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Opinión

  • | 2001/11/05 00:00

    Dos infamias

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Una anciana está sentada a la orilla de una carretera, parece cómoda, fuma pipa y no parece molestarse porque nuestra cámara se le acerca. Buscamos registrar ese momento con la única intención de captar una imagen bella. La mujer es negra. No estamos ahí para preguntarle nada sin embargo ella empezó a contarnos. "Mi muchachito, no tenía papá, me lo mataron...". En la mañana de ese mismo día había enterrado a uno de sus nietos que dos noches atrás apareció muerto a la orilla del río Dagua. No sabe, según nos dijo, quién lo mato y tampoco se imagina razón alguna. La anciana calla y su silencio exige respeto. Se levanta y camina hasta un pilar de madera que sostiene su casa, en él recuesta la cabeza. La cámara se acerca hasta encontrar en un primer plano el temblor de su boca y el movimiento propio de la nariz cuando se llora. Nos vamos.

Sobre la muerte del muchacho no hay noticia en la noticias, nadie conoce el dolor de esa abuela solitaria. Nunca se sabrá que fue de él, ni que hubiera podido ser si le hubieran permitido vivir más de sus 21 años. Es un muerto sin nombre y así se quedará porque son esas historias anónimas las que se quedan sin contar en una guerra como la de Colombia.

Nuestro objetivo era realizar un documental sobre la vida de una carretera. Así como suena, sencillo. Ir andando en un carro con el equipo de producción y detenerse en los detalles que quizá aportarían a una historia que debía construirse por sí misma.

Pero la realidad nos fue llevando a una historia de violencia en un territorio en disputa en el que todos los que tiene armas las utilizan a su favor. Llegamos a un restaurante y en él habían secuestrado no a uno ni a dos ni a tres, sino a 50 comensales. Seguimos hasta un caserío que fue abandonado tras una masacre, luego pasamos por un túnel reconstruido después de una voladura con dinamita; un pueblo con una estación de policía llena de huequitos, un accidente que bloquea la vía por más de dos horas al que no llega "la ley" porque es zona roja; casas pintadas con el nombre de los que están llegando, ventas arruinadas por la ausencia de turistas; el aviso de "Se Vende" de quien no va a volver —por razones obvias no tengo necesidad de mencionar a los autores—. Y en medio de todo esto: la gente.

Este panorama planteaba ya sobre el terreno tres opciones, concentrar la historia en quienes originan la guerra, en quienes la padecen o lograr una combinación de las dos. Y aunque en los cinco días de rodaje tuvimos la tentación de buscar a los primeros convencidos de que eso sería "interesante", hoy haber optado por la segunda opción nos demuestra que es posible contar la guerra sin que la cuenten ellos y que quizás eso es lo que hace falta para entenderla.

Recorrer un país en guerra supone en teoría encontrar la guerra donde esta la guerra. Pero los que saben, dicen que la de este país es irregular, lo que supone en teoría que no se sabe donde está. Y es cierto, la guerra que se vive en Colombia es una guerra que no tiene cara por sí misma, sino que se encuentra en la cara de la gente que la sufre. Es decir en todas partes.

Por eso una historia como la de la abuela y su nieto asesinado debería conmover más al país que el desfile ante las cámaras continuo e incesante de los "actores" que como en una puesta en escena nos quieren hacer ver su "obra" como la realidad de todos.

El documental por su naturaleza permite sin duda observación, reflexión y análisis. Para un noticiero recorrer una carretera no es atractivo a no ser de que en ella algún "hecho" de desorden público llame la atención. Ahí esta la diferencia. ¿Se puede esta guerra contar solamente a punta de noticias? ¿O quizá se deberían privilegiar otras formas o géneros para contarla? La verdad de la guerra nunca es obvia. En este país hay dos infamias: la guerra misma y la forma como está siendo contada.

Y como al parecer no hay más remedio, me acuerdo de los van van "¡Ay Dios Ampárame!"

*Director de Cine y Televisión
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