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Opinión

  • | 2017/04/14 08:51

    Las locuras del emperador

    El presidente Trump descubrió que la manera más fácil de recibir aplausos en Washington es lanzando bombas.

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Es conocida como la “teoría del lunático” (madman theory) y fue aplicada por el presidente Richard Nixon en octubre de 1969. Nixon y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, buscaban persuadir a los líderes de Vietnam del Norte y sus aliados soviéticos de que el mandatario estadounidense estaría dispuesto a hacer cualquier cosa -incluso utilizar armas nucleares-, con el fin de poner fin a la guerra en el sureste asiático. Según el historiador Jeremy Suri, quien tuvo acceso a documentos de la época, Nixon envió 18 bombarderos B-52 a la frontera oriental de la Unión Soviética durante tres días para demostrarle a Moscú que él estaba fuera de control.

Su principal asesor político, H.R.  Haldeman, relata en su diario una conversación que tuvo con el Presidente donde éste le pidió propagar el siguiente rumor: “Ustedes saben que Nixon está obsesionado con el comunismo. No podemos contenerlo cuando se enoja y tiene sus manos sobre el botón nuclear”.

La táctica se basaba en la premisa de que si los enemigos de Estados Unidos pensaban que el inquilino de la Casa Blanca ya no era un actor racional sino irracional e impulsivo, cederían en sus pretensiones.

Donald Trump parece estar aplicando al pie de la letra ese libreto. Durante la campaña presidencial, el entonces candidato ridiculizó la falta de sorpresa de la política exterior estadounidense. Prometió, en cambio, ser impredecible. En la última semana, ha cumplido con ese vaticinio. Ordenó el lanzamiento de 59 misiles contra una base aérea de Siria, luego que el régimen de Bashar al Assad empleara gas sarín contra su población. No habían pasado 72 horas. Trump explicó que las fotos de niños sirios asfixiados lo habían impactado. No esperó que le presentaran evidencias irrefutables de la culpabilidad siria para actuar. Tampoco consideró necesario buscar el apoyo de sus aliados en Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Sin embargo, a diferencia de Nixon y Kissinger, la acción de Trump no parece corresponder a una gran jugada de geopolítica sino más bien al ímpetu del mandatario. Hacía pocos días su administración se había opuesto a buscar el cambio de régimen en Siria. En varias oportunidades, Trump mismo había advertido sobre el riesgo de involucrar a Estados Unidos de manera frontal en esa guerra civil. Queda la sensación de que todo fue improvisado y sin medir las consecuencias.

Lo preocupante no es el ataque en sí. Hay razones de peso para castigar militarmente a quienes cometieron esa atrocidad contra civiles. No, lo grave fue la reacción que produjo en los sectores políticos y mediáticos de Washington. Llovieron los elogios. Su decisión fue descrita como valerosa y fuerte en el Congreso y por los medios de comunicación. Lo compararon favorablemente con Obama, que en 2013 ante una situación similar optó por la salida negociada.

El periodismo gringo y en particular el de Washington, mide la templanza de los líderes por su rol como comandante en jefe. Tienden a aplaudir a quien utiliza las poderosas fuerzas militares y a cuestionar a quien duda de su uso. Ni hablar de las cadenas de noticias por cable como CNN y Fox News, que se nutren de las imágenes de las guerras. El periodista Brian Williams, otrora gran estrella televisiva y que cayó en desgracia por exagerar sus historias, calificó de “bellas” las fotos de los misiles lanzados desde los barcos. Trump que es un consumidor fervoroso de noticieros de televisión, por primera vez en su presidencia, casi en unísono, recibió aplausos por su determinación.

Evidentemente, Trump los escuchó. Desde el ataque de la base aérea siria, ordenó el traslado de un portaaviones hacia Corea del Norte y ayer jueves 13 de abril, anunció que Estados Unidos había destruido un complejo de cuevas y túneles del Estado Islámico en Afganistán con el lanzamiento de la bomba no nuclear más potente de la historia. Es diciente que esta arma existe desde 2003, pero ni George Bush ni Barack Obama consideraron prudente ni necesario utilizarla. En medio de esta euforia belicista, Trump también se ha comprometido a resolver por sí solo la amenaza de Corea del Norte, una potencia nuclear.

A Nixon, la táctica de mostrarse como lunático no le funcionó con Vietnam del Norte ni con la Unión Soviética. Primó la cordura y el pragmatismo en Hanoi y Moscú.  Más importante, era apenas una finta en el tablero de la Guerra Fría y no una política de Estado.

No es claro qué busca Trump con tanto ruido de sables y si ha medido las repercusiones de sus acciones. Dos anécdotas preocupan: según Eric Trump, su hermana Ivanka, quien estaba destrozada por las imágenes que se transmitían de la tragedia en Siria, jugó un papel determinante en la decisión de su padre de vengarse. La segunda provino del Presidente Trump. En una entrevista a Fox Business, explicó cómo le informó a su homólogo chino de la operación contra el régimen de Assad: “Estábamos comiendo postre… y teníamos el pedazo de ponqué de chocolate más lindo que usted haya visto. El presidente Xi lo estaba disfrutando… Permítame explicarle algo -dijo Trump-, acabamos de disparar 59 misiles… Es tan increíble tan brillante, tan genial”. ¿Sabrá Trump que no es un juego de niños?

En Twitter   Fonzi65

 

 

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