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Opinión

  • | 2017/04/03 12:00

    Dictadura allá, diplomacia acá

    Frente a Venezuela, Colombia no puede hacer nada diferente que abogar por soluciones prontas y pacíficas.

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No hay manera de saber si lo que sucede en Venezuela es, como decía alguien, el acabose o apenas el empezose del fin del régimen de Nicolás Maduro. Maniobrar con los títeres del Tribunal Supremo primero para cerrar la Asamblea Nacional y después para restablecerla, hicieron que el omnímodo poder presidencial venezolano traspasara la delgada línea que separa a una democracia pobre y reducida de una dictadura con todas sus letras. El golpe intentó desaparecer la única fuente de democracia participativa del régimen y concentrar todo el poder del Estado en Miraflores. Pero fueron tantas y tan duras las voces que el mundo alzó para denunciar este autogolpe, que dos días después el mismo Maduro volvió a ordenar al TSJ que reculara.

Como legado de Hugo Chávez y lo que él llamó Socialismo del siglo XXI, hay en Venezuela un Estado que, en teoría, no se estructura sobre tres ramas del poder público, ejecutivo, legislativo y judicial, sino sobre cinco; gracias a Hugo Rafael fue enmendado el error de Montesquieu y Rousseau y se crearon los poderes electoral y ciudadano, tamaña carencia, chamo.

Leyendo comentarios de gente que está cerca o apoya el círculo de poder en Caracas, se entiende que ellos crean que “poner en cintura” a la Asamblea Nacional es silenciar un quinto de los poderes, que no es lo mismo que callar a un tercio. Bajo esta lógica, resulta imposible el equilibrio de poderes en el Estado venezolano, porque el régimen está diseñado para sostener a un Ejecutivo omnipotente bajo principios de democracia muy estrechos, y permisivos con los devaneos autoritarios.

Toca hacer gimnasia mental para encontrar algún motivo de optimismo sobre lo que pasa en Venezuela; tal vez el único argumento sería que este golpe y reculada son algo así como el inicio de alguna forma de transición hacia un posible restablecimiento de la democracia real. Pero aquí toda especulación son voladores al aire, por que la realidad es que el polvorín venezolano está lejos de desactivarse, configurando una situación dramática para la democracia como valor, pero también y sobre todo, para la gente venezolana que padece cada día la escasez, los desabastecimientos, la represión y el miedo.

Por eso son irresponsables las voces que sacan pecho desde Colombia para restregarle en la cara a Venezuela que somos un país supuestamente más serio, más democrático, y más viable que ellos; los mismos que dicen que el presidente Santos y la canciller son castrochavistas redomados porque no retiran definitivamente al embajador colombiano en Caracas, como hizo Perú, ni están alebrestando desde la OEA para aplicarle a Venezuela, ya y sin concesiones, la Carta Democrática. Estas voces, que incendian las redes y los medios, desconocen la dimensión de la diplomacia en el control del impacto que tiene sobre nosotros, y nuestro territorio, lo que sucede del otro lado de la frontera.

Lo que parece tan tibio a algunos colombianos, no es más que el ejercicio puro y duro de la diplomacia. Que la canciller se limite a decir que espera que en Venezuela se solucione la crisis democrática por la vía del diálogo, se restablezca el calendario electoral, se libere a los presos políticos y se respete la separación de poderes, y que haga llamado a consultas al embajador colombiano, no es poco mensaje para un país que además de vecino y hermano, acompañó el proceso de paz en La Habana. Una cosa es agradecer y otra ser alcahueta.

Alentar desde acá una salida radical y violenta para Venezuela es fomentar el aumento exponencial de venezolanos que llegan desarraigados a Colombia, buscando una opción de vida, comida, trabajo. Adentro, en Venezuela el polvorín está activado, con los llamados a la desobediencia y la resistencia civil, apenas naturales y legítimos, y con la feroz respuesta del ejército para reprimir las manifestaciones. Afuera, más de 40 países expresaron su abierto desacuerdo con las medidas antidemocráticas del golpe parlamentario, y la OEA y el lenguaraz Almagro se aprestan a debatir la posición que el continente debe adoptar frente al gobierno de Maduro. La posición que decidan la mayoría de los países de la región será respaldada por Colombia, sin exponerse a ser la punta de lanza de la beligerancia contra el vecino.

De todas las posiciones y decisiones de un gobierno, la diplomática es tal vez la más incomprensible para los espíritus exacerbados, para los opositores ciegos, para los moralistas indignados, para los deslenguados de las marchas y las redes. Pero frente a Venezuela, Colombia no puede hacer nada diferente que abogar por soluciones prontas y pacíficas y tener al día el cálculo de los efectos colaterales que tendrá que atender cuando explote el polvorín del vecino.

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