Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/05/03 12:15

Hambre oculta en Bogotá

Detrás de la noticia de Stiven, un niño de 11 años que por quince días cuidó de sus dos hermanitos, existe no solo el drama del abandono, sino de una situación de hambre y desnutrición de la cual no se ha hablado.

Diego Molano Foto: Guillermo Torres

El pequeño padre narró cómo madrugaba a diario a hacerles el desayuno y luego salía a trabajar para rebuscarse la comida. ¿Se pueden imaginar cómo se alimentaban a diario estos tres niños?

Seguramente si se hiciera un control de crecimiento y desarrollo de Stiven, Jhon y Kevin, se encontraría que tienen desnutrición crónica. ¿Significa ello que están muriendo de hambre? No. Lo que se encontraría es que su crecimiento físico está rezagado, eso quiere decir que su talla, respecto de la edad, no corresponde, pero lo que es más grave, es que probablemente el tamaño de su cerebro sea menor al que corresponde, un hecho que tiene consecuencias para toda la vida; en su capacidad intelectual, física y emocional. Como esto no se ve, en Bogotá de ello no se habla.

El año pasado fue presentado por la Fundación Éxito y la Universidad de los Andes, los resultados de la segunda medición de la Encuesta Longitudinal. Allí se mostraban tres indicadores muy dicientes respecto de que en Bogotá no se está protegiendo adecuadamente a sus niños más pequeños, a los menores de 5 años.

En primer lugar, la capital del país presentaba un índice de desnutrición crónica (talla para la edad) de 8.5% mientras que en el resto de áreas urbanas era de 7.7%.  Por otra parte, la tasa de embarazo adolescente era de 18,4% mientras que en el resto del país era de 14,5%. Finalmente,  y tal vez uno de los indicadores más preocupantes,  la tasa de niños con bajo peso al nacer (menos de 2500 gramos) en Bogotá era del 26,3 % mientras que en el resto de ciudades era de 17.7%.  Las cifras son contundentes, en el Distrito Capital  no funciona el sistema de protección para las madres gestantes y sus niños más pequeños.

Si a esto se suma los resultados del informe que mostraba que en Colombia entre el 2012 y el 2015 murieron 3.899 adultos mayores por deficiencias nutricionales, siendo Bogotá, la segunda región más crítica con 333, luego del Valle que presentó 563 ancianos muertos por esa causa, entonces es evidente que se tiene un panorama nutricional de la ciudad muy preocupante. Lo que es más aterrador, es que el número de adultos mayores muertos por hambre es casi el triple que el de niños muertos por desnutrición en el país y en la ciudad.

La desnutrición y el hambre oculta es generada por múltiples factores;  la falta de recursos económicos que afecta a la población más pobre, la baja disponibilidad de alimentos sanos y seguros en las comunidades más vulnerables,  el aumento del precio de los alimentos en meses recientes por la disparada de la inflación, que sumado al alto costo de vida en la capital del país hacen que se gaste en otros servicios y productos esenciales. 

El bajo acceso a los servicios de salud y la contaminación ambiental que afectan la calidad de los alimentos y el agua son igualmente otros factores asociados a este fenómeno de desnutrición  El desplazamiento forzado y la migración rural-urbano incrementan la vulnerabilidad de familias y niños. Por supuesto,  hay un fenómeno cultural y de costumbres que influye profundamente, las familias consumen mucha papa, arroz y pasta, poca carne y mucho menos verdura, se come lo que más rápido y fácil se consigue y cocina, no necesariamente lo más sano y adecuado, en especial en la dieta de niños y adultos mayores.

En los últimos años la política pública estuvo muy enfocada en mitigar el hambre, entregar alimentos, pero lo que necesita Bogotá es superar el hambre. Los comedores comunitarios o la entrega de paquetes alimentarios o bonos para dar acceso y disponibilidad no son suficientes. La cuestión no es entregar mercados, lo que verdaderamente se necesita es superar las causas estructurales de la inseguridad alimentaria en la ciudad. Los programas de alimentación en primera infancia y en los colegios se enfocan en dar los mínimos requerimientos nutricionales pero no en la totalidad de los aportes nutricionales recomendados. Se hacen programas para dar alimentos, con los ya conocidos problemas de corrupción y mala gestión en la distribución de los mismos, pero la calidad nutricional es muy limitada.

Hacia el futuro debería diseñarse una política de seguridad alimentaria y nutricional urbana que le permita a la ciudad superar el hambre. Ello requiere, aumentar los aportes de proteínas, vitaminas  y minerales en todos los programas nutricionales del distrito, inclusive con alimentos fortificados o complementos. La educación alimentaria y nutricional debería ser obligatoria para padres, familias, profesores y niños. Aprender a comer bien, es parte de la nueva cultura urbana que necesita la ciudad. El sector de la salud debería desarrollar controles de crecimiento y desarrollo en la calle, no solo en los hospitales sino en los barrios, en los jardines y hogares comunitarias, se debería incluir a las madres gestantes, niños menores de cinco años y a los adultos mayores. Ahora  ¿por qué no, las huertas urbanas y los jardines verticales con verduras, vegetales y frutas pudieran  hacer parte del paisaje urbano?  Cultivar para comer y aprender a comer bien es una forma de lograr viviendas y barrios sostenibles.

Si una ciudad es buena para sus niños y sus ancianos, es  buena para todos los habitantes, lo que no se puede permitir es que ellos sufran de hambre; los primeros porque son el presente y el futuro de nuestra sociedad y  los segundos, porque construyeron y aportaron para ser lo que hoy  somos como sociedad y como país. Pura cuestión de dignidad y humanidad.

*Concejal de Bogotá

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.