Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/10/28 00:00

Diez años pensando mal

Hay otras buenas revistas en Colombia. Pero "El Malpensante" me sigue pareciendo la mejor, la más arriesgada, la más inteligente

Diez años pensando mal

Que una persona cumpla 10 años, no es nada. Que los cumpla una revista cultural, es un milagro. O, para ser más justos, una hazaña. Me unen (quiero decir, me unieron) a El Malpensante, fuertes lazos intelectuales e incluso sentimentales. Cuando Andrés Hoyos y Mario Jursich la estaban fundando me invitaban a las reuniones en las que se discutía qué tipo de revista querían hacer. Recuerdo el momento preciso en el que Mario propuso el nombre, que era el mismo de un libro de aforismos de Bufalino que él había traducido y que yo acababa de corregir. A mí el nombre me entusiasmó porque indicaba un buen camino: ir contra una de las más odiosas categorías humanas, la de los bienpensantes. A Andrés Hoyos le pareció inmundo.

Curiosamente, desde ese bautismo rechazado por Hoyos en un primer momento, se reveló una de las características sicológicas fundamentales tanto de la persona como de la revista. Como él no tiene la culpa de haber nacido antipático, cualquier cosa que se le diga, de entrada, la rechaza como una estupidez. Quizá al cabo de un rato recapacite (especialmente si lo baña algún fresco rocío femenino), pero su primera reacción es siempre pensar mal, y por lo tanto estar en contra. Lo mismo pasó con dos compañeros de viaje que les sugerí: Marianne Ponsford y Jaime Alberto Vélez. A Hoyos, al principio, le parecieron un horror; después la trajeron a ella de España y él fue, con Margarita Valencia, su primer columnista, que en una mala hora se nos murió. La revista de los comienzos les debe a ellos más de lo que se dice.

Quizás a esa mente repelente se deba que Hoyos haya convertido un pensamiento católico en eslogan de la revista. Es un dicho más triste que escandaloso: "piensa mal y acertarás". Los católicos, y también los malpensantes, ven pecados en todas partes, incluso donde no los hay. Nunca he conocido a nadie como Hoyos que devuelva más botellas de buen vino en los restaurantes. Aun antes de probarlos, dizque por el olor. Y no se limita a los vinos: también devuelve uno de cada tres platos que le sirven. Es su manera de pensar mal y de creer que acierta.

Con los ensayos, cuentos, crónicas, artículos que le mandan a la revista, tiene una política parecida. No solamente rechaza las propuestas podridas (lo que está bien), sino que a veces se pone terco, se enfurruña, y rechaza delicias. De nada sirve que ese gran editor que lleva el fardo más pesado de la publicación, Mario Jursich, le pida que recapacite. Andrés, en últimas, es el dueño del balón. Que es una imagen exacta pues alude al fútbol que se juega en las calles de los barrios: el dueño del balón pone las reglas, e incluso dice cuándo hubo o no hubo gol. Si los demás no están de acuerdo, se lleva el balón. Pero Hoyos dice, y quizá tenga razón, que una revista tiene que ser una dictadura. Y en este caso el tirano, que pone la plata, tiene la última palabra.

Hablemos de la plata, que es por donde acaban siempre cojeando las revistas culturales. Uno de los motivos que me hacen sentir simpatía por el antipático dueño de El Malpensante es que es uno de esos pocos ricos colombianos dispuestos al mecenazgo. Ojalá hubiera en Colombia más acaudalados como él, capaces de poner durante 10 años recursos en un sueño cultural que, hasta el día de hoy, no da ganancias. Durante mucho tiempo dio pérdidas, y ahora simplemente se mantiene, al menos en algunos números. Eso es generoso, raro, pero incluso, a la larga, buen negocio: hoy la marca El Malpensante vale más millones de los que él ha invertido en ella.

Hay más motivos para la simpatía: creo que Hoyos es una persona culta, enterada, tanto en literatura como en política, en pensamiento crítico. Y no es cierto que por no ser de izquierda sea conservador: es liberal en el sentido no partidista del término. Salvo en ciencias, tiene, en general, buen gusto intelectual. Sus libros son muy eruditos; quizá demasiado, y por eso para muchos son pesados. Hoyos es generoso, aunque no en todos los temas. Es egoísta con la literatura colombiana actual. Hace poco declaró que todos los escritores colombianos menores de 51 años escriben muy mal; él tiene 52. A propósito de años: recuerdo que cuando se fundaba la revista, Mario Jursich vivía burlándose de Hoyos porque ya era cuarentón; ahora Mario también lo es y todos le hemos bajado los ímpetus al elogio de la juventud.

Hay otras buenas revistas culturales en Colombia: Número, Universidad de Antioquia... Pero El Malpensante me sigue pareciendo la mejor, la más arriesgada, la más inteligente. Durante muchos años escribí en ella, hasta que me jarté de ese tonito arrogante que tienen para manejarla y que va dirigido incluso a sus mejores amigos. Esa arrogancia intelectual es su mayor defecto, pero es también una virtud. Ellos hacen lo que les da la gana, y para eso se funda una revista, para hacer con ella lo que nos dé la gana. ¿A quién no le gustaría tener una revista para poder decirle a Andrés Hoyos que sus aforismos no serán publicados ahí? Ah, y aclaro, para evitar equívocos, que personalmente nunca dejaron de publicarme lo que les mandé.

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