Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/09/12 00:00

Doctor Valencia Cossio: salve usted la selección

Necesitamos un director técnico que, a las 2 de la mañana, sea capaz de hacer que cambien las reglas de la clasificación.

Doctor Valencia Cossio: salve usted la selección

Me gusta tanto el fútbol como a Uribe los caballos; como a el 'Pote' Carreño las harinas; como a Cecilia López las sudaderas de terciopelo. Por eso, ante la inminente eliminación de nuestro equipo de fútbol, e invadido por el más noble sentimiento patriótico, busqué a Fabio Valencia Cossio para pedirle el favor de que tomara las riendas de la Selección.

Porque, queridos amigos, esto es para valientes. Acá no sirven los purismos éticos. Necesitamos un director técnico que no tenga vergüenza de nada; que, a las 2 de la mañana, cuando todos duerman, sea capaz de hacer que cambien las reglas de la clasificación; que les hable de tú a tú a todos los directivos de la Fifa, y les ofrezca embajadas, notarías, lo que sea, para que modifiquen lo que sea necesario; que negocie la depuración del puntaje para que podamos clasificar con las pocas unidades que tenemos, y que proponga un comité especial de árbitros colombianos que piten los partidos que nos afectan.

En un comienzo, como cualquiera, tuve mis prejuicios frente al doctor Valencia Cossio. Pero la verdad es que no es tan mala persona. Sus críticos dicen que el referendo que hizo aprobar es atentado histórico a la Constitución. Es discutible. Depende de qué Constitución hablemos. Si es la de Fabio, que es de constitución gruesa, lo beneficia, porque le permitirá seguir gordo, comiendo del gobierno: ah, Fabito, sinvergüenza y barrigón. En un gobierno más le va a quedar la ropa del comisionista Carreño; en dos, la de Jorge Alfredo Vargas.

De modo que me dirigí al Palacio de Nariño para ver si le interesaba el puesto.

Como la entrada era eterna, y no conozco a ningún paramilitar que me cuele en su camioneta para entrar por el garaje, en un tratamiento VIP como el que humildemente creo que merezco, opté por ingresar por el cuarto de las basuras. Fue una experiencia aterradora. Ni los hijos de Uribe se animan a que les den la concesión para recoger lo que se ve allí. Había herraduras oxidadas; un arrume de casetes con grabaciones de Navarro Wolff a los que, supongo yo, ningún detective les tuvo paciencia; el frac que usó el presidente en Europa y, desperdigado por todo el piso, estaba el discurso en contra del dinero fácil que Uribe pronunció contra DMG, poco antes del escándalo de los lotes en zona franca de sus vástagos.

Conseguí entrar. Lo primero que me llamó la atención es que en Palacio está prohibido saludar de mano. Es una medida preventiva que al parecer también adoptaron en el Congreso, aunque allá no fue con el fin de detener el virus porcino, sino porque se han perdido muchos relojes.

El ambiente en las oficinas era relajado. No se parecía en nada al de la semana pasada, cuando el Presidente estaba tan tenso que ordenó a sus subalternos hacer lo que fuera para que aprobaran el referendo.

— Muchachos: hagan lo que tengan que hacer, así sea legal -les ordenó.

Afortunadamente no fue necesario llegar a ese extremo y todo se dio sin acudir a ese tipo de prácticas en las que ni el gobierno ni el Congreso tienen mucha experiencia.

Aproveché, pues, el ambiente de distensión para ingresar sin sospechas, y atravesé varios pasillos hasta que me topé de frente con el Ministro.

El susto fue grande. Pero, una vez me repuse, le hice la propuesta:

— Doctor Valencia Cossio: salve usted la selección. Haga lo que deba hacer, como en el referendo.

No sé si alguno de ustedes ha hablado con el ministro Valencia. Él ayuda, pero nunca gratis: siempre pide algo a cambio. Me dijo que podía aceptar la dirección técnica, pero que necesitaba ubicar en el equipo a algunos amigos.

— Por ejemplo al Procurador -me dijo.

— Hágale -respondí sin dudar-. Le sirve de arquero. Es experto en tapar.

— Y a Armandito -siguió diciendo.

— Bueno -dudé-. Lo pone de volante. En una época metía pases largos.

—Y a Juan Lozano.

— Acepto -concedí-: él cambia de posición con facilidad. Puede jugar en cualquier zona.

— Y a Luis Carlos Sarmiento.

— Sí -le dije-: siempre y cuando lo siga poniendo en la banca.

— También quiero ubicar a mi hermano Guillermo León.

— Está bien -acepté a regañadientes-: servirá para robar las marcas.

— Y, claro, al Presidente.

Me negué. No me gustan los jugadores pantalleros, que juegan para la afición y no para el equipo. Encima, me lo imaginaba haciendo el oso internacional de exigirle al árbitro, al final de un partido del Mundial, que apruebe un tercer tiempo porque todavía no quiere irse, y me entró un sentimiento de vergüenza ajena que me impidió hacer esa concesión.

Quedé decepcionado. Nos quedaremos sin Mundial, me fui pensando. Busqué la salida de nuevo por el cuarto de basuras y por poco me caigo. Me resbalé con una Constitución que acababan de tirar allá, y que no pude ver por las cáscaras, los pañales, los moscos que la cubrían.

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