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Opinión

  • | 1999/09/27 00:00

    DONDE ESTA EL EMBAJADOR

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Que el New York Times, el Washington Post o el Miami Herald hablen sobre nosotros no es
ninguna gracia. Pero es verdaderamente indicativo de que ahora sí existimos en el menú de las
preocupaciones diarias de la opinión pública norteamericana el hecho de que además, ahora seamos pan de
cada día de publicaciones domésticas que jamás en su historia habían mencionado a Colombia. En la misma
quincenael Desert News describe el panorama económico colombiano en términos desalentadores. El
Journal Of Commerce dice que los vuelos de carga hacia Colombia están saliendo casi vacíos. El Orange
County Register asegura que no es gastando un billón de dólares en Colombia como se detendrá el tráfico
de narcóticos. El Sacramento Bee informa sobre el atentado terrorista contra el Gaula en Medellín. El
Orlando Sentinel registra la preocupación del secretario general de la ONU por el escalamiento de la
violencia en Colombia. El Seattle Times habla del incidente de las monjas de Tunja. El diario The Record
pide mayor flexibilidad del gobierno de Estados Unidos hacia Colombia. El Christian Science Monitor habla de
la campaña ciudadana contra el secuestro conocida como el 'no más'. El Atlanta Business Chronicle revela el
incremento en Colombia del 40 por ciento en la venta de pólizas de seguro contra secuestro. El Columbus
Dispatch critica a Clinton por el manejo del accidente aéreo de Patascoy. El Arizona Republic habla del
mortífero tanque de gas propano que se ha convertido en el cañón preferido por las Farc. El San José
Mercury News asegura que en 1998 se cometieron 3.832 crímenes políticos en Colombia. El Salt Lake
Tribune insiste en que lo que es vital es definir lo que significa el término 'ayuda militar' para Colombia. El
Milwakee Journal Sentinel informa sobre la esposa del coronel gringo que enviaba coca a Estados Unidos. El
Fort Worth Star Telegram hace una completa enumeración sobre declaraciones relacionadas con el conflicto
de Colombia. El St. Petersburg Times les explica a sus lectores qué es la zona de distensión etc.
Instintivamente pensaríamos que era mejor antes, cuando nuestro conflicto era prácticamente de consumo
interno y a Colombia la confundían con Bolivia. Pero diplomáticamente este despliegue de nuestras noticias
tiene una ganancia: que la comunidad internacional nos dé el aval que necesita nuestro proceso de paz,
convirtiéndose en verificadora del proceso ante la gravedad, hasta hace muy poco tiempo desconocida en el
resto del mundo, del conflicto.
Nuestro embajador en Washington, Luis Alberto Moreno, ha demostrado ser el hombre para las
circunstancias. Sabe cómo moverse, dónde moverse y ante quién moverse. Sus declaraciones están
permanentemente disponibles ante cualquier versión de los medios norteamericanos, y hace un par de
semanas fue el protagonista de la visita de Estado de más alto nivel que Colombia ha recibido de
representantes del gobierno norteamericano desde que alguien logró que Jacqueline Kennedy aceptara desfilar
por la carrera séptima de Bogotá.
En contraste, el embajador de Estados Unidos en Colombia, Curtis Kamman, es tan inexistente en el
panorama nacional, que hace añorar los días en que el ex embajador Frechette enfurecía al gobierno
Samper opinando sobre lo divino y lo humano y se disfrazaba de vampiro para conquistar la simpatía de los
círculos capitalinos.
No se trata de pedirle al embajador que opine hasta interferir en el gobierno de Colombia, sino que haga las
relaciones bilaterales más efectivas.
Porque mientras los corresponsales de prensa norteamericanos se quejan de que su embajador en Bogotá
muy rara vez orienta sus informaciones, cada vez que los periodistas colombianos necesitan corroborar
una información o averiguar reacciones oficiales del gobierno Clinton tienen que llamar a Washington. Lo
que pasa es que su perfil bajo y reservado, cuidadosamente escogido para que hiciera contraste con la
extroversión de su antecesor, a veces no parece ser el apropiado para manejar el interés que en los últimos
meses ha despertado Colombia en Estados Unidos, y para ser el vocero de la cooperación que Clinton está
dispuesto a ofrecer en el caótico momento que vivimos. Dicha ayuda, a juzgar por la decisión con la que
ha sido ofrecida, sugiere que los informes privados del embajador Kamman hacia su país deben ser muy
efectivos: al fin y al cabo, es uno de los hombres más respetados y de mayor credibilidad del servicio
externo norteamericano. Pero lo que son sus casi inexistentes salidas públicas, han demostrado que es
un hombre insoportablemente inasequible.
Dicen que su señora, en cambio, es muy asequible y muy buena persona. Lo cual, desgraciadamente, no es
suficiente para borrar la sensación de que prácticamente parecería como si Estados Unidos careciera de
vocero en medio de la peor crisis de nuestro país, y cuando más claramente necesitamos entendernos con
nuestro aliado.
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