Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/10/15 00:00

¿Dónde está el peligro?

¿Dónde está el peligro?

El martes por la mañana vi desmoronarse en frente mío y para siempre la definición de peligro. Hasta ese momento, cuando vi las imágenes que me dejaban impávida, la respuesta era simple: el peligro estaba en Colombia.

Hace tres semanas llegué a mi Barranquilla natal desde Nueva York donde resido hace más o menos veinte años. Vine a hacer un reportaje para un diario norteamericano, una crónica que narrara el sentimiento de inseguridad absurda con el que se vive diariamente en Colombia. Llegué con la intención de querer entender – recorriendo la Colombia que yo conocía – qué ha pasado en los años que llevo por fuera. Qué llevó a este país al desmoronamiento civil en el que es normal que un antiguo compañero de colegio, hoy empresario de éxito, me pase a buscar en un carro lleno de guardaespaldas armados; en el que es cosa de todos los días ir a cine en un carro blindado; en el que la palabra secuestro es parte del vocabulario de niños y niñas que en Navidad todavía esperan regalos del Niño Dios; en el que un adolescente sin mas argumentos que el del atrevimiento de la ignorancia juvenil le proponga a un candidato presidencial quien está a favor del dialogo que hay que dar plomo y no hablar con los guerrilleros; en el que pregunto por mis amigos de infancia y con toda naturalidad me cuentan con detalles cómo fue acribillado porque andaba metido en negocios raros o que me dicen con desparpajo que hay gente que ya puede ir a dormir a sus fincas con tranquilidad "gracias" a los paras.

Estas cosas que aquí hacen parte del diario vivir no hacen parte de mi vida neoyorquina. En Nueva York – al menos en el mío – uno se malacostumbra al peligro de esta índole. Andar en un carro blindado o con guardaespaldas, a no ser que uno sea un gangsta rapper, no es símbolo ni de éxito ni de progreso. Todo lo contrario. En Nueva York, el dar plomo no es una opción que se escucha frecuentemente en un discurso político, en una reunión de amigos, como una alternativa aceptada como se oye en este país. Las conversaciones, al decir que soy colombiana, ya no empiezan como solían preguntando por Pablo Escobar, casi siempre como chiste, sino para tratar de entender que es lo que esta sucediendo aquí. Quieren saber si será otro Vietnam o mas bien como en los Balcanes. Con el nacimiento del Plan Colombia entramos a hacer parte de las discusiones políticas en universidades, agencias gubernamentales y cocteles diarios aunque la mayoría de ellos todavía escriban Colombia con u.

Amigos y amigas trataron por todos los medios de disuadirme para que no hiciera este viaje. Ir a Colombia es muy peligroso, me decían. Secuestran personas. Matan inocentes. Yo sé, les decía. Y, la verdad, me vine para Colombia muerta de susto.

El sábado antes de mi viaje fue un día tan soleado como el martes. Salí, como suelo hacerlo, a trotar al West Side Parkway, una especie de malecón con ciclovía que bordea el río Hudson donde neoyorquinos de todas las edades, tamaños, acentos y colores caminan, patinan, montan bicicletas, pasean perros, se toman de las manos, se pelean, se besan, venden limonadas y botellas de agua.

Me gusta tomarlo a la altura de mi casa en el Village y caminar o trotar hacia el sur, hacia la punta de Manhattan. Lo hacía así por una razón: porque me gusta, o me gustaba, ver las torres de acero del World Trade Center a mi izquierda y la Estatua de la Libertad a mi derecha. Me sentía afortunada, satisfecha, libre de todo peligro, cada vez que veía esas torres imponentes y saber que llegaría hasta ellas me impulsaban a terminar mi meta, mi par de millas. Ellas eran mis palmeras del poder. Pero no del poder absoluto, malvado y salvaje que ven los que con odio las destruyeron. Son las de poder hacer – poder hacer lo que se quiere hacer – con respeto, con integridad, con oportunidades, con disciplina y con rigor. Muchas veces pensé en todo lo que se necesita para que una ciudad ofrezca esto a sus residentes y lo que se necesita para que sus residentes la quieran y la respeten como lo veo cada vez que hago este recorrido. Muchas veces pensaba casi con remordimiento, al contrario de tantos colombianos, podía salir a pasear sin miedo.

Mientras empacaba mis zapatos para correr pensaba donde podría encontrar un sitio seguro para trotar en Barranquilla. Troté en las carretera que va de Barranquilla a la playas de Salgar y en vez de sentirme protegida por la perfección del Parkway y de las Torres Gemelas, lo hice rodeada del trupillo del paisaje en el que crecí, de los chiflidos y comentarios de la gente y de las risotadas que me daba con mi amiga de toda la vida. Llevo tres semanas en las que no he sentido por un minuto el peligro al que aluden mis amigos y amigas en Nueva York que hasta el lunes por la noche me pedían que regresara cuanto antes.

Nueva York siempre ha representado protección, libertad y sobre todo protección de la libertad. Colombia, para el mundo entero, representa peligro, caos, la destrucción de la libertad. El martes en la mañana, sentada en la casa de mi abuelita viendo la pantalla, muda y asustada, esa ecuación blanquinegra se me desplomó. Mientras exista el odio, el fanatismo y la revancha no cesarán ni las masacres de miles de colombianos ni quién esté dispuesto a matar por montones en nombre de Allah. El martes el mundo entendió que el peligro puede estar en cualquier parte.

*Reconocida periodista en el exterior y actual colaboradora de la revista dominical del New York Times.

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