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Opinión

  • | 2012/03/23 00:00

    Dos maneras de ver más

    Parece cierto, sí, que todo entra por los ojos; con seguridad, sin embargo, no es allí donde termina.

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“Ver más” es la promesa que sirve de sustento a la presentación del nuevo iPad. Una promesa que si bien puede leerse como producto de una estrategia publicitaria, no parece del todo engañosa. La pantalla Retina en este iPad de tercera generación es, en efecto, la de mayor resolución nunca vista en un dispositivo móvil, 2048 por 1536 –3,1 millones de pixeles en una pantalla de 9,7 pulgadas–. Es una ventana mágica, dice Apple, que cambiará la forma en la que vemos y hacemos prácticamente todo. Cosa que ya habría empezado a suceder.

Casualmente, habría tenido el infortunio de presenciar la discusión en la que una pareja –a raíz de la dichosa promesa, pero sin adquirir aún aquella ventana mágica– cambiaría la forma en la que venía viendo y haciendo prácticamente todo: rompería.

“Ver más”, diría él, representaría una ganancia asombrosa en cuanto a nitidez de textos, emails y páginas web; implicaría que los juegos, las películas y las fotos ‘saltarían’ de la pantalla, debido a la precisión. Y es curioso que con eso ella no estuviera en desacuerdo. Es curioso porque –justamente por las mismas razones– en lugar de una ganancia, señalaría una pérdida. Una pérdida de contemplación. Por desgracia, sí que defendería su postura de una manera visceral; luciendo como retrógrada frente a la tecnología y renunciando, así, a quien acusaría de falto de contemplación.

Yo diría que ella tendría mucho de razón. Diría que la pérdida a la que se habría referido apuntaba a esa misma que, de un modo ciertamente revelador, Walter Benjamin anunciaría en 1936: la pérdida del aura de las obras de arte, de las cosas, del mundo; la pérdida de la contemplación en la era de la reproductibilidad técnica. Un aura que Benjamin definiría como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar); eso que habría de oculto en las imágenes, eso que requeriría de una mirada cultual para ser desentrañado. Eso que –frente a la promesa de ver (y percibir) más, propia de nuestra era digital– se perdería por completo bajo la mirada de un público que ya no contemplara, que consumiera la imagen al ser puesto en situación de experto.

Yo diría que a eso se referiría ella cuando –con cierta sorpresa, para él– se quejaría de no ser contemplada, tan siquiera, en su desnudez. Porque cada mirada de su pareja, cada caricia y cada beso –enfatizaría ella– habrían servido siempre como sustento de una excitación. Actos que no reprocharía, pero que más habría anhelado recibir después del sexo: ahí, justo ahí cuando –saciado el instinto– la percepción de su pareja hubiera tenido una mayor oportunidad de devenir en contemplación y, en consecuencia, en el asombro por la existencia misma de ella.
Sí, eso diría yo. Al tiempo que supondría que estaríamos frente a dos maneras de “ver más”. Supondría que él sería feliz cuando adquiriera su ventana mágica. Como también supondría –con mayor certeza, quizás– que cualquier ventana le bastaría a ella para percibir hasta el más mínimo encanto de la naturaleza.

Parece cierto, sí, que todo entra por los ojos; con seguridad, sin embargo, no es allí donde termina.

*Twitter: @Julian_Cubillos

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