Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/04/09 00:00

Doble moral

El indulto se aplica a criminales. El perdón no implica ni envía el mensaje de que la droga, o el fraude, o el homicidio, hayan dejado de ser delitos

Doble moral

Que fue “una bofetada a Colombia”, dijo El Tiempo. Que debíamos “negarle la visa a Clinton”, repicó El Espectador. Que los narcos “estarán riéndose de nosotros”, lamentó el general Serrano. Que “es la moral del más fuerte”, ante la cual debemos mostrar “indignación” —se solazó Samper—. En fin, que la política gringa es farisaica, como confiesa en Traffic el jefe de la DEA.

Y está bien. Está bien que un país desfigurado y desangrado por la guerra inganable del Imperio contra sus vicios se saque el clavo aunque sea un tris. Lástima, eso sí, que no hubiéramos pasado de la rabieta. Ni podremos pasar, porque la “indignación” nos hace ver las cosas como las cosas no son.

1. Comenzando por los perdones de Clinton. Cierto que, entre los 140 indultados, había 18 reos de narcotráfico; pero también había defraudadores, homicidas y apátridas. Lo cual demuestra un hecho elemental: que el indulto se aplica a criminales. O sea que el perdón ni implica ni “envía el mensaje” de que la droga —o el fraude o el homicidio— hayan dejado de ser delitos, como nos dio por entender a los colombianos.

Cosa distinta es si los Clinton recibieron pago por algún indulto: este es la causa de indignación en Estados Unidos. O si la institución del perdón presidencial, vieja de 1776, merece o no el horror internacional. Pero aquí damos con el punto de la “doble moral”.

2. Mejor dicho, de la moral maniquea. Según la cual el bien y el mal no admiten gradación. Así piensan los talibanes, así piensan los calvinistas y así —sorpréndase usted— pensamos los colombianos. Este fue nuestro raciocinio: “Si Clinton perdonó a un narco, no hay porqué perseguir a ningún narco”. Nadie se tomó el trabajo de preguntar si los indultados eran expendedores de barrio, auxiliadores, o grandes capos, si sus condenas habían sido injustas, o cuántos años llevaban en la cárcel. “Narco es narco”, decimos, de modo que las mulas y los raspachines —pero también los capos y el ex del 8.000— merecían el mismo trato que los 18 indultados.

3. Nadie notó tampoco que Colombia vive perdonando a narcodelincuentes. No me refiero sólo a la famosa “política de sometimiento a la justicia”, a la supuesta “cárcel” de La Catedral, ni al supuesto juicio ante el Congreso. Me refiero además a la “ley del sapo” (usada, entre otras, por el general Serrano) y único caso en el mundo donde la delación vale sin necesidad de entregarse a las autoridades.

4. Aunque sin ese detalle, la “ley del sapo” también existe en Estados Unidos. Y es porque allá opera otra forma de la “doble moral”: la moral del calvinismo en ciertos contextos, la moral del pragmatismo en otros contextos. En materia de droga dominó el calvinismo: por eso la intransigencia y el enfoque de “guerra”. La delación, en cambio, es pragmática: perdonar al pez chico para atrapar al pez grande.

El pragmatismo aconseja no encarcelar a los simples usuarios de la droga: es un desgaste inútil —y además, contraproducente—. Pero el calvinismo insiste en que el mal es el mal. De aquí nacen la tensión y la asimetría fundamental de la política antinarco: el consumidor puede ser considerado una víctima, pero los productores y distribuidores siempre serán criminales. Es sencillo: una cosa es ser adicto y otra es lucrarse de la adicción ajena.

5. Porque la “indignación” no nos deja ver esas sutilezas de la ética y de la historia, los colombianos creemos que la legalización resolvería el problema. De aquí las esperanzas y las columnas dedicadas a decir que los indultos de Clinton, Traffic, o las palabras del nuevo secretario de Defensa ante el Senado, anuncian un cambio “de fondo” y en beneficio de Colombia.

Estamos equivocados. Primero, porque la “legalización” no es sino otra cara del maniqueísmo: “Es malo que el Estado interfiera en decisiones personales”. Y segundo, porque una eventual “legalización” en Estados Unidos cobijaría el consumo pero no la producción —y Colombia seguiría en la olla—.

6. No agarramos, pues, ninguna. Ni siquiera nos pillamos que la “doble moral” más deplorable puede ser la de un país que invierte tantas vidas, tantos recursos y tantas leyes en una guerra que ni le convence ni siente que sea suya.

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