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Opinión

  • | 2006/08/19 00:00

    Dos estilos

    Pasarán muchos gobiernos antes de que la cancillería colombiana vuelva a ser ocupada por un hombre.

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Colombia sí que es el país del Sagrado Corazón.

En ningún otro país del mundo se le da la oportunidad de ocupar nada menos que la cancillería, el eslabón entre Colombia y el resto del mundo, a alguien con poca o ninguna experiencia en este campo. Y sin embargo el experimento, en el caso de Carolina Barco, funcionó.

Carolina era distante, aristócrata, despectiva, un poco sicorrígida y juiciosa. El vicepresidente Pacho Santos llegó a calificarla de "princesa" de la diplomacia.

Nos acostumbramos a este estilo muy rápido, y no recuerdo prácticamente ni una crítica que se le hiciera en su desempeño como canciller, salvo al comienzo porque era muy tímida para hablar en público. Recién nombrada hablaba de "adelgazar la nómina", adjetivo que hasta entonces desconocíamos.

La única vez en la que la vi patinando fue durante una rueda de prensa en Madrid, cuando el Presidente la puso a explicar la Ley de Justicia y Paz. Tremenda la enredada que se pegó. Pero siendo justos, ¿quién no se enredaría? Tal vez ella todavía no había aprendido el truco de que a preguntas imposibles de responder, tranquilamente se dan respuestas sobre otras cosas que no se han preguntado. A lo Uribe, mijita.

Se hizo muy amiga de la 'Condi' Rice, la secretaria de Estado norteamericana, y hablaba divinamente en inglés con Colin

Powell. Su tarjeta de graduada de Welsey, como Hillary Clinton, le daba un toque muy sofisticado en los círculos políticos estadounidenses.

Imponiendo su distancia como etiqueta personal, jamás se dejó manosear de los medios ni de los lagartos.

Pero no existe duda, tampoco, de que en los temas espinosos y difíciles, siempre estuvo Pacho Santos complementando su trabajo como canciller.

Su sucesora, la nueva canciller, María Consuelo Araújo, tiene un estilo totalmente diferente. Es alegre, entradora, carismática, extrovertida y todo lo contrario de anglosajona: es caribe. Y aunque a muchos todavía pueda parecerles increíble, hago la apuesta de que va a resultar tan exitosa como Carolina ante la opinión. Siempre y cuando el Vicepresidente siga encargándose del trabajo pesado, se entiende.

En el Congreso, el día de la posesión del Presidente, hizo gala de su frescura y espontaneidad. En pleno Capitolio llamó a gritos al senador Armandito Benedetti y le dijo: "!Oye, Benedetti, aquí te tengo al Príncipe. Te lo presento". (Se refería a su alteza el príncipe Felipe de Asturias. Cuando Benedetti entendió de qué 'príncipe' se trataba, quedó superagradecido y me jura que no fue de los congresistas corronchos que le pidieron autógrafo).

Salvo por unos retoques sin importancia, como recomendarle que los zapatos blancos los guarde para ir a Valledupar porque en la etiqueta bogotana son prohibidos, la 'Conchi' debutó superbien.

Su bailada vallenata con el presidente Hugo Chávez dejó tan enamorados de ella a los colombianos como a los venezolanos. Con tamaño banderazo arrancó el reto de no quedarse atrás de Carolina. Esa foto que se tomó con Chávez tiene tanto valor simbólico como la que el mandatario venezolano se tomó un día antes con Fidel Castro (con la que, dicho sea de paso, Castro dejó en claro que su heredero latinoamericano es Chávez y ningún Lula da Silva, Tabaré o Kirchner. Muy significativo que Castro no le hubiera propuesto ni siquiera a Evo que se quitara el horrible saco de alpaca que no se baja y se pusiera una camisa roja como Chávez, para visitarlo en el hospital, con lo que le habría dado el chancecito de que se luciera).

Atrás, pues, han quedado las épocas de pesos pesados en la cancillería colombiana, y la tradición de nombramientos, para poner algunos ejemplos, como el del prestigioso abogado Juan Uribe Holguín, o del profesor de derecho internacional Alfredo Vázquez Carrizosa, o del historiador Indalecio Liévano, o el de un Germán Zea con su profesionalismo diplomático, o el del limitólogo Julio Londoño, o el de Alfonso López con el simbolismo político que traía a cuestas cuando aceptó ocupar ese cargo durante su tránsito del MRL al oficialismo liberal, o el de Julio César Turbay con su sorprendente capacidad de conciliación o el de un Guillermo Fernández de Soto con su talante de internacionalista: cuando estaba en la cuna, ya tenía cara de canciller. En materia de nombramientos en ese Ministerio, ahora pesan más las ganas que la sustancia.

Creo que pasarán muchos gobiernos antes de que la cancillería colombiana vuelva a ser ocupada por un hombre.

Definitivamente, ese cargo se lo tomaron las niñas.

¿Cuánto apuesto a que en su próxima venida a Colombia, la 'Conchi' le clava en el aeropuerto al presidente Chávez su sombrero vueltiao?


ENTRETANTO… ¿Qué tal las del comité de derechos humanos de la ONU, que ahora pretende que los colombianos indemnicemos, pobrecitos, a los protagonistas del proceso 8.000, por las molestias que les ocasionó la justicia?
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