vamos con toda a respaldar y refrendar este acuerdo que impulsará un giro copernicano en el país.

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