Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/02/29 14:27

Vivir sin miedo

La seguridad es un valor democrático y por tanto, la nueva institucionalidad deberá trabajar de la mano con la comunidad.

Diego Molano Aponte. Foto: Guillermo Torres

La calidad de vida verdadera en cualquier ciudad se da cuando la gente se siente segura. Vivir sin miedo en la calle, el parque, o en la propia casa es lo que más anhela la gente.  Desafortunadamente,  en los últimos años, el crimen, el microtráfico, la agresión, la violencia intrafamiliar y el desorden se han tomado las localidades del Distrito Capital. La percepción ciudadana y las estadísticas son tozudas.

La sensación de inseguridad es notoria; las mujeres son las más afectadas, si toman el Transmilenio; cada recorrido significa un sentimiento de angustia por ser potenciales víctimas del robo de su cartera, abusos sexuales o agresiones verbales. Si son ellas las que conducen un automóvil, su principal temor es parar en una esquina, donde un espejo les puede ser robado o les sea roto un vidrio para extraer sus pertenencias. Los jóvenes son objeto de atraco callejero por robarles su celular, casi siempre con una navaja y por grupos de otros jóvenes que se convierten en victimarios. Los niños en parques y colegios son manipulados e inducidos a la droga y al delito por verdaderos carteles de microtráfico.

El desasogiego por la inseguridad que enfrenta Bogotá es generalizado y los casos que los ciudadanos enfrentan a diario son dramáticos.  Rodolfo Morera, líder comunal del barrio Caldas en Bosa, denunció, cómo en la casa de una familia ladrones entraron a robar y al no encontrar objetos de valor, se llevaron los tres niños que fueron entregados paulatinamente a lo largo de la noche. El crimen afecta a hombres curtidos en la lucha social. En reciente Consejo Comunal en Marichuela, Usme, los presidentes de las juntas de Acción Comunal manifestaban el temor de caminar por el parque de su propio barrio. La denuncia de las ollas de microtráfico, los volvió objeto de amenazas contra su propia vida.  A Oscar,  un joven profesional, la semana pasada, después de bajarse en la Estación de Transmilenio de la Alhambra en la Calle 116 con Autopista Norte, fue seguido por un atracador, quien lo increpó “Deme su Galaxy 6”, al no encontrarlo rápido en los bolsillos de su chaqueta, este criminal lo apuñaló en un costado. Gracias a la colaboración de los ciudadanos, fue rescatado y salvo su vida.

En el informe de Calidad de Vida de 2015 de Bogotá Cómo Vamos; el 52% de los ciudadanos manifestaron sentirse más inseguros en la ciudad. En el 2014 hubo 2.756 muertes violentas, 473 más que en el año anterior. Un incremento del 20%. Uno de cada cuatro ciudadanos manifestó ser víctima de un delito durante el último año. Entre los años 2010 a 2014, los hurtos a personas se incrementaron en un 64%. En la ciudad algunos cálculos estiman el  robo de más de medio millón de celulares al año, eso quiere decir tres celulares por minuto.

En la ciudad operan organizaciones criminales en torno a la venta ilegal de celulares, autopartes de vehículos, distribución y comercialización de drogas ilícitas, entre otras. Su existencia no solo incrementa la violencia urbana sino que mina el tejido social y la convivencia ciudadana. Su desmantelamiento debe convertirse en una prioridad para el gobierno nacional y distrital.  La reciente aprobación en primer debate en el Concejo de Bogotá, de la creación de la Secretaria de Seguridad, Convivencia  y Justicia,  es un avance importante en la consolidación de una institucionalidad dedicada a la orientación, coordinación y ejecución de políticas públicas de seguridad que reduzcan el crimen y la inseguridad generalizada que afecta a la ciudadanía. Durante la campaña a la Alcaldía, una de las propuestas de consenso de todos los candidatos fue la creación de esta institucionalidad, la nueva Secretaria se ha convertido en la respuesta a este clamor ciudadano.

En los últimos doce años hizo carrera en la ciudad, impulsado por las administraciones de izquierda, que la inseguridad era generada por la pobreza y la falta de oportunidades, sin embargo, a pesar del incremento notorio de la inversión en programas sociales y asistenciales y de que Bogotá redujo sus indicadores de pobreza, la violencia e inseguridad se incrementaron. De hecho, el número de muertes violentas que era uno de los indicadores que venía disminuyendo a lo largo de la última década se estancó. Se ha tratado de resolver la violencia buscando solo disminuir los factores que exacerban la pobreza, en vez de enfrentar con contundencia los factores generadores de inseguridad.

Una de las soluciones más efectivas para la reducción de la violencia es la creación y puesta en marcha de autoridades y programas competentes de seguridad. No es la única respuesta; hay variedad de opciones adicionales en las ciudades modernas; como la educación, programas de empleo, acciones de convivencia o mejoramiento de iluminación. Estas acciones son fundamentales pero no van a funcionar sino existe autoridad civil y fuerzas de policía que sean capaces de controlar y disuadir los actos de violencia e inseguridad que enfrentan los barrios y comunas.

La mera institucionalidad de la Secretaria de Seguridad no será suficiente para acometer su propósito;  se requerirá también incrementar el pie de fuerza de la policía. De acuerdo con los estándares internacionales, Bogotá debería tener 30 mil policías y tiene solo 18 mil, distribuidos en tres turnos. Eso quiere decir que a los casi 8 millones de habitantes, nos protegen en un momento determinado 6 mil patrulleros.  A través de fuerzas especiales y con inteligencia se deberá avanzar en el desmantelamiento de las organizaciones ilegales de microtráfico. La tecnología y el uso de información deberá convertirse en la principal herramienta de gestión, la ciudad necesita más de 8 mil cámaras, con reconocimiento facial e interconectadas para poder tener un vigilancia 24 horas y en todos los sitios más peligrosos. Es preciso también el fortalecimiento de una justicia que realmente opere, con centros de reacción con presencia de Fiscalía y jueces de garantía que permita judicializar las capturas en todas las localidades, hoy la falta de justicia efectiva hace que la impunidad perpetúe la presencia de los actores de violencia e inseguridad.

La prevención y la convivencia deberá ser el otro articulador de esta nueva institucionalidad, en particular, para emprender acciones innovadoras que involucren y den sentido a la vida de miles de jóvenes excluidos, que no estudian, ni trabajan y que tienen un pasado violento.

La seguridad es un valor democrático y por tanto, la nueva institucionalidad deberá trabajar de la mano con la comunidad; activar los frentes de seguridad en los barrios, realizar consejos de seguridad a diario en las localidades, para permitir la denuncia y ser efectivos en las operaciones con la policía. Generar confianza ciudadana pasará también por formar la nueva generación de policías bogotanos, unos que actúen con diligencia, trasparencia y de cara a la comunidad.

Si se avanza en recuperar la seguridad, más ciudadanos caminarán en la ciudad,  se dará más uso del espacio público y del Transmilenio, eso reforzará la sensación de más “ojos en la calle”. Son las personas en la calle, las que hacen que una ciudad sea más segura y atractiva.

*Concejal de Bogotá

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