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Opinión

  • | 2001/07/23 00:00

    Diez años de esperanza

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Un análisis de la Constitución del 91, no puede dejar de lado la importancia del momento histórico en el que se suscribió. Amén de los todos los postulados y principios consignados en ella, un balance de su vigencia debe alumbrar el gran interrogante ¿la situación colombiana ha sido igual, peor o mejor con la Constitución del 91?

Sin lugar a duda, aunque no estamos en el paraíso prometido, sí es claro que hubo un aporte sustancialmente importante: hacernos pensar, sentir y creer que todavía es posible nuestra vida en un país mejor reconociendo, eso si, que 10 años después perdemos poco a poco el impulso y la confianza.

Cómo no resaltar en la Constitución y por efecto en el desafío ideológico de los pensadores colombianos (los que infortunadamente se tiene que ir del país) la prevalencia de la dignidad humana, los caracterizados derechos fundamentales y sus instrumentos de protección como la tutela, la acción de cumplimiento, las acciones populares y las acciones de grupo.

Importancia mayúscula le dieron los Constituyentes a la descentralización administrativa, el poder soberano del pueblo a la democracia participativa... pero especialmente se hizo énfasis en el principio de la pluralidad y la diversidad, no solo en materia étnica y cultural sino en todas las esferas de la vida nacional. Los colombianos en este aspecto considero han hecho poco esfuerzo entre culturas; pensar en la colombianidad desde esta óptica supone "un desafío nacional y un compromiso intercultural".

La democracia tiene sentido si es una provocación al propósito de convivencia nacional y lo que se nota en el escenario político nacional es que se añora poder vivir en paz. Con sorprendente fervor, creo que en los ciudadanos de Colombia hay sintonía absoluta pues los avances constitucionales al ser desarrollados y aplicados se constituyen en tratado para la convivencia nacional.

Aunque las tres ramas del poder político aun cabalgan por inercia, conservan los esquemas arcaicos y bizantinos; ya sea por temor a los cambios y porque los políticos renuncian a ser políticos y se enredan en la comodidad de la tecnocracia retardataria y en el dinero fácil, en el dinero del erario público aquel que todos se quieren guardar y que nadie cuida. El auge de la corrupción, ese sí ha sido lamentablemente el gran desarrollo.

Sin desmedro a tímidos avances los pueblos indígenas hasta ahora se han quedado con las hermosas afirmaciones constitucionales.

Por ejemplo, la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial siendo de iniciativa del Ejecutivo no ha sido presentada al Congreso dificultando con ello el desarrollo de la autonomía de los pueblos indígenas. Los recursos que llegan a los resguardos indígenas por transferencias, pasan por intermediarios quienes en algunos casos se los apropian.

No ha sido fácil desarrollar el artículo constitucional de la Jurisdicción Especial Indígena con la jurisdicción nacional. En esta legislatura se presentó el proyecto de Ley Estatutaria de coordinación interjurisdiccional y no prosperó en la Cámara de Representantes pues tanto el Ministerio de Justicia como el Ministerio del Interior jamás conceptuaron al respecto y siempre se encontró obstáculo en temas "de mayor importancia".

Es de destacar que aunque para algunos colombianos la Corte Constitucional es un monstruo inconveniente, para nosotros ha sido un estímulo a los propósitos de convivencia, entendimiento y esperanza en la justicia.

A su vez, la política de Estado en materia indigenista ha retrocedido tanto que para nosotros se constituye en un obstáculo para el normal desarrollo. Antes de la Constitución del 91 el Estado nos consideraba colombianos pobres por solemnidad e imputables por minoría de edad y aun que en su pretensión de ayudarnos nos destruía, por lo menos considero la "buena fue" que asistía al Estado.

Hoy en día el asunto es tan grave que en la historia no habrá un registro tan alto de desplazamiento forzado. Los crímenes no eran aterradoramente selectivos como hoy, el anti-indigenismo en algunas regiones del país ha encontrado estímulo.

En todo caso somos colombianos y deseamos una República poderosa no por la fuerza de las armas como por la fuerza de la civilidad y el respeto. Me uno al dolor de los Embera Katíos, indios hoy muy tristes por la pérdida momentánea de su líder KIMI PERNIA DOMICO.

Sigamos trabajando en construir ese país de ensueño que vislumbró la Constitución del 91.



JESÚS ENRIQUE PIÑACUÉ ACHICUÉ

Senador de la República
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