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Opinión

  • | 1988/03/14 00:00

    DON CESAREO

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Dicen las noticias de estos días que en el Tolima hay un pueblo llamado Casabianca. La aldea tiene la ventaja de que en ella no ocurre nunca nada extraordinario. Hasta mejor será porque los vecinos viven de una manera pastoril, produciendo leche, amasando queso, durmiendo a pierna suelta, sin pensar en el plebiscito, al pie de la Cordillera Central.

Casabianca era un recoveco anónimo, situado a un lado del camino que comunica a Villahermosa con Herveo, y tan escondido que para poderlo encontrar en el mapa tuve que conseguirme un atlas hecho con satélite y buscar una mañana entera con la ayuda de una lupa electrónica.

Pero de repente, cuando la vida de los casabianqueños parecía más apacible y aburrida, su pueblo aparece en la primera página de los periódicos y en el mejor horario de los noticieros radiales. Se ha armado un alboroto divertido porque Casabianca es el único municipio de Colombia en el que se inscribió un solo candidato para la elección de alcaldes.

Se llama Cesáreo Gómez y todavía no se sabe qué fue lo que hizo que este buen hombre despertara al registrador municipal, que debía estar cabeceando un sueño viejo en un taburete de baqueta, para pedirle que lo anotara en la lista de candidatos. Nadie más lo hizo. A lo mejor la gente de esa tierra es tan feliz que ni siquiera sabe que van a elegir alcaldes.

Don Cesáreo, pues, no tiene contendores. Bastará con que él mismo vote por su nombre y quedará convertido en primera autoridad municipal. No tiene que hacer pancartas, ni borronear carteles, ni echar discursos, ni comprar votos, ni seducir adeptos, ni prometer pendejadas. El asunto es tan sencillo y emocionante que la gente de Casabianca vota por Don Cesáreo o se quedan sin alcalde. No se sabe, a estas alturas de la vida, y tal como están las cosas, cuál de las dos posibilidades es más atractiva.

A veces uno se pone a pensar que el ideal en esta vida es que el destino lo trate como a Don Cesáreo: sin competidores. Sería muy bello que uno pudiera enamorarse de la mujer que le quita el resuello sin que exista la posibilidad de que otro hombre también se enamore de ella o, lo que sería mucho más grave, que ella se enamore de otro hombre. Eso sería como convertirse en una especie de Robinson Crusoe sentimental, sin prójimos ni semejantes, sin vecinos ni rivales.

El corazón de uno se sentiría tentado a envidiar a Don Cesáreo si no fuera porque la envidia es un pecado muy feo aunque sea sabroso. En el trabajo, por ejemplo, tendría uno la tranquilidad de saber que nadie más está aspirando a ganarse el mismo ascenso. No tendría que pelear con nadie el puesto en la cola para el cine ni el único asiento desocupado en el bus.

Don Cesáreo, candidato exclusivo a la alcaldía de Casabianca tiene que ser un hombre feliz. Las encuestas, por ejemplo, le importan un chorizo, mientras sus colegas de Bogotá andan ojerosos y temblorosos averiguando si subieron tres puntos entre los mayores de 20 años, si bajaron cuatro por ciento entre los electores femeninos o si siguen ganando partidarios entre las señoras gordas que tienen una pierna torcida. "¿Encuestas a mí?", podría preguntar con arrogancia don Cesáreo, haciendo carambolas de tres bandas en el billar del pueblo, mientras se ríe con perversidad por la comisura de la boca.

Feliz, pero aburrido, mucho me temo. La vida sin lucha no es placentera, Don Cesáreo Gómez. Debe ser muy triste aspirar a la alcaldía sin tener un oponente con el cual armar polémica en el parque. Usted no tiene a nadie para echarle vainas. Aunque Carlos Ossa le dijera lo contrario, y aún que Juan Martín pudiese comentarle que usted es el candidato perfecto, no les crea: la vida es muy aburrida sin competencia.

Claro que la situación en que se halla Don Cesáreo también tiene sus ventajas, para qué negarlo: el presidente Barco no podrá amenazarlo con un referéndum si pierde, ni los concejales pueden pedirle puestos a cambio de su respaldo, ni el Consejo Electoral de Casabianca le va a salir con la historia de que su triunfo ha sido demandado por sus adversarios. No tiene necesidad de romperse la cabeza componiendo cancioncitas idiotas para promover su candidatura en anuncios de radio y, como si fuera poco, Don Cesáreo puede darse el lujo de apagar el televisor cada vez que aparece el ministro de Gobierno diciendo las mismas cosas todas las noches, a punto de morir estrangulado con el cable de un camarógrafo o atorado con las pilas de una grabadora.

Es por eso que desde ahora, y con la suficiente anticipación, estoy proponiendo a Don Cesáreo como candidato único para las elecciones presidenciales de 1990. Lo malo es que ni siquiera se a qué partido político pertenece. Ni falta que hace: un hombre que logra ser candidato sin que nadie se le atraviese en el camino, bien merece que uno vote por él.
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