Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1989/05/08 00:00

DON TRINO

Pero es tan sutil el juego, tan discreto e ingeniosamente presentado que yo no he podido saber, a estas alturas de la vida, si el Güiro ama realmente a la Nena Tuta, fea como ella sola, o lo que busca es la herencia de las busetas que controla ese emperad

DON TRINO


Confieso, con complacencia, mi profunda admiración por don Trino Epaminondas Tuta, boyacense hasta los tuetanos, empresario del transporte colectivo, busetero en progreso, malgeniado, cicatero con su familia, padre de Peter Alexander, marido de doña Amparo Berrio de Tuta personaje de la television, árbitro de la elegancia, Petronio de Sogamoso: corbata de color verde cotorra, terno tornasol con tonalidades de ladrillo en polvo, sombrero consecuente con su atavio y, como si faltara algo más, luce con orgullo sus zapatos amarillos.

En términos generales, y hablando en plata blanca, el humor en la televisión colombiana es vulgar, a veces grotesco, casi siempre ramplón. Algunos de esos programas caen, inclusive, en la chabacanería más lamentable. La máxima demostración de talento en esos espacios nacionales consiste en burlarse del cojo, remedar al leporino, imitar sin gracia al negro de Puerto-Tejada y comprar algunas revistas baratas, como Condorito, para robarse chistes ajenos.

El programa de "Romeo y Buseta", por el contrario, lo reconcilia a uno con el verdadero humor colombiano, que no es refinado, pero tampoco produce verguenza. No es que se le pueda comparar con Rabelais, ni más faltaba pero es una recreación semanal sobre nuestras tradiciones y costumbres.

A mi me conmueve casi hasta las lágrimas el personaje de don Antuquito, ebanista sin clientela, anciano tierno que sobrelleva la vida recordando los consejos de su querida madrecita, como dice el, y que ya ha tenido hasta la tentación nostálgica de ponerse a cantar boleros, con voz de susurro, mientras lava la ropa y rememora a las novias juveniles.

Pero el que se lleva los afectos de nuestros corazones es Jorge Velosa en su personificación de ese boyacense matrero, que empezó manejando un camión en cualquier aldea por los lados de Villa de Leiva, y fue ascendiendo, a punta de trabajo y de ahorro, hasta comprarse la primera de las busetas que hoy intengran su flota.

No hay que equivocarse: Velosa no es un solamente un actor afortunado al que la buenaventura le sonrió con su personaje. Lo conocí hace muchos años, por los rumbos de Valledupar, cuando el era estudiante de veterinaria, sociólogo aficionado e investigador del folclor. Indagaba entonces, con una mochila llena de libretas, sobre los origenes auténticos de la música vallenata.

Despues hizo lo mismo en su tierra. A él, y a sus compañeros de los conjuntos de canciones de carranga, se debe el estupendo empeño de rescatar el romancero boyacense, los personajes, las mujeres de cachetes colorados que cardan lana a la puerta de una casita campestre de Sochagota.

Don Trino no es, pues, el dichoso resultado de un libretista inteligente que se sienta en su escritorio de Bogotá, con un pocillo de café y un cigarrillo, a inventar personajes sacados de su caletre. Don Trino, que se quita el sombrero para saludar a sus vecinos, aunque nunca lo abandonan sus malas pulgas, es el resultado de una ardua tarea de muchos años, hablando con camioneros de Ráquira, con paperos de Chiquinquirá, con los ancianos que conservan en la memoria la tradicián oral de sus regiones.

Es por eso que el programa ha tenido éxito entre los televidentes. En el fondo, sin discursos solemnes sin petulancias intelectuales apelando a la gracia natural de la gente callejera, lo que "Romeo y Buseta" plantea es una bella y apasionante historia: la del Guiro Grajales, camaján urbano, listo y ambicioso, salsero caleño, jacarandoso, vendedor de gafas para el sol, con ínfulas de empresario mercantil, enfrentado a la malicia campesina de Trino Epaminondas Tuta, sagaz pero menos hábil. Ambos son refugiados sociales, como millares que deambulan en las grandes ciudades colombianas. El uno viene de los extramuros del Valle del Cauca. El otro procede de las laderas boyacenses.

Pero es tan sutil el juego, tan discreto e ingeniosamente presentado, que yo no he podido saber, a estas alturas de la vida, si el Güiro -o "Chigüiro", como lo llama don Trino, en una ecológica reminiscencia de Casanare y el Llano- ama realmente a la nena Tuta, fea como ella sola, o lo que busca es la herencia de las busetas que controla ese emperador del barrio.

Las mejores historias de la vida son así, simples, casi elementales. Cuántos arribistas sociales no conoce uno, como Peter Alexander, que si fuera antioqueño se llamaría, que duda cabe, John Jairo. Y la miseria vergonzante de la modista, que es pobre pero de buena familia, y tiene una sobrina casquivana que se le vino de alguna parte de la Costa. Todo eso que cosa tan bella, amenizado con la version de Rolando Laserie cantando "Las Cuarenta", que era un tanto en sus orígenes, consagración de la barriada, donde el hombre aquel dobló la esquina con el pucho de la vida apretado entre los labios...

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