Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/12/02 00:00

¿Dónde está el piloto?

El Presidente está subestimando peligrosamente la crisis de la parapolítica.

¿Dónde está el piloto?

Por primera vez desde cuando Álvaro Uribe subió a la Presidencia, el agua parece estar llegándole a la cintura. Hasta hace un mes, las denuncias de la infiltración paramilitar en las instituciones eran apenas fisuras menores en el portentoso dique de contención que ha protegido a su gobierno durante cuatro años y cien días. Este ha sido un muro forrado con el teflón de la popularidad del Presidente, y pegado con el cemento de la prosperidad económica.

Pero en el último mes, al dique le han salido troneras. La turbulencia sube. Rebasó los sótanos del Congreso: tres congresistas y una ex representante presos, otros parlamentarios con la Fiscalía siguiéndoles los pasos, y seis citados a indagatoria por la Corte Suprema, varios de ellos con alto riesgo de pasar Navidad en la cárcel.

El torrente se filtró al recinto del Consejo Superior de la Judicatura, en el Palacio de Justicia, donde un magistrado quedó pillao, hincándole el diente a uno de esos quesos enormes que se veían en las vitrinas de la Enoteca. Y se coló en el gobierno, poniendo en entredicho a la Canciller.

Los casos de otros funcionarios directivos del gobierno, que habían sido salpicados en los últimos meses, parecían hasta ahora coincidencias inconexas. Ya no. A la luz del misterioso documento nacionalista que, según el senador Miguel de la Espriella, firmaron entre varios políticos y los jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia en 2001 en Ralito, cada funcionario paracontaminado se ve hoy como una ficha de una estrategia diseñada hace tiempo para controlar el Estado. DAS, Incoder, La Super Notariado y Registro, Superintendencia de Vigilancia, Estupefacientes y ahora Instituto Nacional de Concesiones, cargos de bajo perfil que pueden garantizar impunidad, tierra, títulos legales sobre lo robado, armas, acceso a bienes incautados y negocios prósperos con el Estado. Bajo perfil, alto rendimiento.

Mientras el agua sube, el Presidente parece ajeno. ¿Dónde está aquel líder que en 2002, cuando le metieron un bombazo debajo del campero en el que andaba en Barranquilla en su campaña, le sobró temple para controlar la situación, tranquilizar los ánimos y dar órdenes para sacar el carro con varios acompañantes de la zona de riesgo?

Lo que hemos visto es un Álvaro Uribe a la defensiva, llamando tímidamente a los políticos en entredicho a que “digan la verdad”, como un lánguido eco de la advertencia que, días antes, hicieron los señores de las AUC conminando a sus cómplices ocultos a quitarse el antifaz porque no pensaban quedar como los sapos del paseo,
¿Qué le pasa a Uribe que no coge el toro por los cuernos? Aventuro tres explicaciones: La primera, que el Presidente cree que la opinión pública es tan fiel como su Lina, cuando en realidad, ésta es voluble, y abandona al político con la misma facilidad con la cual lo adoró. Una mayoría aún le es leal porque la economía va bien, y ésta manda más que la política, pero ya hay síntomas de desilusión. Por ejemplo, si hasta hace unos meses, los correos que llegaban a los medios de comunicación expresaban ira ante cualquier crítica a su Presidente, ahora son hasta crueles con él. Además, los áulicos de siempre empiezan a tornarse parcos y algunos políticos que se montaron en el uribismo para subir, ahora ya escriben la u con minúscula. El Presidente subestima el impacto que la bola nieve de la parapolítica está teniendo sobre sus seguidores.

La segunda razón de la aparente falta de reacción del Palacio de Nariño es el estilo controlador del Jefe de Estado. Como tiende a rodearse de funcionarios que ni brillen ni lo cuestionen demasiado, se está quedando con pocos espadachines leales y de peso específico propio. De cara a la opinión nacional y la internacional, los necesita para que lideren el Congreso que está al borde del ataque de nervios, y respondan a los graves cuestionamientos que, en todo su derecho, está haciendo la valiente oposición. El Ministro del Interior es un buen señor lentejo, fruto de una alianza temporal, a quien le preocupan más sus goditos que la suerte de Uribe. El Mindefensa tiene agenda política propia, y lo único positivo que le ha sucedido últimamente han sido los falsos positivos. La Canciller, a quien nadie le cuestiona su pilera, ha perdido el margen de maniobra que va con su cargo, por la poca presentación que tiene ser quien maneja las relaciones exteriores del país mientras sus hermanos estén siendo cuestionados por vínculos con el paramilitarismo. Le quedan José Obdulio, quien pone la cara con coraje en los medios, pero sus malabares semánticos a veces confunden, y el vicepresidente Santos, quizás el único cuyos idealismo y autenticidad mantienen una fuerte imagen.

Grave también es la soledad del Presidente hacia adentro del propio gobierno. ¿Cuál de todos en su nuevo sanedrín le está hablando duro para que responda a un país que aún espera que su Presidente-salvador arroje los ladrones del templo? ¿Quizá Joselito Guerra, experto en ‘ochomiles’? ¿Cuál le está exigiendo que haga un alto en el camino, recomponga su alianza política y destierre para siempre el clientelismo para-sito? Por lo menos en los asuntos meramente políticos que atañen a la crisis, se ven pocos. Nadie puede gobernar solo en tiempos de maremoto.

La tercera causa del estupor del Presidente puede estar en que su visión exageradamente ideologizada del mundo le ha nublado el ojo derecho. Para ese lado, ve todo entre nubes, rosadito. ¿Cómo evitar que los jefes paramilitares le arranquen el brazo si les entregó el codo voluntariamente? Me pregunto si el señor Presidente teme que el chantaje de los jefes recluidos ahora en Itagüí para conseguir que el país acepte sus voraces condiciones, termine en lo que siempre terminan las cosas en Colombia, con más violencia. Y que todo el terreno ganado en la confianza y en la seguridad se vaya por la borda. Si es así, con mayor razón el Jefe de Estado necesita repensar a fondo el maltrecho proceso de paz para hacerlo sostenible. Para enfrentar este enorme desafío requiere de muchos aliados en el país y en el exterior. No parece, sin embargo, concentrado en conseguirlos.
 
Al contrario. Se ha dedicado a cazar peleas de poca monta de púgil politiquero, intentando desprestigiar a sus críticos con discusiones que ya son historia patria, como si con eso pudiera cambiar el presente y el futuro.

Si yo estuviera en sus zapatos, los tacaría menos y los escucharía más. El Presidente tiene el deber político de asumir la gravedad de la crisis de ilegitimidad y corrupción, y conducir como un estadista el barco a buen puerto. Si, en cambio, sigue reemplazando a unos corruptos por otros, concediendo cuotas a los parapolíticos, dejando que parezca que el control del daño lo manejan los paras, ¡ah! y escuchando a los Joselitos, el agua va a terminar llegándole al cuello a su gobierno.

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