Domingo, 22 de enero de 2017

| 1996/10/28 00:00

DINOSAURIOS EN LA CASA

DINOSAURIOS EN LA CASA

Hace dos semanas, aprovechando un descuido de nuestro queridísimo Hernando Santos, de su hermano Enrique y demás miembros de la familia, un vistoso dinosaurio logró subrepticiamente introducirse en la página cuarta de El Tiempo para lanzar, desde la columna donde oficialmente el periódico expresa su pensamiento, un cavernoso rugido. Ciertamente, al lado de excelentes columnistas, que manejan conceptos muy actuales, aparece de vez en cuando, en estas páginas, abiertas por fortuna a las más variadas opiniones, uno que otro espécimen en vía de extinción. Así sea el último y arrogante sobreviviente de una dinastía de cepalinos o un soñoliento y glotón retoño de la misma especie, ninguno de ellos había logrado llegar hasta el sitio más honorífico del diario y desconcertarnos con sus paleolíticas manifestaciones. Pero así ocurrió.
Titulado con delicioso anacronismo 'Del liberalismo en América Latina', el editorial de marras daba cuenta, en primer término, de una reunión de dinosaurios convocada en el Uruguay por el presidente Julio Sanguinetti. Al parecer, el primer mandatario uruguayo está haciendo esfuerzos desesperados para preservar y fortalecer con algunos maquillajes, prótesis y aparatos ortopédicos la especie a la cual él mismo ha pertenecido. El ortopedista de la reunión, venido de urgencia desde París, fue Alain Tourenne, un dinosaurio francés que desde hace muchos años repite con toda impunidad, toda suerte de inepcias sobre América Latina. La conclusión de este encuentro histórico (mejor dicho, prehistórico), según el editorial, fue la siguiente: el continente rechaza el modelo neoliberal, así como el conservatismo, el dogma socialista y su disfraz autóctono, el populismo.
Caramba, se pregunta uno, ¿que le quedará al continente después de tantas partidas de defunción? El liberalismo, dicen nuestros alegres dinosaurios. ¿Cuál? No, ciertamente, el impugnable de Hayek, de Popper y de Friedmann, el que ha hecho de Chile la nación más pujante del continente y permitió a los famosos tigres asiáticos salir de la pobreza para acceder a la modernidad y el desarrollo, sino un liberalismo de fabricación casera, el nuestro, el latinoamericano, que de liberal, por cierto, no tiene un pelo: es una versión montaraz de la socialdemocracia, la misma que llevó a la catástrofe al propio Uruguay, a la Argentina desde Perón hasta Alfonsín, al Chile de Allende, al Perú de Alan García, a la Venezuela de adecos y copeyanos y a este pobre e infortunado país, el nuestro, crucificado por un Estado ineficiente, reglamentador a ultranza, clientelizado y corrupto y siempre lleno de retórica social.
En suma: la música de siempre y, para colmo, con la misma letra. Ese liberalismo con trapos socialdemócratas no significa ninguna opción nueva para Colombia. Es el modelo que ha inspirado a nuestros gobiernos y a sus legisladores. El que pregonan en el Congreso y en las plazas públicas todos los Names y Faciolinces. El que nos tiene donde estamos. Y lo triste es que, pese a todo, ni siquiera lo dejan ingresar a su amada Internacional Socialista. Allí pretendió el Partido Liberal matricularse en días pasados, de la mano de Luis Fernando Jaramillo, y lo sacaron a escobazo limpio. Eso nos pasa por sapos, por entrar donde nadie nos ha invitado. En cambio el M-19 -o su cadáver, porque ya no existe- está allí, muy orondo, defendiendo los derechos humanos, después de haber hecho su carrera con secuestros, asesinatos, asaltos y otras memorables proezas.
El dinosaurio que entró subrepticiamente hace dos semanas en los jardines editoriales de El Tiempo cita en apoyo de sus tesis al comandante Marcos y a una profesora Ahumada, autora del libro El modelo neoliberal. Los tres cometen el mismo error: señalar como neoliberales a gobiernos que simplemente, como el de Menem o Salinas de Gortari, han cambiado monopolios públicos por monopolios privados. O a nuestros propios gobiernos, que han dejado vivo, para citar la frase de Uslar Pietri a propósito de su propio país, "un Estado monstruoso, gigantesco e ineficiente por naturaleza, dispendioso e inepto por naturaleza". El verdadero modelo liberal implica, como ha ocurrido en Chile, una operación quirúrgica total: liquidación de monopolios, de subvenciones, de trámites excesivos, apertura al mercado internacional, privatización de empresas estatales ineficientes, manejo competitivo de los servicios de salud, de los fondos de pensión, transporte, comunicaciones, etc.
¿Que este modelo no sirve? Vean, queridos dinosaurios, los indicadores de Chile. Baja al desempleo (4,6 por ciento); es el único país latinoamericano donde disminuye la pobreza, la economía ha crecido al fantástico ritmo del 8,5 por ciento en los últimos 10 años y la inversión extranjera llegó a 6.000 millones de dólares el año pasado, mientras que las empresas chilenas invirtieron en el exterior más de 3.000 millones de dólares. Ahí está pintado el vituperable capitalismo salvaje y el fracaso del neoliberalismo. Quedémonos, pues, con lo nuestro: con Samper, con Serpa y el Salto Social que tantos beneficios nos depara. ¡Y que viva el Partido Liberal!

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