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Opinión

  • | 2014/09/05 00:00

    El ojo de la aguja

    La polémica suscitada en las redes sociales y medios de comunicación por la presencia de dos lesbianas en el gabinete del presidente Santos me parece una discusión bizantina, como la del sexo de los ángeles.

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Decir “niñas y niños”, “ciudadanas y ciudadanos” puede resultar para los puristas del castellano una redundancia. Desde los tiempos de Homero, la política  estaba destinada exclusivamente a los hombres. La separación de roles se encontraba definida como norma desde los relatos bíblicos, y no solo abarcaba aspectos tan visibles como la fuerza física sino que comportaba también creencias como la inferioridad intelectual de las féminas. 

Séneca [4 a. C.-64 d. C.] fue quizá unos los  primeros en acuñar máximas que intentaban definir y ridiculizar a la mujer. Napoleón Bonaparte [1769-1821]  llegó a afirmar que “las mujeres  no son otra cosa que máquinas de producir hijos”. Schopenhauer [1788-1860] acuñó la célebre frase “la mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”. Y el mítico Charles Baudelaire [1821-1867] dijo en alguna oportunidad que “en toda mujer de letras hay un hombre fracasado”.

Gustavo Flaubert, uno de los novelistas más exitosos en la historia de las letras francesa,  dejó claro que en el siglo XIX las mujeres solo podían casarse, internarse en un convento o convertirse en prostitutas. No obstante, Federico Nietzsche [1844-1900] en un acto de reivindicación afirmó que “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”.

Pero, al parecer, no fue suficiente la escritura de un libro como “Humano, demasiado humano” para abrir unas puertas que han permanecido cerradas desde la caverna y que solo hasta ahora empiezan a ceder. Desde la Antigua Grecia, las odas de Píndaro no solo fueron una alabanza a las olimpiadas, sino también a la fuerza masculina, a las grandes hazañas deportivas y a la belleza de los hombres que luchaban por ocupar un lugar preponderante en el podio de los nuevos dioses del Olimpo. 

Se partía de la eventualidad de que la guerra no se había hecho para las mujeres. La exclusión de las féminas estaba mediada no solo por su delicadeza sino también por la ausencia de fuerza física en una labor donde esta era el catalizador de una posible victoria. Las olimpiadas, que han trascendido hasta nuestros días, estaban concebidas para el derroche de fuerza en la pista, al igual que el ingenio en el campo de batalla. Era inconcebible para estos maestros de la guerra, el deporte y las artes la presencia de las damas en espacios considerados estrictamente masculinos. Esto sucedía porque a la mujer se le consideraba un producto defectuoso.  La aparición del cristianismo en occidente en el siglo I antes de nuestro tiempo ayudó ostensiblemente a proyectar esta imagen negativa, pues a la debilidad física se le sumaba la idea de la escasa comprensión del mundo.

El mito del paraíso del que habla la Biblia fue un factor determinante en la proyección de esa idea: la mujer fue extraída de una costilla, un hueso torcido del pecho que, en una lectura mucho más amplia, es un indicativo de imperfección. No obstante, cuando Napoleón Bonaparte afirmó que “las mujeres  no son otra cosa que máquinas de producir hijos”, estaba replicando la única cualidad posible que el libro sagrado de los cristianos les atribuye: la reproducción.

Esta posición falocéntrica hizo carrera en Europa y fue determinante para la exclusión de la mujer en el campo cultural. Tan vertical llegó a ser la norma, nos recuerda Píndaro, que su asistencia a actividades de la política les estaba  vedada, incluso como espectadoras en los eventos de carácter deportivo. La historia en este sentido no miente: la aparición de la mujer en el panorama cultural es relativamente nuevo. En Colombia, por ejemplo, sus derechos políticos solo empezaron a ser reconocidos en la década del 50. Y en Francia e Inglaterra su participación en eventos deportivos se da solo en 1910, en dos disciplinas consideradas por entonces exclusivas de las féminas: el tenis y el golf.

Aunque desde los primeros años del siglo XX la reivindicación de sus derechos se convirtió en una lucha permanente, solo hasta los años 40 empiezan a tener valor sus reclamos y, desde el Congreso de los Estados Unidos comienzan a escucharse voces que piden su participación activa en el desigual mundo de la política.

Así como ‘La Cabaña del tío Tom’ de la novelista Harriet Beecher Stowe, según Richard  Rorty, hizo mucho más por la abolición de la esclavitud que cualquier político estadounidense, Marilyn Monroe, “la tonta rubia americana”, como fue catalogada por especialistas del mundo del cine hollywoodense, hizo muchas más por la reivindicación de los derechos de la mujer que cualquier político farandulero, según Truman Capote. Su coeficiente intelectual no solo superaba al de afamados científicos como Albert Einstein, sino que le demostró al mundo que el poder de la mujer estaba ubicado más allá de sus entrepiernas y que podía romper las convenciones culturales si lo deseaba.

Aunque la imagen proyectada por “la rubia tonta americana” –que por cierto, ni era rubia ni mucho menos tonta— fue la de un símbolo sexual, una mujer hermosa cuya fama desbordó su propio nombre y que para algunos de sus biógrafos su muerte repentina no estuvo relacionada con el sexo sino con la política, la lectura que deja  su vida debe ir más allá de la pantalla grande, pues es el fiel retrato de una chica pobre que conquistó Hollywood y dejó una huella enorme en la historia reciente del constreñido  mundo de las féminas.

Desde entonces, el concepto de símbolo sexual empezó un ascenso meteórico y hoy, 52 años después de su muerte,  se utiliza no solo para nombrar a las mujeres hermosas que triunfan en el cine o el modelaje, sino que abrió el abanico hacia otras disciplinas que van desde los deportes, el periodismo y la política, desbordando el cauce del género.

Pero la lucha no termina. La censura es el libro abierto de un conservadurismo ancestral que ve amenazada las bases de sus creencias. Por eso, la polémica suscitada en las redes sociales y medios de comunicación por la presencia de dos lesbianas en el gabinete del presidente Santos me parece una discusión bizantina, como la del sexo de los ángeles, que no solo demuestra que aún no hemos superados las taras ideológicas impuestas por una iglesia ortodoxa sino que todavía creemos en partos de gallinas.

Por esta razón, no debe extrañarnos para nada la estrechez mental del abogado Víctor Velásquez, quien,  utilizando un subterfugio jurídico, le ha pedido al Consejo de Estado anular la investidura de la senadora Claudia López y de la representante Angélica Lozano. Particularmente, no tengo dudas de que detrás de este hecho hay un fuerte sentimiento homofóbico y, seguramente, en la oscuridad del entramado, estén los largos tentáculos de poder del “colombiano supremo”, todo un farsante de la democracia.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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